María Asquerino, la escena ante todo

Imagen de la actriz María Asquerino fechada en agosto de 2001. / Juan Herrero (Efe)

El martes por la noche, de una insuficiencia respiratoria, moría en el vehículo de emergencias que la trasladaba a  Fundación Jiménez Díaz María Asquerino. Tenía 85 años. Decir que con ella se ha ido la actriz de la escena desde la posguerra no es exagerado: sobre todo sanciona una vocación que le venía de sangre. Hija de actores, de Mariano Asquerino y Eloísa Muro,  con los que debutó  a los trece años en San Sebastián, compaginó el teatro con el cine y la televisión, pero fue en la escena donde el talento de ella, sus cualidades, curiosamente nada gestuales, la hicieron célebre.

Maria Asquerino es una actriz que ha encarnado como pocas el aire de su generación, una generación donde el talento se tenía y se educaba sobre la marcha y todo ello aprovechando las oportunidades que podían salir al paso, vale decir, actores para tiempos de penuria, vale decir, actores que al final lograron, gracias a ese aprendizaje lleno de pura necesidad, ser tan versátiles que pocas generaciones, sobre todo las posteriores, pueden comparárseles. Además, la Asquerino era pura dicción, como buena actriz de teatro. Tan llena de ella que destacaba, cuando hacía cine, sobre otros actores de su generación, educados todos ellos en saber adecuar el tono de voz, una tradición rota desde que la Nouvelle Vague o directores como Pasolini comenzaron a poner de moda al actor de la calle, al que habla como el vecino.

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De ahí que cuando el cine declamaba, se la llamase, aunque nunca alcanzó la retórica de la recientemente desaparecida Aurora Bautista. Fue llamada para el cine muy pronto, con Juan de Orduña, en Porque te vi llorar, en fecha tan temprana como 1941, pero luego sus apariciones en televisión y cine se espaciaron en el tiempo a favor del teatro hasta que en fechas no muy lejanas Maria Asquerino fue redescubierta por el cine, haciendo de ella una actriz a la que se le rendía honores de puro agasajo por su calidad.

De ahí la nómina de directores que han filmado con ella. Desde José Antonio Nieves Conde, inolvidable su papel en Surcos, que es donde la Asquerino se reveló como actriz de cine interpretando a Pili, por la que obtuvo la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid y una estatuilla que daba Triunfo cuando era revista de cine, en los tiempos de Ángel Ezcurra,  a José Luís Garci, que la ha sacado en su última película Tío Vivo c. 1950, pasando por Luís Buñuel, El oscuro objeto de deseo; Rafael Gil, Fernando Fernán Gómez, Mambrú se fue  a la guerra, El Mar y el tiempo; José María Forqué, El juego de la verdad; Ladislao Wadya, Tarde de toros; Álex de la Iglesia, La Comunidad; Borja Cobeaga, Pagafantas, o Agustín Díaz Yanes, que la dio un papel en Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto.

En el teatro hubo pocos autores españoles  a los que no diera voz en alguno de sus personajes, desde Antonio Gala, Anillos para una dama,  a Antonio Buero Vallejo, Historia de una escalera,  o Benet i Jornet, Motín de brujas, con Paco Nieva en su versión de Tirante el Blanco, trabajando a las órdenes de José Luis Alonso, Jaime Azpilicueta, Josefina Molina o Lluís Pascual.  También interpretó a Ionesco con profunda sabiduría y, cómo no, a Anton Chejov en La gaviota y Tio Vania. Un clásico, como era ella,  a su manera.

Y ese a su manera habría que recalcarlo. Para las gentes de mi generación Maria Asquerino era una actriz consagrada que tenía fama de mujer liberada en un tiempo pacato. Siempre tuve la intuición de que sencillamente hizo lo que le dio la gana con matices, es decir, lo que pudo, que para los tiempos en que le tocó vivir era bastante, más que un atrevimiento. De ahí que en mi juventud se la viera un poco como la musa de Bocaccio, cuando Madrid quería tener su gauche divine al modo de Barcelona, que a su vez había copiado la querencia de los italianos milaneses, turineses y romanos. Allí, en Bocaccio, tenía siempre una mesa reservada, eran otros tiempos, y compartía tertulia nocturna y de copas con gentes como José Luís Balbín y José Luís Coll, que eran amigos que la pegaban mucho que los tuviera porque, juntos, eran metáfora de la España de un tiempo, y no del peor. Como Bocaccio se encontraba en los aledaños de la movida, por decir algo, de actores y escritores, desde Juan García Hortelano y Juan Benet hasta un joven, muy joven Javier Marías que le daba por hacer cabriolas para que Benet se lo pasara en grande, la Asquerino se daba a la tertulia en Oliver , también el Gijón, y yendo un poco más allá, en esa dirección que hemos tomado, ya en el centro histórico, su bar preferido, el del Teatro Español, donde siempre quiso que la encontraran cuando no supiesen donde buscarla.

Todo esto lo comentó, años después, en el 87, cuando la cosa era ya historia, en sus Memorias, que siempre quiso ampliar en sucesivas ediciones pero que, supongo, terminó desganándose. En realidad los años que cuenta son los más interesantes, no sé si para ella, pero sí para sus lectores, porque retrata una época y sus personajes. Irónica, decía que su máxima perversión había sido casarse… bueno, eso y fumar cigarrillos en las películas, lo que le daba un aire perverso, de mujer malvada y altanera. Puro humor que escondía la amargura bien llevada de unos años muy difíciles.

Se nos ha muerto una gran dama de la escena que intervino en más de ochenta películas, algunas excelentes, en innumerable sesiones de teatro, en programas de televisión bajo las órdenes de Pilar Miró en Una mujer cualquiera, de Miguel Mihura, aunque fue sonada su interpretación en las Sonatas de Valle Inclán o Anillos de oro, de Ana Diosdado, una obra de éxito fulgurante que probablemente hoy no se entienda tal.

Hacía cuatro años que se había retirado del todo aunque cumplió casi con su voluntad de estar anclada sus últimos días en su querido Teatro Español. Allí interpretó uno de sus últimos papeles cuando participó en la lectura de Don Juan que dirigió Mario Gas.

Tanta referencia, que no agota ni con mucho un porcentaje de sus actividades, es parte de la escena española desde la posguerra a nuestros días. La define a ella, también a su generación, con la que siempre se sintió unida. Eran “sus compañeros”. La amistad, pues, terminó definiéndola.

[youtube width="610" height="343"]http://www.youtube.com/watch?v=uZB-298Isus&list=PLE82BA00A83672B3A&index=7[/youtube]Surcos (1951), de José Antonio Nieves Conde (película íntegra).