La pobreza como metástasis moral

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Imagen de archivo de un mendigo pidiendo ayuda en la calle Preciados de Madrid. / Efe

El abogado defensor de un grupo de presuntos neonazis que golpearon a un mendigo ha dicho que los sin techo son el cáncer de la sociedad y no “personas humanas”. Igual resulta que algo de razón lleva, aunque disparate en lo de "personas humanas".

Los sin techo se han convertido en una clase social tipificada como lo es la clase obrera (que parecía a punto de desaparecer de tanta bonanza como disfrutábamos antes), la clase alta y la clase media, en vías de extinción. También la clase del pelotazo, antes llamada de nuevos ricos, denominación que se sigue aceptando como válida en nuestros días.

Considerada como enfermedad en expansión, el cáncer ciertamente puede parangonarse a los mendigos, porque si la enfermedad es el síntoma de la pobreza de salud, de espíritu, de medios vitales para sobrevivir, los sin techo muestran la imagen perfecta de ese proceso fatal.

Lo que habría que preguntarse es qué provoca ese cáncer tan lesivo para la sociedad, como ha dicho el letrado. Y como los extremos se tocan, es inevitable echar mano de las cifras que muestran los ricos inmensos, los muchimillonarios que van cubriendo determinadas regiones de la Tierra. Lo recoge muy bien Carlos Elordi que menciona la lista de los mediomillonarios, esos que sólo tienen unas decenas de millones de euros, pobres. Todos ellos parten de ese modo de ver la vida que nació con los puritanos y se expandió en los países anglosajones, los mismos que ahora ven amenazada su primogenitura por los bestiamillonarios que van surgiendo en Asia, Hispanoamérica y Oriente Próximo, lugares subdesarrollados donde se trata sin piedad a la gente pobre y a los trabajadores.

Las previsiones de los expertos aseguran que, en diez años, crecerá en casi 100.000 personas el número de los que poseen más de 30 millones de dólares de patrimonio, sin que importen las crisis que haya en sus países o en el universo mundo. Como es sabido, las crisis sirven para que los más avispados se enriquezcan a toda costa, desde los tiempos del estraperlo.

Como en todo hay clases, los ricos civilizados sienten amenazada su elegante forma de ganar dinero –en democracia y con la ley de fondo apoyándoles- por esos salvajes del Tercer Mundo –menos Africa, que siempre queda al margen del recuento de millonetis- que no respetan los derechos humanos y sacan dinero de la pobreza de los demás, echan a la gente del trabajo sin contemplaciones, rebañan euros de los desahucios de la gente desempleada, de las viudas cuyos hijos se han de prostituir para que coma la familia, del abuso a los trabajadores a los que subcontratan con engaño y exprimen en interminables jornadas miserablemente pagadas.

Sí, ya lo creo que hay diferencias. En Europa, por ejemplo, esas jornadas se llaman minijobs, que queda más chic y, en principio, no maltratan más que anímicamente.

La riqueza desaparece de la vida de la gente corriente cuando es captada por los especuladores profesionales para llenar sus propias arcas. Los negocios se han convertido en una actividad virtual que juega con dinero virtual que acaba hundiendo la vida real de la gente. Esos agentes dañinos para la salud social atacan al organismo y lo hacen enfermar de cáncer, de ahí los síntomas: los sintecho, que el leguleyo confundió con la enfermedad en sí. Los sintecho que van siendo legión, creando metástasis en el sistema.

Los yacimientos de empleo –lo escuché en la radio- no se encuentran en las grandes empresas sino en las ideas de los nuevos emprendedores. Las grandes se limitan a agrandar sus beneficios echando gente a la calle a golpe de ERE. Pero en España, la ley no facilita las cosas para emprender una idea que pueda dar trabajo a otros. La ley es mamútica y los legisladores se muestran incapaces de agilizar los cambios para que empiece a salir el sol para todos, jóvenes y sexagenarios incluidos.

Como siempre, la cultura viene a darnos el mapa claro de qué nos ha podido ocurrir para llegar a esto. Una obra de teatro, Málaga, de Lukas Bärfuss, que Ignacio García May califica de demoledora, pone el dedo en la llaga: no se trata de una crisis de la economía sino de la moral: ahí está el origen de esta crisis. La obra está aún en el Teatro del Arte de Madrid. No hay que perdérsela.

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