Menos ferias y más libros (y II)

Borges_firma
Jorge Luis Borges, en 1963, ya con dificultades en la visión, firma un manuscrito.. / Alicia D’Amico (Wikipedia)

Firmar libros, a veces, suele ser una labor arriesgada. No voy a dar nombres, pero yo he visto a una señora estamparle la novela en la cara al famoso autor que acababa de firmársela, y todo porque había oído cómo el famoso autor le susurraba a su ayudante, mientras echaba el garabato, que estaba harto de que lo leyeran ‘marujas’ (si ustedes han leído mi entrada anterior y saben sumar dos y dos, ya saben de quién estoy hablando). A ese mismo autor le hicieron un año una fiesta de homenaje en plena feria y los comerciales no veían manera de reclutar libreros para que hicieran de relleno.

– Venid, que habrá bebida gratis.

Publicidad

– No, que me da mucho asquito.

– Venid, por favor, que luego el tío se queja de que la sala está llena de ‘marujas’.

– Podría tener un poco de respeto para su público.

Al menos ese autor contaba con un público, que era mucho más de lo que podía decir yo después de una docena de libros y varios años de acudir a la feria. La gente pasaba y se me quedaba mirando, juzgando si me parecía a la foto del cartel, como si aún tuviera cara de librero. Me consolaba el hecho de que no era el único escritor al que confundían con uno de los proletarios de la caseta: había visto a una señora pedirle a Javier Reverte, en uno de esos raros momentos en que se encontraba libre de lectores, si podía decirle el precio del libro aquél del fondo. Javier lo hizo encantado, porque es de esos tipos que no tienen el menor empacho en quitarse el chaleco de escritor y ponerse el mono de librero.

El año pasado estaba yo firmando ejemplares de Todos los buenos soldados cuando vi formarse un eclipse de sol, levanté la cabeza y vi que asomaba por la caseta un tipo grande como un chalet de dos plantas. Parecía que hubiera brotado justamente de la novela, en concreto del capítulo dedicado al brigada Piñero. Me dijo que se llamaba Juan Carlos, que era militar, que leía a diario mis columnas de Público y que algún día tenía que escribir algo en defensa del Ejército. Mientras hablaba, yo iba echando vistazos disimulados hacia atrás, para comprobar si la caseta tenía la puerta abierta y podía batirme en retirada Retiro a través, si la conversación se ponía algo más bélica. Le dije que había escrito más de una; de hecho, a bote pronto, podía recordar dos: la primera sobre mi buen y añorado amigo Rafael Martínez Simancas (por aquel entonces todavía vivo), que había escrito una novela, Doce balas de cañón, sobre el sacrificio del coronel Benítez y su regimiento de fusileros en el cerro de Igueriben. La segunda, sobre la olvidada tumba del soldado más glorioso de Lepanto, Cervantes, sobre la que aún husmean los infatigables saqueadores de cadáveres. Nos hicimos amigos desde entonces.

Rushdie_firma
Firma de Salman Rushdie. / Wikipedia

No es el único amigo que he hecho en la feria, un lugar que, por pura concentración de gentes, anhelos y páginas, suceden cosas más bien extrañas. Aún recuerdo el día en que compré mi ejemplar de Los versos satánicos, de Salman Rushdie, cuya edición en castellano sufragaron una docena de editoriales que decidieron compartir el riesgo acojonante de la fatwa que pesaba sobre aquel libro maldito. Hacía aproximadamente un año que el libro había salido al mercado pero yo no lo adquirí hasta aquel domingo de junio y, justo cuando llegué a casa y vi la noticia en el telediario, supe por qué: acababa de morir Jomeini. No suelo poner la fecha y el lugar en los libros pero no me quedó más remedio que señalar aquella tenebrosa coincidencia: comprado el mismo día en que falleció el clérigo que había decretado la condena a muerte de Rushdie. Alá es grande.

Aparte de Torrente Ballester, la firma más valiosa que no atesoro en mi colección de fetiches acaeció también durante mis años en la facultad de Letras de la Autónoma: si no recuerdo mal, fue la única vez que Borges vino a firmar a la Feria del Libro de Madrid. La cola para saludarlo era enorme, parecía que en vez de uno de los grandes escritores del siglo XX estuviera firmando un actor, una tonadillera, un cocinero o un gilipollas. Desalentado ante aquel laberinto de una sola línea, me senté con mi ejemplar de Ficciones, manoseado hasta la cochambre, en un césped cercano, bajo la sombra amable de los árboles, mientras un compañero de carrera se ponía firme a esperar entre aquella espiral de gente. “No merece la pena”, le dije. “No te voy a colar”, replicó con rencor. Le llevé cerveza y provisiones durante las dos horas largas en que la cola avanzaba pausadamente, mordisqueada por los garabatos del genio argentino. Al fin lo perdí de vista, ya muy cerca del Aleph, pero regresó a los diez minutos con cara de no haber tocado el infinito. “No te lo vas a creer”, gruñó. “Tú prueba”, respondí. “Había una chica delante de mí, Borges le firmó el libro, hizo un gesto cansado con la mano y preguntó: “Che, ¿cuántos libros llevamos?”. Alguien, que llevaba la cuenta al milímetro, dijo: 333. Borges sonrió: “Este, qué gran número para dejarlo, ¿no?”.

Menos ferias y más libros (I).