Pasión y gloria de Edgar Allan Poe

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Daguerrotipo de Edgar Allan Poe (1848) tomado por W. S. Hartshorn. / Wikipedia

En una serie de doce consejos más o menos irónicos sobre el arte de escribir cuentos, de repente, al llegar al punto número nueve, Bolaño se pone serio y advierte: “La verdad de la verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra”. Y luego añade: “10) Piensen en el punto número nueve. Piensen y reflexionen. Aún están a tiempo. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas”.

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El elogio no es exagerado. En las enciclopedias se lee, no sin razón, que el gran escritor bostoniano fue el inventor del cuento de terror moderno y del relato policíaco, lo que no es pequeña cosa, teniendo en cuenta el auge de ambos géneros durante todo el pasado siglo y lo que llevamos de éste. Sin embargo los dos adjetivos eluden un hecho fundamental, el de que Poe es responsable del cuento tal y como lo conocemos hoy, el cuento entendido como un artilugio narrativo tenso, lúcido y fatal, donde no debe sobrar ni faltar una palabra. Probablemente, desde que Montaigne se sacara el ensayo de la manga, ningún otro escritor en ninguna literatura ha transformado un género con tanta fuerza, originalidad y convicción. Puede decirse que hasta la llegada de Chéjov, el triste, sutil y tranquilo Anton Chéjov, que abrió otro territorio inmenso, el cuento permaneció varado en las aguas fúnebres y oscuras de las pesadillas de Poe.

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Incluso puede decirse que permaneció varado mucho tiempo después, puesto que sus herederos forman una legión heterogénea que va de Maupassant a Stephen King, pasando por Bierce, Blackwood, Machen, Chambers, Quiroga, Lovecraft y casi quien se les ocurra. La resonancia de Poe en la literatura mundial es como una piedra arrojada a un estanque. Sherlock Holmes, con su desgana y su insolencia, ¿no es una versión corregida y aumentada del Chevalier Auguste Dupin? Al leer El hombre de la multitud, ¿no se escucha el sombrío eco de Kafka? ¿Y no parecen El monte de las ánimas o Los ojos verdes, de Bécquer, dos relatos perdidos de Poe? Fue Benet quien dijo que los genios literarios desertizan su idioma durante siglos y que por eso no había grandes novelistas españoles después de Cervantes ni grandes dramaturgos ingleses tras Shakespeare. Anotó, con notoria maldad, que los herederos de Cervantes son británicos, los de Shakespeare, rusos, y los de Goethe, alemanes. También apuntó que la estela de Poe había que buscarla en Argentina, donde no es difícil rastrear aquel pasaje de Pierre Menard, autor del Quijote en el que Borges asegura que un poeta simbolista podía imaginarse el mundo sin Cervantes pero no sin Poe. Cortázar fue más explícito y nos legó una traducción casi completa de su obra que igualaba el regalo que había hecho Baudelaire al francés un siglo atrás.

Todavía recuerdo mi primera visita a la Feria del Libro de Madrid, cuando era un niño del brazo de mi padre, quien me dijo que me regalaría el libro que yo quisiera. Hice trampa y, sin dudarlo, escogí los Cuentos completos de Poe en dos volúmenes, editorial Alianza, con la traducción de Cortázar y la escueta calavera en portada de Daniel Gil. Es quizá el libro más antiguo que conservo, y eso que lo he prestado varias veces, pero en Poe los escalofríos permanecen intactos, así sea en la traducción de Baudelaire al francés, en la de Cortázar al español, en la de quien sea al chino, en las amarillentas adaptaciones de Corman al cine o en las barrocas ilustraciones de Bernie Wrightson.

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Lápida colocada en el primer lugar donde fue enterrado Poe en Baltimore, Maryland (EEUU). / KRitcher (Wikipedia)

Con sus nocturnos, sus ángeles, sus gatos y sus crímenes, Poe llevó el romanticismo más lejos que nadie, pero llegó más lejos aun. Inauguró una Venecia del horror. Desenterró un perdido cordón umbilical entre el miedo y la belleza que conectaba los mitos griegos con el mundo moderno. En el cortocircuito venían también muchos de los antiguos pánicos de la especie (el incesto, el emparedamiento, la necrofilia, la locura, el asesinato), traumas psíquicos que Poe iba alumbrando con un candelabro goteante sin que jamás le temblara la mano. Perfeccionó el cuento como un arma de un solo tiro que atraviesa la cabeza del lector. Un cuento –explicó alguna vez– debe constar de un solo tono y provocar un solo efecto. La danza lóbrega y mortuoria de La caída de la casa Usher; el stacatto enloquecido de El corazón delator; la melodía infinitamente triste de Ligeia; la chanza grotesca de El tonel de amontillado, cuya partitura Stevenson definió como “el golpetear de unas castañuelas malignas”. El gran Stevenson, que nunca acabó de entender cómo Poe había podido perpetrar el “audaz e imprudente escamoteo” de no revelar nunca qué había en las tinieblas de El pozo y el péndulo. En ese espanto innombrable reside precisamente la clave definitiva del genio de Poe, que se atrevió a sugerir lo que no se puede ni siquiera sugerir, a alumbrar el fondo del pozo para mostrar, como diría Faulkner, que “una cerilla encendida en medio de un sótano no sirve para ver mejor, sino para ver mejor la oscuridad”.

Pocas novelas contemporáneas resuenan con el grito inacabado del final de la Narración de Arthur Gordon Pym, un libro donde lo narrado y lo leído, la escritura y la voz se confunden en puntos suspensivos sobre la misma página. Poe ya había ensayado un laberinto textual más perfecto y más breve en El retrato oval, un prodigio imaginativo de apenas cuatro páginas que es al mismo tiempo un supremo relato de horror, una indagación metaliteraria y un canto absoluto al delirio del arte. Como el pintor entregado a la tarea imposible de plasmar la belleza en el lienzo, Poe lo dio todo por la literatura, incluidos su amor, su vida, su oficio y su salud.

En su Filosofía de la composición, un ensayo que escribió para justificar la imaginería y la rítmica fúnebres de El cuervo, dijo que en la literatura no había tema más sublime que la muerte de una joven hermosa. Poe repitió ese camafeo de la muchacha muerta en muchos de sus grandes relatos, en Berenice, en Morella, en El retrato oval, en La caída de la casa Usher, en Ligeia, que era su favorito. Lo repitió en algunos de sus mejores poemas, como Annabel Lee. Lo repitió también, por desgracia, en su propia vida, cuando su prima Virginia, con quien se había desposado cuando ella sólo contaba trece años, murió de tuberculosis en 1847, dejándolo convertido en uno de sus héroes malditos, un poeta melancólico que aullaba a la luna y oía bajo las tablas de la casa, enterrado para siempre, el tam tam fantasmal de un corazón.

Un crítico dijo una vez que Poe y su genio extraordinario, Poe y su sensibilidad exquisita, languidecían en los Estados Unidos como un Botticelli colgado en una pocilga. Puede que tuviera razón pero para alguien como él, con ese anhelo de belleza y de pureza imposibles, no había ningún lugar limpio en el mundo. Murió en Baltimore, de un ataque de democracia, a manos de una banda de desaprensivos que cogían a forasteros y  vagabundos y les invitaban a beber una y otra vez para obligarles a votar en distintos colegios electorales. Lo emborracharon hasta la muerte. Lo imagino yendo de urna en urna, depositando su papeleta, haciendo eses, el mismo hombre que había escrito que el pueblo no debe intervenir en las leyes más que para obedecerlas. Tuvo un momento de lucidez antes del coma final y un médico recogió sus últimas palabras, tal vez las más tristes de las que se tiene noticia. “Dígame, doctor, ¿hay esperanza?” El médico meneó la cabeza, sin saber qué responder, y entonces Poe remató su obra maestra: “Oh, no me refiero a eso. Quiero decir si hay esperanza para un miserable como yo".

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