El Rey ha muerto, viva el Rey

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Imagen de B.B. King durante una actuación, el 20 de junio de 2009, en el Festival de Jazz de Niza. / Bruno Bebert (Efe)
Imagen de B.B. King durante una actuación, el 20 de junio de 2009, en el Festival de Jazz de Niza. / Bruno Bebert (Efe)

El jazz y el blues pueden presumir de tener una aristocracia mejor, más genuina y de más talento que la así llamada por los poderes terrenales: los tres reyes magos, Albert King, Freddie King, B.B. King, un conde, Count Basie y un duque, Duke Ellington. De tamaña sangre azul del talento, hijo del sufrimiento y del daimon, acaba de morir el último de los reyes, B.B. King, a los 89 años, uno de los grandes guitarristas del siglo XX, que es decir mucho.

Mientras escribo estas líneas escucho a B.B. King tocando en el Festival de Montreux en 1993. Intenso, enorme, no es fácil clasificar con palabras a tamaño fenómeno y lo más útil sería homenajearle con una guitarra. Pero en su defecto vale intentarlo con las palabras que se quedan indefectiblemente cortas, cojas. ¿Cómo adjetivar el dolor brutal que se esconde detrás de cada nota de esa guitarra, un dolor que percibimos en toda pieza de blues, un dolor que va más allá de cualquier intento de comprensión pero que nos redime porque, como cualquier maravilloso sonido de esclavos, al final siempre se encuentra la luz que ilumina el túnel del sufrimiento, de la constatación de la crueldad del mundo, al final siempre se halla la esperanza, tal es su vitalidad?

Ha fallecido en Las Vegas, ¿donde podía vivir el rey del espectáculo?, aquejado de diabetes e hipertensión desde hace años, lo que es normal tratándose de un hombre que era una mole, en todos los sentidos. Supongo que habrá echado estos días miradas, y algo más, a su vieja guitarra, “Lucille”,  sabiendo que la dejaba huérfana de caricias y talento, ese talento que hizo que este hombre pasara de la existencia invisible de ser hijo de esclavos, de jornaleros negros de Missisippi en los años de Jim Crow, los años de la jurisdicción más siniestros del estado, a ser poseedor de 15 Grammys y ser invitado imprescindible de músicos como los Rolling Stones o Eric Clapton, un enorme guitarrista que sería de los pocos hoy en rendir justo homenaje al Rey, uno de sus grandes admiradores y en cierta manera su heredero. Ha muerto, pero eso es algo que sucede en la vida. Lo importante es que se “haya convertido en sus admiradores”, como dijo W.H. Auden en extremada belleza de verso en un homenaje a Yeats. Eso es lo que hace la justificación de un artista, su perdurabilidad.

Eagle Rock (YouTube)

Ahora se nos llena la boca de ese paso fulgurante de una infancia digna de La cabaña del Tío Tom, con una madre que le abandonó de niño, dejándole solo, en el sentido real de término, a medirse con los grandes músicos de este mundo. Y achacamos, nuestro romanticismo y sentido del meritaje no tienen remedio, a su talento, ese que hizo que llegara a remontar una existencia condenada de antemano. Hay razón en todo ello pero el azar juega aquí ese sutil espacio que nunca llegará a abolir un juego de dados, como quería Mallarmé. Si en los 50 no se hubiera producido el fenómeno de Sam Philips, que le dio por fundar Sun Records y fijarse en la música que se hacía en el extarradio de Memphis no hubiéramos nunca escuchado a B.B. King tocar Stand by Me, sí, pero tampoco quizá a Elvis Presley, Jerry Lee Lewis o Johnny Cash o Roy Orbison, esa enorme constelación de talentos que se dieron cita en unos apretados años. Si Frank Sinatra no le hubiera honrado con su amistad... Si los Rolling Stones, que fueron en eso pioneros, no hubieran puesto de moda entre la clase media británica y norteamericana el Blues, quizá muchos de los músicos negros que hoy admiramos se hubieran muerto de hambre, casi literalmente, en alguna cabaña desvencijada y llena de humedad fluvial de ese inmenso, enorme, desalmado Sur, literario y cruel donde los haya.

B.B. King ha dado 15.000 conciertos. ¿Se puede dar tamaña cantidad de energía a un público entregado?. Desde chabolas al lado del viejo río a la Casa Blanca, al Royal Albert Hall, con Slash, el guitarrista de Guns and Roses, siempre los británicos en medio del blues, al Festival de Canterbury, al mencionado de Montreux, en San Francisco, allí estaba él acariciando a “Lucille” e interpretando versiones inolvidables, desde luego Lucille, claro, pero también Guess Who, Live en Cook Country Jail, inolvidable actuación, Love Me Tender, nada menos, al modo de Presley, Blues on the Bayou, Riding with the King, en compañía de Eric Clapton, Reflections, One Kind Favor y el último album, Icon, de año 2011. Tremendo, tanto como sólo suele dar el talento cuando se une a una vida de artista dilatada y B.B. King comenzó muy joven, de niño y ha muerto a edad avanzada: la mitad del siglo pasado está atravesada por su música y aunque se centró en el blues, sus contribuciones al jazz y al rock han sido impagables, únicas, realizando conciertos con figuras de otros ámbitos, los mencionados Sinatra, Clapton, Mick Jagger, pero hay más, claro. Un reinado dilatado, por suerte para el arte.

In the Wee Small Hours era el album de Frank Sinatra con el que B.B. King se dormía casi todos los días, escuchándolo. Frank fue su gran amigo porque Frank era muy amigo de sus amigos y le introdujo en el luminoso mundo de Las Vegas, que para un niño de Missisippi era todo, y B.B. King le correspondió con una admiración sin concesiones. Esa lealtad forma parte del mundo del jazz, blues, crooners y demás, que se agruparon entre lo marginal y las luces de candilejas en los años 50, unos años que queremos míticos porque desde luego no los hemos conocido, unos años que son los que B.B. King imaginó idóneos porque le conformaron, a pesar luego de codearse con los enormes británicos de los sesenta. Pero estos eran ya de otro mundo.

B.B.King. El Rey ha muerto, viva el Rey.

bill arthur (YouTube)

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