Cierra una librería, muere un editor

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Foto de 1931 de la librería Catalonia ya instalada en su ubicación definitiva en la Ronda de Sant Pere. / libreriacatalonia.cat

En una película algo ñoña, Tienes un email, Tom Hanks arruinó la pequeña librería de Meg Ryan, al colocar cerca  su negocio de gran superficie de libros, un concepto de venta muy moderno que se había impuesto al parecer irremediablemente. No recuerdo si la historia sucedía en Nueva York.

En Londres, la librería The Travel Books Shop fue protagonista de un relato cinematográfico en el que actuaban Julia Roberts y Hugh Grant; una librería de verdad y con muchos años de existencia, cuyo dueño ha decidido cerrar porque no hay herederos que quieran seguir trabajando en ella.

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En Barcelona, hace casi dos años, acabó cerrando tras lenta consunción, la mítica Áncora y Delfín, antes de que yo misma me decidiera a entrar a revolver entre sus libros como sí hice en el pequeño local madrileño de Editorial Molino. Los años pasan, a veces de manera contundente.

Cierran las librerías. No es nuevo: llevan años haciéndolo. De hecho, hay librerías que nacen y mueren sin que apenas unas cuantas decenas de asiduos se aperciban. Ya dijimos aquí que hasta la poderosa nave Feltrinelli está asustada por los descensos de ventas de libros. Pero cuando la librería que cierra –Catalonia, de Barcelona- es casi centenaria la impresión que se percibe es que no se cierra un negocio sino una historia que encierra muchas vidas y leyendas, muchos amores y despedidas y bla, bla, bla.

Fuentes de la librería han explicado el cierre por la competencia de los grandes almacenes que tenía enfrente o por las modernas cadenas libreras y de discos que la habían tocado, abriendo una vía de agua que acabó por agravar la pantallita electrónica. Como remate final: la crisis. Ya está todo aclarado. Pues, no.

Otras fuentes han dicho que la gestión no era muy acertada y también, que Catalonia se había lanzado en brazos de las subvenciones de la Generalitat en forma de compras masivas de libros para instituciones, que ahora han cerrado la hucha porque está vacía. Así que, lejos de teorías conspirativas y apocalípticas, las librerías cierran porque se han quedado anquilosadas, incapaces de presentar cara a los tiempos cambiantes, o han sido mal gestionadas o han tomado un camino equivocado, por ejemplo; no por el ataque de los orcos de Mordor.

El gremio de libreros de Cataluña se reúne hoy, día 17, con el consejero de cultura Ferrán Mascarell. Quieren reinventarse, eso está bien. Esperemos que aporten buenas ideas y no esperen que Mascarell se haya figurado algún bálsamo de Fierabrás. Por Dios, no es más que un político. Ya saben lo que cuentan por Barcelona: “En Cataluña tenemos tres problemas, Mas, Mas-Colell (pronúnciese “culei”) y Mascarell” (señalándose distintas partes del cuerpo). Pero, a lo que estamos.

Por las redes, la discusión de las razones por las que cierran las librerías está animada. La opinión dominante es que el enemigo está dentro y toma la forma del que resiste a toda costa sin hacer nada. Hay gente que usa la imaginación para ver posibles soluciones. No digo que todas valgan, pero no hay que quedarse quieto.

Para Fernando Valverde, presidente de la Confederación de Gremios y Asociaciones de Libreros, hace falta una actitud inequívoca de editores y Administración, para lo que han de contar con los libreros como aliados en esta guerra. Y, además, resulta que no en todas partes pintan bastos para los libros.

Otra cosa muy distinta es que se muera un editor cuando aún no debía tocarle, como le ha pasado al alma de Libros del Silencio, Gonzalo Canedo. También en su caso, el enemigo estaba dentro y acabó ganando la última batalla. Pero su ejemplo es precisamente pertinente porque a los 50 años, después de haber estado trabajando toda su vida en ambientes de libros, se decidió a crear su propio mundo, venciendo el miedo al vacío que suponía fundar una editorial en un país de no lectores de literatura. Y con la que estaba cayendo en 2009.

El enemigo está siempre dentro y nosotros lo buscamos por los sitios más insospechados. El gran fracaso de la sociedad española es no ser capaz de desvelar a los más jóvenes las maravillas de leer gran literatura, el silencio rico de los libros. Gonzalo Canedo lo sabía y por eso no perdió el tiempo trapicheando con libros sobrantes. Apostó por los mejores, y arriesgó como lo hace quien ya sabe demasiado como para andar con medias tintas. La brevedad de la vida le ha dado la razón.

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