La primera biografía novelada de Juan Modesto, el general miliciano

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Cubierta del libro en la que aparece el general Modesto, entonces teniente coronel, durante la Batalla de Brunete, en julio de 1937.

Hace un mes escaso, paseando por el puerto de Barcelona antes de  asistir a la rueda de prensa donde se daría a conocer el Premio Biblioteca Breve, me contaba Javier Reverte que pronto publicaría una novela biografiada que había escrito sobre un personaje casi desconocido de nuestra guerra civil. Le pregunté el nombre y cuando me dijo Juan Modesto le hablé del Quinto Regimiento, de Enrique Líster y de la diferencia de talante entre ambos. Noté cierta sorpresa, que me confesó, ante el hecho de que conociera algunos datos de Juan Modesto y, luego, hablamos de otras cosas relacionadas con sus libros de viajes. El libro, El tiempo de los héroes, acaba de ser publicado recientemente por Plaza Janés. Enorme, se acerca  a las seiscientas páginas, lo que da idea de la información recabada.

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La sorpresa de Javier Reverte podía deberse al hecho de que no se esperaba que de entrada un personaje al que su frecuentación, aun sea documental,  durante meses, con la consiguiente sensación de ser su guardián, fuera tan reconocido de primeras. Como si se esperase que el relativo anonimato de Juan Modesto se hubiera convertido en anonimato total, como si por ese hecho su novela tuviese que arrostrar una carga de sorpresa mucho menor. Hay que decir que Javier Reverte tiene razón: salvo casos aislados, la figura de Juan Modesto ha sido preterida a favor  de otros de carrera mucho menos brillante. De los héroes de la Guerra Civil, de Enrique Líster, de El Campesino, de Buenaventura Durruti, de Moscardó, de García Morato… y pongo estos cinco aunque la lista es larga, Juan Modesto ni siquiera aparece, siendo como fue, el que planeó la ofensiva de la Batalla del Ebro y su posterior retirada, además de héroe del Jarama, de Brunete, de Belchite, un tipo ligón, simpático, como buen hijo del Puerto de Santa María, donde nació con el nombre de Juan Guilloto, apellido italiano, como el de Rafael Alberti, amigo y comunista, paisano, y como él, cargado de cierto atractivo magnético.

Javier Reverte, digo, se ha documentado exhaustivamente ya que, como buen periodista, tiene esa manía flaubertiana de que si se le escapa la imaginación sin contrastarlo con el dato el personaje puede derivar en fantasía. Me contó que le gustaría que el libro se presentase en el Puerto de Santa María porque sería un modo de reintegrar al personaje en una ciudad que hasta hace poco no sabía siquiera de su existencia. Para Reverte Juan Modesto reunía casi todas las buenas cualidades que un hombre debe tener en una guerra, lo que en el fondo es una contradicción, pues normalmente sólo son conocidos los personajes crueles, como Enrique Líster, o los delincuentes, como El Campesino.

Como Juan Modesto tenía un carácter de hombre cumplidor, de enorme estratega, un hombre de acción, que Reverte quiere se parezca  a los personajes descritos por Pío Baroja, su destino ha sido el de personaje preterido por los arribistas de siempre, un personaje que fue el único miliciano que llegó a general, porque si es cierto que hay figuras de nuestra guerra como Vicente Rojo o Miaja, no hay que olvidar que  estos son militares de carrera. De las llamadas milicias populares el único que tuvo méritos para alcanzar el generalato fue este hombre al que Reverte no abandona en el exilio sino que lo sigue por la Unión Soviética, donde se le reconoció el grado de general pero no se le mandó al frente porque se suponía que podía ser más útil cuando los aliados invadieran España, y, luego, después de ciertas tensiones habidas con los altos cargos del PCE, Pasionaria incluida, Reverte le hace recalar en Praga, donde asiste a la Primavera del 68, cuando la invasión de los tanques soviéticos, y su rechazo frontal a  aquella invasión. Reverte le quiere fumando un cigarrillo y escuchando Andaluces de Jaén, de Paco Ibáñez. Aquí, también, es donde acaba la novela.

Que justamente empieza con otra masacre, la del puerto de Alicante pocos días antes de acabar la guerra y cuando había que evacuar  a muchos de la clase dirigente política de aquellos momentos. Juan Modesto fue el encargado de llevarlo a cabo, y no es baladí que Javier Reverte comience aquí la novela, ello le permite el ejercicio de la memoria sobre la contienda cuando está a punto de finalizar pero también hay una correspondencia con una de las narraciones más terribles escritas sobre la guerra civil por uno de sus testigos más lúcidos, Campo de los almendros, de Max Aub. Pocas veces se ha descrito una espera tan dramática como aquella en que muchos esperaban en el puerto alicantino a ser evacuados. Es una épica de la derrota comparable en lo literario al Guernica, de Picasso. Aub nos relata los suicidios de los desesperados. Es su momento más terrible.

Juan Modesto jugaba al ajedrez con Álvarez del Vayo mientras pergeñaba la evacuación. Reverte quiere que sea en esos momentos cuando Juan Modesto se convierta de nuevo en Juan Guilloto León y pasee por las calles soleadas del Puerto, conozca a Rafael Alberti en el colegio de jesuitas San Luís Gonzaga a pesar de que éste era cuatro años mayor, su trabajo en las bodegas Grant, sus dotes innatas de mando que hizo que los del Partido Comunista le mandaran a la URSS  a estudiar y formarse en la Academia Frunze del Ejército Rojo, y, luego, la vuelta  España donde organiza las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas. Luego, ya se sabe, la fundación del Quinto regimiento y su presencia en las batallas decisivas de la contienda hasta escaparse de España prácticamente el último, en un avión que despegó de Elda.

Javier Reverte me confesó que se había fijado en la figura de Juan Modesto porque para el representaba el lado más liberal, menos sectario de las muchas facciones en que se había convertido el Partido Comunista en aquel entonces y de qué manera este hombre fue preterido porque nunca quiso entrar en los manejos del poder.

Ni que decir tiene que el libro apasiona. Lo curioso es que se le conozca gracias  a una biografía novelada y que no exista una canónica sobre tan curioso personaje. No es la primera vez que sucede, pero el hecho debería movernos a reflexión.

Un talante que contrasta con la definición que dio Hugh Thomas, en su clásico libro sobre nuestra Guerra Civil, del personaje: un andaluz sarcástico y despótico, a veces brutal y raras veces sincero. No hay contradicción.