‘Victus’, una épica del pueblo

Cubierta de la novela.

Albert Sánchez Piñol es un escritor catalán en catalán que ha publicado excelentes novelas como La piel fría. Además, es notable por su vocación de antropólogo africanista que le llevó a  hacer trabajos de campo en el Congo, país donde le pilló la guerra civil en la década de los 90, y a resultas de lo cual dejó el oficio y se dedicó a escribir, de aquellos años data la redacción de la mentada La piel fría, que es un hito en la literatura catalana moderna, 32 ediciones en ese idioma,  y, diría, de la española, pues el autor es novelista de sobrados recursos y de probada estilística, consiguió ser reconocido en Europa, los derechos de esta novela están registrados para 37 lenguas, donde ha conseguido un éxito de crítica en Francia, Alemania y Holanda.

Pero Sánchez Piñol es ahora noticia por la publicación de una novela en castellano, Victus Barcelona 1714, que es una narración de culto en Cataluña. Publicada por Editorial La Campana, ha sido considerado por la crítica catalana como el mejor libro publicado allí el año 2012, además de ser el más vendido, más de sesenta mil ejemplares en un mes, lo que da idea, si tenemos en cuenta que en el resto de España las ventas han sido mucho menores, de la fiebre que se ha desatado en Cataluña con esta novela, hasta el punto de convertirse en un fenómeno editorial de primer orden. Desde luego aquello de lo que trata es fundamental para entender esta fiebre, pero sólo en parte: Victus historia la Guerra de Sucesión, cuando las tropas borbónicas derrotan la resistencia catalana y bombardean Barcelona, donde muere el general Villarroel, el encargado de defender la ciudad, en 1714. El día, el 11 de septiembre de ese año, es una fecha impresa en el imaginario colectivo catalán: el la conmemoración de una derrota, sí, pero una conmemoración épica. Un poco al modo de Maratón, lo que demuestra que en un punto a excitar el imaginario popular valen tanto las victorias como las derrotas. ¿Quién dijo Maratón? ¿Y Waterloo?

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Siempre que le preguntan sobre la razón de que haya escrito la novela en castellano, Sánchez Piñol contesta invariablemente que la mayoría de la documentación de la época está en castellano y que después de leerse miles de documentos, cuando se puso a la tarea de imaginar, le salió la narración en esa lengua. También suele decir que esta novela parece un western, y lo cierto es que parte de razón lleva aunque la afirmación necesita de una explicación, lo que lleva la ventaja añadida de que de esa manera se entiende mucho mejor el éxito de la misma. Leí Victus con cierta atención no exenta de admiración en algunas partes. El título, paródico, es ya un logro de lo que el lector se va a encontrar cuando comience  a leer la novela: de la alocución de Julio César sobre la batalla de Zela, “Veni, vidi, vici”, pasamos al Victus, vencido, de cualquier hijo de vecino que soporta el poder y ni siquiera pretende olerlo. De César a Martí Zuviría, héroe de la novela, ayudante del general Villarroel, testigo de la masacre, hay el mismo abismo que ha existido siempre entre los que juegan a la Historia y los que apenas se mantienen en un relato con minúscula. Ni que decir tiene que Sánchez Piñol, y con él el lector, piensa que por ello mismo la lucidez en cuanto a la situación de lo ocurrido está siempre de parte de los Zuviría, de los miserables. Es parte de la fascinación que despierta la novela. Pero esta fascinación no se sostiene sólo con la trama.

La técnica del flashback, sin ir más lejos, ayuda. La novela está construida al modo de unas memorias sobre aquellos sucesos que el viejo Zuviría, desde Austria, en vísperas de la Revolución Francesa, relata a la secretaria  Waltraud. El desparpajo de la mente ya descreída y un tanto distante ayuda a crear cierto tufo de objetividad a unos sucesos cargados de pasiones incontrovertibles desde sus orígenes. Precisamente Sánchez Piñol, su astucia como artista, ha conseguido que, gracias a esa distancia, los discursos oficiales, tanto de un lado, el borbónico, como del otro, el catalanista, queden diluidos en aras de la historia, del relato modesto de un superviviente y, por supuesto, esta labor de modestia, tan profundamente enraizada en nuestro presente, es lo que ha hecho irresistible esta novela para el común de los lectores: la épica es la del pueblo, la de los que siempre pierden, de una u otra manera, y esa épica, la de la supervivencia, está muy alejada de la de los discursos oficiales. Vengan de donde vengan. Una desconfianza muy de ahora, muy enraizada en la España que padecemos.

Mucho se ha hablado de las relaciones de esta novela con ciertas deudas contraídas con Eduardo Mendoza. El caso es que éste es autor de dos renombradas novelas históricas, La verdad sobre el caso Savolta es un clásico que resiste con músculo el paso del tiempo, pero, aparte de cierta sutil ironía y un sentido del humor explícito, no noto grandes correspondencias con su literatura. Si hubiera que encauzar esta narración en otras anteriores, modélicas, me vendrían a la cabeza ejemplos más señeros. Así, Víctor Hugo por la amplitud épica de lo narrado y el vuelo del espíritu que anima la narración. Bien es verdad que un Víctor Hugo sin contrastes brutales, sin los cuadros melodramáticos que le otorgan cierta sublimidad, pero un Víctor Hugo que mira a la Historia con los ojos de la historia de los humildes, y no me estoy refiriendo tanto a Los miserables, como a El noventa y tres. Si mezclamos ese aire épico a lo Hugo con la marcada tradición picaresca española, e incluso de narraciones antimilitaristas como El soldado Schweyck, nos haremos una idea de la amplitud de esta novela que ha sido saludada por escritores como Arturo Pérez Reverte como de lo mejor salido en España sobre el género. No es para menos. Leer Victus nos reconcilia con un género degradado hasta lo espurio.