Mi caso Bárcenas (I)

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Aníbal Malvar

Imagen- Alex Abian
Imagen: Alex Abian (Flickr)

Estaba dispuesta a largarme del despacho cuando sonó el timbre. Ya no me quedan amantes, así que solo podía tratarse de trabajo. A pesar de que estaba agotada, no me disgustó. La falta de pasta me vuelve entusiasta, que dijo el poeta. Y yo necesitaba un trabajo ya. Hacía dos meses que no me caía un buen caso con el que engordar mi Louis Vuitton de chino. Me repinté los labios velozmente, me atusé el pelo hasta que mis rizos se pusieron rugidores y abrí la puerta. María Dolores de Cospedal estaba a mi izquierda, con el brazo derecho en jarra sobre la cadera derecha y la otra mano separando tenuemente el faldón de su chaqueta para que yo pudiera ver la culata de una ZC92, la pistola checa de calibre 45 más pequeña del mundo. Un arma que no descompone la forma del vestido ni a la mujer más elegante. Una peligrosa pistolita de mujer.

– Hola, guapa -dijo Cospedal-. ¿Quieres ser la Virgen de Nuestros Remedios? No pagamos mal... -sonrió iluminadoramente.

– Solo queremos hablar -terció Soraya, seria pero no amenazante. Quizá corderilla, quizá no. Su hombro rozaba el dintel izquierdo de la puerta, vestía una camisa falangista, falda Desigual y la bandolera del fusil de asalto ruso más manido por los enterradores, el AK47, cruzando su pecho y marcándole las tetas. Estas tías piensan en todo. Tanto la secretaria general del partido como la vicepresidenta estaban muy monas con sus armas. Hasta el punto de que dichas armas apenas parecían amenazantes. Eran solo un aditamento más, una forma de vestir, y reflejaban la personalidad de cada una como cualquier otra prenda. De la misma manera que son muy distintas las mujeres que llevan tanga a las que llevan bragas, una ZC92 y un Ak47 también definen a las damas que los portan. Y se lo dice una dama.

Como en una coreografía, ambas se separaron lentamente del dintel, como las hojas de la puerta de un saloon, y en el paréntesis que se abrió entre los cuerpos de las dos mujeres armadas apareció Mariano Rajoy. Desarmado. Como siempre.

Al ver al presidente, yo también me aparté. No es que yo sea especialmente respetuosa con las instituciones. Pero me cuido de que no me roce según qué gente. Rajoy se plantó ante mí y, a sus espaldas, Soraya y Cospedal cerraron la puerta del despacho desde dentro.

– ¿Quiere que le firme un autógrafo, le dé la mano o que la bese? -me preguntó Rajoy-. Hay muchas mujeres que sueñan con que las bese en los labios el presidente del Gobierno, se dice en las encuestas del CIS que me pasa Sora todas las mañanas.

– Sora es un encanto -le respondí-. Pero yo no. Pase y disculpe el desorden, al que usted contribuirá con su presencia.

– No entiendo -balbuceó el presidente.

– Lo imaginaba -contesté yo sacando del escote un cohíba y colocándoselo entre los labios-. Entre y póngase cómodo.

Rajoy sonrió con su puro en la boca, se desabrochó la chaqueta y se sentó en el sillón giratorio de los clientes. Lo compré giratorio porque si le tienes que dar una hostia a un cliente moroso su cuerpo gira un par de veces antes de que yo lo desconcierte más con un taconazo en medio de la boca. Las detectivesas estamos muy expuestas al machismo, como os podréis imaginar. Y el machista tiende a ser tacaño a la hora de la factura si atisba un buen par de tetas al otro lado del cheque. Clásico error de macho desinformado. Gastan más en dentista que lo que se hubieran ahorrado estafándome.

Rajoy probó el sillón giratorio dando un par de vueltas por la alfombra, siempre sonriente y feliz. Después sacó un DVD del bolsillo de la chaqueta, por donde afloraba un sobre, y lo agitó ante mis ojos.

– ¿Puedo? -preguntó.

Yo asentí con un leve gesto de cabeza. Rajoy encendió el televisor, introdujo el disco en el DVD y se sentó de nuevo con el puro apagado en la boca y su invariable sonrisa escleroide. En lugar del vídeo porno de Bárcenas rodeado de niñas impúberes que yo me maliciaba, apareció en la pantalla del televisor el arranque de un partido de treintaidosavos de la Copa del Rey entre el Pontevedra y el Navalagamella Club Deportivo. Todo el que tenga memoria recordará aquel histórico encuentro de 1987 que se saldó con un contundente empate a cero a favor de ninguno.

– Veo este partido una y otra vez, a ver si algún día ganamos -farfulló Mariano sin apartar los ojos de la pantalla.

– Siéntate, monina -me dijo Cospedal señalándome con el cañón de su ZC92 el otro lado de mi mesa de despacho.

Me senté en mi silla, apoyé los codos sobre la mesa y entrecrucé las manos dispuesta a escuchar. Como haría con cualquier cliente. Soraya sentó una nalga sobre una esquina de mi mesa de despacho y la raja de su falda Desigual me permitió observar descaradamente la curva de un muslo no muy perfecto, pero sí muy gubernamental.

– Tienes unas piernas muy bonitas, vicepresidenta -mentí llevándome un cigarro a la boca.

– Por eso nunca pienso utilizarlas para salir corriendo -me contestó frunciendo los carnosos labios y arrancándome el cigarro de entre los míos.

– ¿Qué queréis? -pregunté-. En mi tarjeta de visita pone claro que no admito casos de divorcio.

– Tú no sabes con quién estás hablando -me dijo Cospedal acariciando el perfil de mi nariz con la punta de su pistola.

– Me suele pasar cuando la única que habla soy yo -contesté colocando otro cigarro entre mis labios rojos, que esta vez Soraya no me arrebató.

Cospe encendió una cerilla, la pasó ante mis ojos lentamente y la bajó hacia la punta de mi cigarro. Aspiré una profunda bocanada y la arrojé contra la nuca de Rajoy, que seguía ensimismado en su partido de fútbol. El presidente ni se inmutó.

– Hasta parece que no respira -ironicé.

– No te preocupes por él -contestó Cospe riéndose-. Nunca respira cuando hay partido de fútbol o cuando tiene que tomar alguna decisión.

– ¿Es su mecanismo de defensa para prevenir la actividad neuronal? -pregunté.

– No te pases de lista, que estás refiriéndote al presidente de nuestro Gobierno -Soraya escupió cada sílaba por esa boquita pintada de rosa. El AK47 parecía aun más grande de lo que es colgado de su breve espalda.

– Vale. Pues decidme a qué habéis venido. Que estoy ovulando y no puedo perder mi tiempo fértil con un zombi y dos vampiresas -me empezaba a impacientar.

– Mira. Te lo voy a decir en manchego y muy clarito. Queremos saber todo lo que sabe de nosotros Luis Bárcenas y que nosotros no sabemos que sabe -recitó Cospe como si lo hubiera ensayado.

– Cobro 200 pavos al día más gastos.

– Por el dinero no te preocupes -terció Soraya.

– Y, si resuelvo el caso, quiero un puesto de consejero del Liberbank como el de tu marido -le dije a Cospe-. Ya sabes. No trabajar nada y cobrarlo todo.

– Eso no será ningún problema -respondió la secretaria general volviendo a enfundarse la pistola y extrayendo del bolso un sobre grueso-. Ahí dentro tienes dinero e información suficiente como para que no volvamos a vernos en tres semanas.

– ¿Y si necesito contactar con vosotras...?

– Publica tu desnudo en la contraportada del As y ya nos pondremos nosotras en contacto contigo.

– De acuerdo -me levanté y me despedí de los tres. Soraya y Cospe tuvieron que levantar a la fuerza a Rajoy, que protestaba porque aun no había visto entero el primer tiempo. Me serví un whisky, conté el dinero y medité. Cuando cerré desde fuera la puerta del despacho me golpeé la nariz con la placa: Pepa Roble, detectivesa privada. Algo me decía desde el fondo del útero que mi vida acababa de cambiar para siempre. Y que había dejado de ovular.

(Continuará)
Capítulo siguiente.

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