‘Hooligans’ ilustrados

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El escritor Jorge Luis Borges, con un grupo de admiradoras, en 1976. / Revista Panorama (Wikipedia)

No hay mucha literatura buena sobre fútbol. He aquí un tópico que es necesario poner en cuarentena, aunque parece incontestable al ver la nómina de grandes escritores fascinados por el boxeo: Jack London, Julio Cortázar, Norman Mailer, Ignacio Aldecoa, Joyce Carol Oates, Thom Jones. La comparación es más sangrante incluso si se repasa la filmografía dedicada al noble arte, una riada de obras maestras que va de Cuerpo y alma de Robert Rossen a Toro salvaje de Martin Scorsese. En cambio, sobre fútbol, así a bote pronto, sólo logró rescatar algunos buenos relatos de Osvaldo Soriano; una novela de Yevtushenko, No mueras antes de morir, en el que un viejo defensa de la selección soviética sale a defender el Parlamento ruso con una camiseta que le regaló Pelé; y un libro ya inencontrable de Gonzalo Suárez (Once y uno) donde narra una temporada del Barcelona de Helenio Herrera como si fuese la Anábasis de Jenofonte. Recuerdo también un libro extraordinario de Antonio Hernández, La marcha verde y otros cuentos de fútbol, dedicado al Betis de su alma donde había un relato hilarante que le hubiera valido una multa millonaria o una estancia en prisión de no ser por la astucia de su título: El hombre que creía ser Lopera.

Frente a Camus, que lo reivindicó como una escuela de ética, y de Pasolini, que veía a los 22 jugadores en el campo como un sistema de signos, Borges abominó del fútbol con tanta frecuencia como mala leche. Le parecía un deporte feo, aburrido y, sobre todo, estúpido: hombres en pantalones cortos corriendo como críos delante de una pelotita. Dijo que “el fútbol despierta las peores pasiones. Despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte, porque la gente cree que va a ver un deporte”. Añadió, con notoria saña, que el fútbol era “uno de los peores crímenes de Inglaterra”. El boicot borgiano al balompié llegó a su cenit en 1978, cuando, a modo de protesta por el debut de la selección argentina en el Mundial del que era anfitriona, Borges dictó el mismo día y a la misma hora una conferencia sobre la inmortalidad. Se ha llegado a sospechar si, detrás de tanta animadversión, no habría una historia secreta de despecho personal. Alguien hizo circular una leyenda sobre el origen de la ceguera de Borges según la cual el joven escritor era un apasionado del fútbol que sufrió un encontronazo al ir a rematar un saque de esquina. El golpe fue tan terrible que se le desprendieron las retinas y Borges tuvo que colgar las botas para dedicarse a la literatura. La idea de un Borges en pantalones cortos, saltando a rematar de cabeza, suena tan deliciosamente falsa e imposible como esa bibliografía apócrifa de la que saqueaba citas, autores y argumentos.

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Portada del libro de José Lobo.

La editorial Libros del K.O., que por algo lleva un lema pugilístico, se ha propuesto remediar ese vacío con una colección de libritos bajo la égida de Hooligans Ilustrados. La idea es reclutar a  diversos escritores para que cada uno haga un homenaje al club de sus amores. En la primera hornada alinearon a Enric González por el Espanyol (Una cuestión de fe), a Manuel Jabois por el Real Madrid (Grupo salvaje), a Marcos Abal por el Barça (Una insolencia), a Julio Ruiz por el Atleti (Yo me voy al Manzanares), a Antonio Luque por el Betis (Marchito azar verdiblanco), a Ignacio Martínez de Pisón por el Zaragoza (El siglo del pensamiento mágico) y a Ander Izaguirre por la Real Sociedad (Mi abuela y diez más). En el segundo tiempo han visto la luz José Lobo por el Sevilla (Yonquis y gitanos), Eduardo Rodrigálvarez por el Athletic (Un soviético en la Catedral), Javier Triana por el Logroñés (¡Goool en Las Gaunas!), Enrique Ballester por el Castellón (Infrafútbol) y Antonio Agredano por el Córdoba (En lo mudable). Una selección con goleadores, centrocampistas y defensas leñeros donde sólo falta, para mi gusto, un guardameta: José María Mijangos.

Abro la primera página de Yonquis y gitanos, de José Lobo, y leo:

Mira que se me ocurren cosas que se pueden hacer con la polla en la mano. Se me ocurren un montón de cosas que hacer con la polla en la mano. Y a ti te da por hacer el ridículo, por ponerte trascendente. “Pues quedan cuarenta y cinco minutos para ser campeones”, te dices en los urinarios del Philips Stadion. Cuarenta y cinco minutos que te separan de lo que llevas esperando toda la vida. Tal vez no tanto tiempo, pero casi.

Imposible no seguir leyendo, incluso yo, que ni soy del Sevilla ni me gusta el fútbol ni le gusto al fútbol desde aquellos remotos días en que me iban dejando relegado, al formar los equipos, en el lóbrego rincón de los gordos, los gafotas y los cojos. Ese tiempo infeliz que me condenó a la lectura cuando me hartaba de calentar banquillo dando sombra al botijo.

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