JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado: - Actualizado: 7/1/2017 16:16

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Cubierta de la obra de Olivia Ardey.

A muchos les da vergüenza confesarlo pero si todo sigue como este invierno es probable que el año literario, es decir, las ventas de libros, para decirlo en castellano, se salven de la catástrofe anunciada gracias a la literatura erótica escrita por y para mujeres. Algo que, por otra parte, no es raro en nuestro ámbito cultural: La saga peliculera de Torrente ha conseguido que el previsto cierre de la industria del cine no haya tenido lugar y se retrase insuflando manías taquilleras nuevas, como Blancanieves o Lo imposible.

Y todo gracias a Cincuenta sombras de Grey, la trilogía erótica de E.L. James, que lleva vendidos más de dos millones de ejemplares en castellano, según cifras de la editorial Grijalbo. El libro se publicó  a principios del verano y, luego, siguiendo la estela, Cincuenta sombras más oscuras, y Cincuenta sombras liberadas, con tal éxito que llegó a engrosar las cifras de ventas del mercado del libro, distorsionándolas en su valor real. Espasa Calpe anduvo despierta, y viendo el éxito de la trilogía, lanzó este otoño No te debo nada, de Silvia Day,  a la que siguió este enero Reflejada en ti. El resultado ha sido claro: estas dos novelas son la sexta y la octava en la lista de libros más vendidos en España según la consultora Nielsen, cifras que han sido refrendadas por CEGAL, que computa 300 librerías que aportan sus cifras de ventas a la Confederación Española de Libreros. Ni que decir tiene que la dichosa trilogía sigue en los primeros puestos, lo que convierte a la cosa en un fenómeno que rebasa lo literario, de esto tiene poco, para convertirse en un fenómeno social. Las editoriales, de hecho, se reparten los dividendos de ficción con tres géneros, el histórico, el thriller y el erótico. El de sucesos paranormales, fantasmagóricos, apocalípticos y eventos dignos de  Iker Jiménez, el otro filón del asunto, no cuenta por no pertenecer a la narrativa.

Pero el fenómeno amenaza con extenderse como un virus inquietante. Hay una novela, La Sumisa, el título lo dice casi todo, de Tara Sue Me, que lleva vendidos un millón de ejemplares en su versión on line porque editada, lo que se dice editada, esto es, en papel, no saldrá hasta este verano. Las editoriales españolas, que han visto la gallina de los huevos de oro, aun sean de bronce, en el género porque la crisis amenaza con llevarse  a paseo a buena parte del sector, se han dado prisa en subirse al carro, y en estos días han publicado dos narraciones: Casi una novela, un afortunado título, de Megan Maxwell, que  a pesar del nombre, nació en Nüremberg de madre toledana y padre norteamericano, es madrileña y autora también de otro libro, Pídeme lo que quieras; y Bésame y vente conmigo, de Olivia Ardey, que aunque nacida en Alemania, como la Maxwell, es valenciana, y que en dos semanas ha alcanzado las dos ediciones.

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Portada del libro de Megan Maxwell.

Las cifras de ventas de las editoriales están muy mermadas y el Premio Planeta de este año, por ejemplo, Lorenzo Silva, no ha suplido expectativas, por otro lado muy alejadas de las de los buenos tiempos, esas ventas que rondaban el medio millón de ejemplares. Lo mismo ha sucedido con autores como Arturo Pérez Reverte, y he aquí que, de pronto, surge un género que se codea con Ken Follett y los grandes del best seller de los últimos años. El fenómeno no deja de sorprender pero si lo miramos con cierta distancia la sorpresa da paso a la constatación de cierta ceguera, de no haberse dado cuenta de que teníamos ahí un género vilipendiado pero generador de enormes beneficios. La novela romántica, dicho en inglés; la novela rosa, dicho en castellano.

Hace años, Mario Vargas Llosa y Guillermo Cabrera Infante confesaron su pasión por Corín Tellado y sus novelas amorosas y la tildaron de “inocente pornógrafa”. Fue un gesto trasgresor de cierta cultura pop. Corín Tellado, mujer ciertamente perversa, me dijo en cierta ocasión –puso cara de complicidad– que de esos dos escritores se acordaba en especial de uno, Vargas Llosa, porque le parecía un hombre guapo. Tengo para mí que quiso decir –ya digo, era un tanto perversa– que Mario Vargas Llosa le parecía un galán de una novela suya.

Pues bien, la novela rosa nunca murió. La prueba: esta moda que en tiempos de crisis semeja fuerte aguacero en tiempo de sequía. En Inglaterra, Barbara Cartland, conservadora acendrada y probada, durante muchos años la autora más vendida del mundo, con cerca de 800 títulos, abuela de Lady Di, cuya pasión en vida fue Lord Mountbatten, último virrey de la India, y soberana de la novela romántica, ha sido sustituida por E.L. James porque la mojigatería victoriana no vende ya en el Reino Unido pero si sus sucedáneos disfrazados de erotismo de andar por casa. Nuestra Corín, que llegó  a escribir cerca de 2.000 novelas, fue más esforzada de la pluma que su colega británica, y, todo hay que decirlo, menos puritana, y su legado descansa en novelas como Bésame y vente conmigo, el último éxito patrio del género.

Tengo para mí que este género es efímero pero intenso. Algo que tiene las características salvajes de la pólvora posee todos los elementos para ser de corto aliento. Y ese corto aliento proviene del hecho de que promete expectativas que no cumple, que no puede cumplir. Juega en todo momento con la insatisfacción del imaginario, de la ansiedad erótica formada en las mentes de la clase media actual, agobiada por la crisis y a la que ya no le valen las promesas de amor eterno de las novelas rosa de antaño y que quiere erotismo trasgresor pero sólo el necesario para suplir el aburrimiento de la programación de televisión que se emite después de cenar. Pobre de aquel a quien se le ocurra ir más allá. En realidad es un paliativo, como los ansiolíticos, pero también un placebo. Cuando se descubre el engaño, esto es, la no cesación de la insatisfacción, la reacción suele ser de reproche. Hasta que eso suceda las casas editoras hacen caja y se prodigan las novelas rosa con posturas eróticas incluidas. Hace años uno tenía que comprarse el Kamasutra por un lado, por aquello de aprender técnicas y posturas, y una novela rosa, por otro, por aquello de aprender técnicas del oponente amado hasta la exasperación.. Ahora te ofrecen las dos en un solo libro. Nada ha cambiado.

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