Los varios rostros de Berlín

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George_Grosz_Metrópolis
'Metrópolis' (1916-1917), una de las obras de George Grosz que puede verse en la exposición del Museo Thyssen. / museothyssen.org

Berlín, la ciudad del rostro cambiante; Berlín, la ciudad que, sin un pasado arquitectónico esplendoroso, ha sido la que más cambios drásticos ha sufrido en Europa en el pasado siglo; Berlín, una ciudad mitificada por la literatura y el cine que se ocupó con admiración ferviente de su etapa de entreguerras; Berlín, la ciudad donde se dirimía la Guerra Fría a un metro de distancia; Berlín, la ciudad que celebra el 9 de noviembre el 25º aniversario de la Caída del Muro, un avatar más de los muchos que ocurrieron en los últimos cien años en la ciudad, es objeto de una bella exposición en el Museo Thyssen madrileño,que estará entre nosotros hasta el 25 de enero. Ha sido programada por la Embajada de Alemania y el MuseoThyssen, se titula Calles y rostros de Berlín y se trata de mostrar la colección que sobre las vanguardias centroeuropeas referidas a la ciudad tuvieron lugar en los primeros treinta años del siglo XX, cuando Berlín se convirtió en un referente de la vanguardia, y cuyos fondos proceden de las colecciones de los Fondos Thyssen.

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María Luisa del Árbol, comisaria de la exposición, ha querido con ella resaltar la imagen de Berlín como ciudad cultural cuyo carisma fue brutalmente interrumpido por el ascenso del nazismo en 1933. Algo evidente ya que la ciudad, barata para cualquier extranjero concentraba en su paisaje y paisanaje, de cafés y salas de exposiciones el resultado del quebranto cultural, económico y social que había supuesto la Gran Guerra y la frustrada revolución comunista que acabó con la muerte de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo y la proclamación de la República de Weimar.

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Berlín fue un hervidero en tiempos brutales, tumultuosos. De ahí que en cierta manera, y en contra de la tendencia actual, piense que el nazismo interrumpIó lo que a todas luces era precedente crítico de ellos mismos, es decir, no se entiende la irrupción del nazismo sin entender que ese movimiento fue consecuencia de los años que los expresionistas retrataron, De ahí que esta muestra sea preciosa pues, a poco que nos fijemos, intuimos en esos rostros, en las calles de la ciudad que retratan, la revancha y el deseo de limpieza atroz que iba a venir después.

La muestra se divide en dos partes. La primera refleja la ciudad hasta que comienza la Gran Guerra. Es el mundo adecuado a la tensión de las vanguardias pero donde el acento aún está puesto en la incidencia estética, en el socavamiento de la fantasmagoría espiritual del orden burgués. Hay un cuadro modélico de esE período: Metrópolis, de 1917, de George Grosz, donde bajo la apariencia del expresionismo más acendrado se percibe ya la descomposición de un orden, la subversión que lleva a la redención mediante un imaginario apocalíptico. Es el correlato en el mundo plástico de lo que luego llevó a cabo Fritz Lang en el film Metrópolis, ya en la década de la posguerra, donde ese mundo turbio, deshumanizado de Grosz, se convierte en una reflexión sobre la aniquilación del individuo ante la máquina, el mundo del robot, del totalitarismo de la época de las masas. Hay que decir que en exposiciones de este tipo, en lo que respecta a expresionistas, donde haya un cuadro de Georges Grosz, los demás, aún siendo mejores, gocen de más excelencia, palidecen ante lo que se muestra. Quizá no haya habido en la época pintores más intensos en sus temas que Grosz y Oscar Kokoschka.

La segunda parte acoge los rostros de los berlineses de la posguerra, en pleno auge de La Nueva Objetividad. Es el momento en que Max Beckmann retrata en Quappi, que era su esposa, a las chicas berlinesas del momento, su callada melancolía. El cuadro fue pintado en los primeros años de la década de los treinta y era un cuadro donde la muchacha sonreía. Beckmann le cambió el rostro hacia un lado más oscuro según los tiempos políticos fueron cambiado: los nazis ya estaban haciendo de las suyas.

En cualquier caso, los cuadros expuestos son ya clásicos del arte, pero a mi me gustaría destacar algunos, que me han conmovido, como Escena callejera, de George Grosz donde percibe la indiferencia biliosa de la multitud de la gran ciudad; Hugo Erfurt con su perro, de Otto Dix, por su enorme carga de expresividad; Tertulia, de Georges Grosz, un cuadro brutal, inquietante; el hermoso y distorsionante Calle con buscona de rojo, de Ernst Ludwig Kirchner y, por poner una nota un poco más arcádica, Retrato de una joven escocesa, de Conrad Felix.

La exposición se enmarca dentro de los actos programados en Madrid para conmemorar el 25 aniversario de la CaÍda del Muro. La Puerta de Alcalá, este fin de semana, permanecerá iluminada simulando ser la Puerta de Brandeburgo. Uno de los artistas que más se ha significado por sus trabajos realizados en el Muro de Berlín, Kiddy Citny, ha estado en Madrid con motivo de este 25 aniversario. Citny ha explicado la intención que le movió a realizar esos trabajos en el Muro porque quería reflejar en él toda la historia de la RDA, “encerrar Berlín Este en esa obra”.

Dieciocho obras maestras muestran, por tanto, en el Thyssen el esplendor putrefacto de la cultura de la crisis de la civilización. Esa realidad es la que quiso destruir el nazismo, es decir, realizó una labor de limpieza de la crítica de la gangrena sin darse cuenta que la gangrena eran ellos y que los expresionistas sólo habían mostrado los síntomas de la infección. Esta muestra debe verse en este contexto porque así lo quieren los tiempos y basta darse una vuelta por el próximo Reina Sofía y contemplar la exposición, Un saber realmente útil, para caer en la cuenta de que la rabia en el arte, la tensión de la denuncia no ha cambiado desde aquellos treinta a esta segunda década del siglo XXI, con otra enorme crisis económica detrás. Lecciones varias que se deben sacar de la Historia. El júbilo de la CaÍda del Muro, sí, pero también la advertencia terrible presente en aquellas calles y rostros de Berlín, sólo claras, parece, para quien sepa verlo.

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