Un tributo a la Ilíada

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Escena del Canto XXIV de la Ilíada en la que los troyanos trasladan el cuerpo de Héctor a la ciudad. Detalle del bajorrelieve de un sarcófago romano de mármol (c. 180-200).  / Wikipedia

Desde sus albores, la humanidad ha sentido fascinación por la guerra. Prácticamente, no hay pueblo sobre la tierra que, al fundar una mitología o al construir a sus dioses, no los haya amasado con sangre. Las grandes religiones vienen avaladas por hogueras y espadas, y sus textos sagrados son al mismo tiempo tratados morales y cantos guerreros. Lo son el Bhagavad Gita y el Mahabharata, libros sagrados de la India; lo son muchos pasajes de la Biblia; lo son las sagas nórdicas y lo es el Kalevala, la gran epopeya nacional finlandesa.

Tal vez no haya nada más trágico, en la historia del mundo, que ese largo deslumbramiento estético por el horror y la destrucción. El hecho de que la explosión de un hongo atómico nos parezca hermosa a la par que horrible, es una contradicción que alumbra las entrañas tenebrosas de la condición humana. Cuando Oppenheimer, el padre de la bomba atómica, asistió a la cegadora luz que arrasó el desierto de Los Álamos, pensó de inmediato en un verso del Bhagavad Gita: “Me he convertido en la muerte, la destructora de mundos”.

La Ilíada (el gran poema épico griego, considerado por muchos como el libro más bello del mundo) es, fundamentalmente, un apasionado canto a la guerra, una descripción pormenorizada de combates individuales y colectivos y una exaltación de los valores heroicos que imperaban en el mundo antiguo. En sus orígenes míticos, la Ilíada escarba en ese absurdo inherente a la condición humana capaz de descubrir la belleza en medio del horror. La guerra de Troya empieza por un motivo fútil: Paris, príncipe troyano, hijo del rey Príamo y hermano de Héctor, rapta (o seduce) a Helena, esposa de Menelao, un monarca aqueo. Agamenón, hermano de Menelao y rey de Micenas, organiza una alianza entre los principales caudillos aqueos para montar una expedición de castigo, arrasar Troya y rescatar a Helena.

Por supuesto, hay motivos más profundos que subyacen a esta deuda de honor, pero Homero insiste una y otra vez en la belleza sobrenatural de Helena como la semilla misma de la desgracia. Hay un momento, verdaderamente sobrecogedor, en que los ancianos troyanos, muchos de los cuales han perdido a sus hijos en el largo sitio de diez años, contemplan extasiados la hermosura de Helena y sienten que la vieja sangre se les enciende en las venas y piensan que sus hijos bien muertos están:

No es reprensible que troyanos y aqueos, de hermosas grebas, sufran prolijos males por una mujer como ésta, cuyo rostro tanto se parece a las diosas inmortales.
(Ilíada, Rapsodia III)

Los lectores y críticos que tanto se escandalizan por la representación de la violencia en el arte actual, deberían recordar que la Ilíada es, en la mayoría de sus páginas, un verdadero rosario de atrocidades, narradas con toda precisión y detalle. Esto, más que una muestra de barbarie, revela la falta de hipocresía en la civilización micénica. Frente a la muerte anónima y multitudinaria, la muerte sin dolor, sin rostro y sin sangre que se exhibe desde los medios de comunicación en nuestras contiendas tecnológicas, Homero individualiza a cada guerrero con un rostro, un nombre y una muerte:

A Erimante metióle Idomeneo el cruel bronce por la boca, la lanza atravesó la cabeza por debajo del cerebro y conmovió los dientes; los ojos se llenaron con la sangre que fluía de las narices y de la boca abierta, y la muerte, cual si fuese oscura nube, envolvió al guerrero.
(Ilíada, Rapsodia XVI)

La Ilíada está cuajada de momentos espléndidos, pero ninguno más patético que la despedida de Héctor y Andrómaca (cuando el pequeño Astianacte se echa a llorar, asustado por el casco de guerra de su padre) ni más terrible que el combate decisivo entre Aquiles y Héctor. El campeón troyano sufre un acceso de pánico un instante antes del duelo final, y echa a correr en torno a las murallas de Troya. Sin embargo, esa brusca sacudida de miedo no resta un solo gramo a su estatura heroica. La huída de Héctor y la persecución de Aquiles son, tal vez, el momento más alto de la épica, una de las cimas del arte occidental. De hecho, no hay nada ni remotamente semejante en ninguna otra literatura. Pocas veces un poeta nos ha mostrado al hombre tal cual es, aterrado, desnudo, sin disfraces ni máscaras ni excusas. Por un instante, el mundo entero se detiene y la vida suspende su pulso. Héctor sabe que va a morir, pues tiene enfrente a un héroe invulnerable, pero es capaz de embridar su terror –“como si las tres vueltas en torno a las murallas de Troya hubiesen devuelto el flujo de la sangre a su corazón y sosegado su pánico” escribí yo en El mar en ruinas– y al fin se detiene jadeando para hacer frente a Aquiles, encarándose a su destino con la frente alta y la mirada limpia.

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'Aquiles y Príamo', de Jules Bastien-Lepage. / Wikipedia

En el combate entre ambos héroes se dirime algo mucho más profundo, mucho más complejo que la ilusoria y milenaria trifulca entre el Bien y el Mal: simboliza la irremediable obstinación de los seres humanos, la incapacidad para poner fin al sufrimiento, los sótanos oscuros en los que se alimenta el corazón del hombre. No en vano, Laura Riding escribió que el homicidio de Héctor a manos de Aquiles era “la muerte más escandalosa de la historia”.

Por eso el poema es un recordatorio perenne de la atrocidad y de la bondad que habitan juntas, entrelazadas en el corazón del hombre, una antorcha encendida sobre los abismos más profundos de nuestra alma. Y al mismo tiempo, un canto apasionado al coraje y a la capacidad de perdón.

Cuando Príamo, el viejo rey troyano, logra pasar disfrazado a través del campamento aqueo, entra en la tienda de Aquiles para pedirle el cadáver de Héctor y se echa de rodillas para besar esas mismas manos salvajes que han matado a su hijo y a tantos de los suyos, cualquiera esperaría que Aquiles, enceguecido por el dolor de haber perdido a Patroclo, acabe con el anciano indefenso de inmediato. Sin embargo, el temible guerrero, al contemplar al viejo monarca arrodillado, se acuerda de su padre, comprende también el dolor del padre, y entonces le devuelve el cuerpo muerto de su hijo, para que sus familiares y amigos puedan llorarlo y honrarlo. Pero antes de hacerlo, antes de que Príamo regrese tras las murallas cargado con el cadáver de Héctor, y antes de que él vuelva a envolverse en el llanto por Patroclo, hay otro de esos instantes definitivos del arte occidental, un momento que, según George Steiner, es la mayor y más radiante lección que el espíritu griego haya dado jamás al mundo. Como ambos llevan días sin probar bocado, dedicados por entero al luto y la tristeza, Aquiles ordena degollar una oveja y preparar un asado. Luego invita al anciano rey a cenar y ambos se sientan a la mesa, y comen y beben, disfrutando de los placeres de la vida antes de dar rienda suelta a las lágrimas. Los griegos sabían muy bien que no se puede llorar eternamente, que incluso el dolor más amargo necesita un cuerpo donde aposentarse.

Todo este universo remoto y salvaje, separado de nosotros por casi tres milenios, parece muy lejos de nuestra civilización, que ha perseguido el placer y la comodidad como valores supremos, erigiendo un mundo donde se intenta olvidar el dolor y el hecho bruto de la muerte, un mundo que adora a dioses sin rostro, que sólo alza altares al dinero, al bienestar y a la pereza, y que finge escandalizarse cuando hace su aparición, terrible e inesperado, el viejo y feroz dios de la guerra. Como contrapartida, en sus mitos, en su literatura y en su historia, los griegos nos enseñan al hombre tal cual es: un animal atroz, lleno de luces y sombras, capaz de lo mejor y lo peor sobre la tierra. Los hombres de la Ilíada sabían muy bien que no se podían levantar altares sin sangre, ni adorar a dioses sin rostro, ni comerciar con monedas de una sola cara.

2 Comments
  1. Bla says

    Las pasiones humanas que hoy se expresan en todos los conflictos son, efectivamente, las mismas que hubieron en los principios de nuestra civilización. A falta de una solución al eterno conflicto, nuestra civilización se esconde tras un esplendor tecnológico que nos tiene a todos entretenidos y agotados con su ruido y artificios.
    David Torres señala un matiz muy importante: hoy el espanto y la crueldad son alejados de la representación de los medios de comunicación. La muerte y la crueldad son dulcificadas representándolas con cifras de muertos o con su ocultación.

  2. benicadell says

    Lo triste es que todo sigue igual

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