Rafael después del tiempo

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El periodista y escritor Rafael Martínez Simancas. / David Torres
El periodista y escritor Rafael Martínez Simancas. / David Torres

[Ayer, sábado 14 de marzo de 2015, la Villa de Rute ofreció un homenaje póstumo al escritor y periodista Rafael Martínez Simancas, fallecido en julio del pasado año. De ahora en adelante, el Edificio Municipal de la calle María Siendones s/n ha pasado a llamarse "Centro Cultural Rafael Martínez Simancas"].

Lo he contado alguna vez pero no importa repetirlo. El día en que nos marchábamos de Melilla, unos gitanos nos ofrecieron a Rafa Martínez-Simancas y a mí unos vistosos relojes falsos, tan espléndidos que no pudimos resistirnos y compramos uno cada uno. Parecían, como me dijeron una vez en el Gran Bazar de Estambul, "imitaciones auténticas", no esas vulgares copias chinas. A pesar de su perfecto acabado, al poco de entrar al aeropuerto noté un ruido como de grava en la muñeca, como si aquel mecanismo portentoso, en el interior, fuese un reloj de arena. Vi que la fecha estaba atrasada así que saqué la ruedecilla, la fui girando y empezaron a sucederse los días: el 30, el 31, el 32, el 33, el 34... Y así la decena completa. "Qué suerte" dijo Rafa. "Te han vendido un reloj con días de más. Eso no tiene precio".

Al morir Rafa, en julio del pasado año, retomé aquella especie de desafío periodístico que me lanzó, cuando me dijo que el que sobreviviera al otro tenía que escribirle el obituario. Fue casi la única promesa que le pude cumplir, la que no hubiera querido cumplir nunca, y menos aun tan pronto. A lo largo del breve tiempo en que disfruté de su compañía (entre nueve o diez años, los últimos de ellos secuestrados por su enfermedad) viví la amistad con él como una pasión intelectual, risueña, arrebatadora, con puros, abrazos y carcajadas. Comimos juntos, fumamos juntos, reímos juntos, chismorreamos juntos y al final ya sólo nos faltó quitarnos la ropa. Como las parejas inmortales, las de amor y las otras, nos hicimos muchas promesas, entre ellas, regresar otra vez a Melilla, volver al cerro de Annual donde hace unos años nos guió el coronel Gallardo para encontrar el cerro de Igueriben donde él incubó su mejor novela, Doce balas de cañón. También nos dijimos que, en nuestra vejez, cuando ya fuéramos dos ancianos jubilados, escribiríamos mano a mano un libro sobre la profesión de periodista en que romperíamos todos los tabúes, desvelaríamos todos los secretos y contaríamos la verdad, la nuestra. No mostraríamos piedad, no dejaríamos títere con cabeza y teníamos incluso un título para aquel fastuoso banquete caníbal, Perro come perro. Tampoco pudo ser: el reloj con que nos timaron en Melilla apenas llevaba días de más y los pocos que llevaba eran falsos.

Entre las promesas incumplidas estaba la de visitar su pueblo natal, Rute, donde Rafa tenía apadrinada una borriquilla, Avutarda, y donde acaban de inaugurar un centro cultural que lleva su nombre. Siempre tuvo a gala, por encima de cualquier otro homenaje, el que lo hubieran nombrado hijo adoptivo de su pueblo. De alguna manera, de una manera falsa y vicaria, como los relojes de Melilla, yo comparto ese honor porque en los últimos tiempos Rafa me llamaba "hermano". Sólo tengo uno de carne y sangre, y no hay muchos más amigos que me habrían otorgado el título. Probablemente no lleguen a los dedos de una mano y ahora es como si me hubieran arrancado el corazón.

Es verdad, Rafa ya no está entre nosotros pero sigue con nosotros, no vive en el tiempo, pero está detrás del tiempo. Cada uno de los que lo conocimos guardamos en nuestro interior un facsímil de ese gigantón calvorota, tierno y dulce, oímos su voz, vemos su sonrisa, sentimos su gramática incomparable, las chicuelinas de su literatura. Cuando veo una noticia de la tragicómica farsa política que padecemos, pienso en qué ironía, qué metáfora, no se le habría ocurrido a Rafa; siento su mano guiando la mía, inspirando alguna maldad portentosa, algún capón a vuelapluma.

Yo no escucho la radio pero tengo sintonizado a Rafa en mi cabeza, escucho de vez en cuando esa risotada de caballo que le alzaba la cara hacia arriba. Recuerdo la manera en que alargaba la "u" del adverbio al comentarme al teléfono la última estupidez de algún político: "Es muuuuuuy tonto". Recuerdo su acento andaluz al decirme que no valía la pena los esfuerzos y pesares que nos tomábamos por un orgasmo, cuando un orgasmo consiste únicamente en "cuatro culetás y un calambrillo". Es un fantasma amable, bondadoso y triste, cuya presencia me inunda de dolor, de pena, de la rabia por haberlo perdido. Es como un amor de juventud que nos ha roto el corazón: sabemos que no volverá jamás, por eso no entendemos por qué nos sigue quemando en el pecho, por qué nos sigue doliendo.

A veces me visita en sueños. Hace poco lo vi de día en plena calle, en Madrid, un hombre enorme, vestido muy serio, como él vestía, cubierta la calva con una gorra como él se cubría a veces la cabeza. Aparcó la moto negra en la acera y se marchó deprisa a resolver algún asunto, caminando a grandes zancadas. No quise detenerlo, deshacer el malentendido, descubrir que no era él. Preferí creer que de algún modo, de un modo estrictamente imposible y secreto, continuaba viviendo otra vida más allá de mí, más allá de nosotros, más allá del tiempo que le había sido concedido.

2 Comments
  1. Salvador López Rubio says

    Uno de los mejores artículos que he leído de David Torres,(y he leído unos cuantos.) Una prosa excelente.

  2. JM says

    Gracias David, un placer poder volver leer y a recordar tus palabras en el homenaje a Rafa y haber compartido un rato entre esos otros mal llamados «burros» con el amigo Pascual.

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