¿Qué hacemos con Rosalía de Castro?

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Retrato sin fechar de Rosalía de Castro. / Wikipedia

Se celebra estos días los 150 años de la publicación de Cantares Gallegos, de Rosalía de Castro, la obra que, según se admite, abre la etapa del Rexurdimento, el Resurgimiento de la literatura escrita en gallego, el equivalente gallego de la Reinaixença catalana, vale decir, el vehículo hecho ya cultura de una lengua hasta entonces preterida por vincularla a las clases incultas, al campesinado y ser tratada como un vestigio de épocas felizmente pasadas. En 1863, Manuel Murguía, esposo de Rosalía y afamado escritor, entregó el manuscrito a Juan Piñel, el impresor vigués. Tal fue el éxito del libro, que Rosalía fue invitada a participar en los Juegos Florales de Barcelona, que rehusó, por aquel entonces semillero de poetas tardo románticos y de veladas reivindicaciones nacionalistas. De la importancia de la publicación del libro da cuenta el hecho de que poetas portugueses de la talla de Antero de Quental y Teófilo Braga celebraron la aparición del libro, quizá como reivindicación de una lengua tan próxima al lusismo. Del eco que despertó en la Barcelona atenta a las reivindicaciones nacionalistas habla el hecho de que Víctor Balaguer tradujo al catalán, en 1868, dos poemas del libro.

Costumbrismo, ternura lírica, el intimismo tan propio de la época y un patriotismo ligado a la tierra, donde se recogen temas como la emigración, el trato denigrante dado en tierras lejanas a los gallegos, la pobreza del campo, el abandono de éste, hicieron del libro una fascinante amalgama de temas donde reivindicación social e imaginario popular se unían en algo que iba mucho más allá de la reivindicación nacionalista. Es un libro que inaugura en cierta manera el galleguismo, un sentimiento ligado a la tierra no siempre acorde con las reivindicaciones nacionalistas más políticas.

Pero esta temática, tan acorde con el momento tardo romántico en que se produjo, murió de su propio éxito y ya gentes como Luís Cernuda relegaron a Rosalía, aun sabiendo de su excelencia literaria, a la categoría de poeta regional. Esa incomprensión, esos malentendidos, parecen darse aún hoy día, donde tirios y troyanos quieren apropiarse un botín, el del legado de la poeta, que parece rebasarles.

Así, hace pocos días, el mundo cultural gallego se sorprendió ante la publicación de un poema inédito de Rosalía que un estudioso de su obra, Francisco Rodríguez, autor de Rosalía de Castro, extranjera en su patria, ha recuperado gracias a una pista que le llevó a las páginas del diario madrileño La Soberanía Nacional, donde el 4 de junio de 1866, Rosalía publicó este poema en honor del político progresista Salustiano de Olózaga, hacedor de la Constitución liberal de 1837, derogando el Estatuto real de 1834:

 Señor, no me conocéis
mas porque yo os conocí,
aunque quien soy no sabéis,
sabed que sois para mí
recuerdo de sagradas armonías,
dulces esperanzas de mejores días

Escrito que vienen  a demostrar, una vez más, la ligazón que la poeta tuvo siempre con las ideas progresistas de la época, en claro contraste con la manipulación que la derecha tradicional hizo de los poemas de esta escritora arrumbándolos a un costumbrismo indolente y al tópico del gallego llorón pero ligado a la tierra por sentimientos conservadores al modo de la Vandée francesa.

En los recientes homenajes que se ha hecho a la escritora, ha vuelto a surgir la polémica, ahora en torno a otros aspectos de Rosalía que, en el fondo, son los mismos de siempre: la manipulación que unos y otros quieren hacer de una escritora cuyo pensamiento y sensibilidad son mucho más complejos que los reduccionismos al uso. La Xunta había invitado a Marta Rivera de la Cruz, escritora gallega que escribe en castellano y que se ha mostrado siempre muy crítica respecto a la inmersión lingüística gallega, que todo hay que decirlo es pecata minuta comparada con la catalana. Colectivos como la Mesa por la Normalización Lingüística llegaron a afirmar que la Xunta aprobó la intervención de Marta Rivera no por su calidad literaria, sino por su posición frente a la normalización lingüística. Ana Pontón, diputada gallega y portavoz en el Parlamento de Galicia del BNG, ha acusado a Marta Rivera, incluso, de “beligerante contra el idioma gallego”.

Ni que decir tiene que la aludida lo tuvo fácil pues en su defensa ante estos ataques aludió a que Rosalía terminó escribiendo en castellano por gente como las que le han atacado. A estas alturas, aunque los ánimos se han calmado, tirios y troyanos siguen disputándose actitudes particulares de la escritora porque en realidad no saben muy bien que hacer con ella. La Xunta, mientras, como es su obligación, ha editado una bonita publicación de la obra celebrada.

Por cuestiones personales he estado muy vinculado a Galicia durante más de un cuarto de siglo y sé que las actitudes nacionalistas más rabiosas no pasan allí del ámbito de la discusión, lo que no deja de ser una bendición. Pero lo cierto es que el nacionalismo  a ultranza no sabe nunca qué hacer con sus mejores escritores: llegué a ver un programa de teatro para jubilados en Santiago donde junto a la obra Os vellos non deben de namorarse, de Alfonso Castelao, se decía que se representaría al día siguiente Divinas palabras, de Ramón del Valle Inclán, ¡en gallego! Sorpresa similar no tuve hasta que vi en Barcelona una edición catalana de El Quijote.

Ante el ridículo continuo de este tipo de posiciones de un provincianismo ni tan siquiera chato, propongo la solución que los irlandeses dieron al problema James Joyce, que se les atragantaba de continuo  a los nacionalistas más extremos del Sinn Fein: lo elevaron  a categoría casi semidivina… y ahora son legión los que cada 16 de junio van a celebrar a Dublín el Bloomsday.


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4 Comments
  1. celine says

    Estupendo recuerdo de Rosalía. Muy bien traído el hecho de que acabara hasta las gónadas de los nacionalistas y escribiera en castellano sus últimos poemas. Del absurdo estamos comiendo todavía hoy. No hay arreglo para los tontos que dan de comer a los listillos del negocio («nacionalista», por si no se pilla la ironía).

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