Última partida

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David Torres

Relato_ajedrez_ultima_partida
Imagen: Alexis (pixabay.com)

Las pisadas se acercaban desde el fondo del corredor. Distinguió dos pares de pasos: uno espeso y perezoso; otro, rápido, limpio, tajante. Descorrieron la mirilla, pero Miguel siguió de espaldas a la puerta, con la mirada perdida hacia la luz que chorreaba del ventanuco. Sintió la llave hurgando en la cerradura, pero tampoco se volvió entonces. Ni siquiera lo hizo cuando oyó la voz familiar a su espalda, precedida del taconeo de las botas sobre el suelo húmedo de la celda.

– No firmaste el papel.

– No.

Otra vez sonó el ruido de la vieja cerradura, la llave al tropezar, al dar una, dos vueltas, y después, de nuevo, los lentos pasos que se alejaban por el corredor.

– Ese soldado. Arrastra los pies como si llevase pantuflas.

– Siempre fuiste muy estricto con los detalles.

– En nuestro oficio hay que serlo.

Miguel se giró para encontrarse con el mismo uniforme que había visto todos los lunes durante las últimas semanas: las botas relucientes, el pantalón de raya impecable, las medallas prendidas del pecho Se fijó en los botones de metal, pulidos hasta la exasperación, donde se vio por triplicado, empequeñecido, despeinado, el cuello de la camisa desabrochado y sucio. Pensó que, de haber tenido una navaja y jabón a mano, quizá habría podido afeitarse.

– ¿De qué te ríes?

– De nada, hombre. No sabía que para venir aquí exigieran etiqueta.

– No es por ti. Acabo de hablar con el coronel.

– El coronel.

Lo dijo sin énfasis, sin ninguna entonación, tan sólo como si constatara un hecho: el tibio sol que escarbaba a través del ventanuco, la taza del retrete en un rincón, las manchas de humedad en las paredes.

– Me ha dicho que no firmaste el papel –dijo Juan, mientras sacaba el tablero de debajo del brazo–. Que no te ha salido de los cojones, vamos.

– Eso te ha dicho.

Miguel se rascó el pelo buscando, más que alivio para el picor, tiempo para una respuesta, y constató una vez más, con una mezcla de recelo y admiración, el brillo de cinchas y correajes. Vio cómo Juan sacaba el tablero y, con un gesto que apenas lograba disimular la rabia, lo abría de golpe sobre el camastro. Las piezas se desparramaron entre las sábanas raídas. Después, mientras dejaba la gorra a un lado y alisaba el jergón con los últimos restos de cólera, pudo distinguir los dos crujidos de la ropa: el de la tela seca y basta del camastro, y el siseo rígido de sus pantalones al sentarse. Como siempre, Juan fue colocando las piezas siguiendo un orden fijado de antemano: primero las blancas, luego las negras. Montó las dos hileras de izquierda a derecha, y luego plantó cada pieza en el centro exacto de cada cuadro, igual que si pasara revista. Había repetido esa misma ceremonia en todas sus visitas, quizá una manera de tranquilizarse, de apaciguar su furia, de acallarla: la misma forma de sacar el juego de ajedrez bajo el brazo, la misma maniática precisión al encarar los caballos hacia el frente, la misma vacilación al tropezar con la chapa que reemplazaba a uno de los peones negros y que dejó al final, como siempre, en el último lugar, ante la torre del peón de dama.

– Bien –dijo, frotándose las manos antes de girar el tablero–. Yo juego con negras.

– Como siempre –Pudo sentir el reproche por debajo de la ironía–. Siempre juegas con negras

– No es por darte ventaja, no me hace falta. Es por seguir el guión.

La mano, que ya llevaba el peón en el aire, se quedó detenida en el impulso de la pregunta:

– ¿Guión? ¿Qué guión?

– Bueno, vosotros empezasteis esto. Así que tú mueves.

– ¿Nosotros? ¿Quiénes somos nosotros, Miguel?

Era la primera vez en muchos lunes que lo llamaba por su nombre. Lo sintió como un desgarro en el tejido de su uniforme, como esa pieza que había roto la formación dos cuadros por delante de la dama.

– Las blancas, Juan. Vosotros sois las blancas.

Las primeras jugadas se sucedieron de forma mecánica: por turnos los caballos saltaban, los alfiles corrían, los peones avanzaban. Casi involuntariamente pensó en desembarcos, en maniobras militares, camiones, emboscadas, movimientos de tropas. Alzó los ojos y miró el rostro de Juan, la línea del entrecejo arrugada, la frente abismada en las entrañas de la partida, calculando las posibilidades, los labios moviéndose imperceptiblemente bajo la fina sombra del bigote. Rayas verticales y horizontales como curvas de nivel: las conocía demasiado bien, de mucho tiempo atrás. Podía leer en ellas como en un mapa.

– ¿Es verdad o no? –preguntó al fin.

– ¿El qué? –Miguel tomó el peón de rey blanco y dio inicio al combate, el silencioso fragor de la escaramuza, los dedos yendo y viniendo, retirando los muertos del campo de batalla.

– Lo que me ha contado el coronel. Que no te dio la gana de firmar.

– Es verdad.

Juan se detuvo, la mano planeando sobre el tablero, los ojos cristalizados en un asombro gélido.

– Tú estás loco, Miguel. Tú estas como una puñetera cabra.

Miguel se encogió de hombros. De improviso, Juan se levantó, soltó un taco, pegó un taconazo en el suelo. Las piezas se desparramaron por el suelo de la celda.

– Cálmate, hombre. Vamos a seguir jugando

– ¿Que me calme? ¿Tú sabes hasta dónde tuve que llegar para que me aceptaran este favor?

– No. No lo sé. Muy arriba, me imagino.

– ¿Y ahora no te da la gana de firmar? Tú debes de haber perdido la cabeza, hombre. Eres un inconsciente, un insensato.

– Nunca te pedí ese favor, Juan.

Se arrepintió en el mismo momento de decirlo. Mientras recogía las piezas del suelo, sintió la mirada de Juan perforándolo desde arriba, desde una atalaya de asombro e ira congelada. El rey negro había rodado justo bajo el camastro de hierro. Tuvo que arrodillarse para recogerlo.

– No me lo creo –dijo Juan al fin–. Repítemelo otra vez porque no me lo creo.

Miguel se levantó despacio y, para aplazar el momento de mirarle la cara, se sacudió el polvo de las rodillas. Juan sacó un paquete de cigarrillos y le ofreció uno. La cerilla raspó el aire húmedo y sombrío. Miguel aspiró la primera calada con ansia, con un hambre antigua. Casi oyó el crujido de sus pulmones.

– Sabes que van a fusilarte, ¿no? ¿Tanto te costaba firmar ese papel? Dime, ¿tanto te costaba?

Miguel soltó el humo, soplando una pelusa enredada en la pequeña corona dentada. Se quedó observando el brillo mate del rey, los arañazos de viejas contiendas que habían astillado la madera. Cualquier cosa con tal de no mirarle la cara.

– Anda que no habremos jugado veces con este mismo ajedrez. ¿Te acuerdas?

– No me voy a acordar –dijo Juan sacando otro cigarrillo–. Si siempre pierdo.

– Siempre no, Juan. Te olvidas de la guerra.

– Miguel, Miguelito –Reconoció, por debajo de la voz, los timbres del cariño y del rencor, de todo lo querido y perdido, de tantas discusiones, separaciones y derrotas. Los asumió, se vistió con ellos, por debajo de los harapos, los colores y las banderas–. Hazme un favor. Vete a tomar por culo.

Juan raspó otra cerilla. Miguel alzó la cara y lo miró al fin. Nublados por el humo, iluminados en aquel fuego diminuto, los ojos de su hermano lo devolvieron de repente a la infancia, a una mañana preñada de nieblas y hierbas húmedas, a un árbol grande donde se encaramaban juntos, cuajado de gotas de rocío. Vio al Juan niño, siempre dos años menor que él, siempre siguiendo sus pasos, siempre a dos años de él, en el colegio, en la entrada de la Academia Militar hasta donde le había seguido con una maleta de cartón casi desguazada. Siempre a dos años de distancia y a varios pasos en el escalafón, en todas las guerras civiles en que habían peleado uno enfrente del otro, con piedras, con palos, con diminutos reyes de madera.

– Dime cómo le voy a explicar a padre que no quisiste firmar el papel. Explícamelo, tú que siempre has tenido respuesta para todo.

Miguel vio cómo se sacaba un hilo de humo de los ojos. Entonces abrió los brazos, no para componer una explicación, sino la imposibilidad de componerla, y Juan lo abrazó con furia, con desesperación, con un dolor que se soltó de golpe, en una inundación, y que venía de los prados de la niñez, envuelto en sollozos, en un aroma fuerte de colonia y tabaco.

– Es por Julia, lo sé –dijo un susurro en su oído–. Pero ella ya no está, Miguel. Y no te hubiera dejado hacer esto.

– No, no me hubiera dejado.

Juan se separó, el cigarrillo colgándole aún de los labios. Lo arrojó al suelo, lo pisoteó y lo restregó, sin ganas. Oyeron otra vez el lento arrastre de los pasos a lo largo del corredor, la voz del muchacho que titubeaba al otro lado de la puerta.

– Capitán.

– Ya voy, cabo –dijo, mirando a su hermano al fondo de los ojos. Fue sólo un instante, pero tan hondo y tan intenso que Miguel tuvo que apartar la mirada. Juan recogió las piezas y el tablero. Recuperó la rigidez militar en cuanto se colocó el juego de ajedrez bajo el brazo, como si fuese un bastón de mando.

– Te olvidas el rey –dijo Miguel enseñándole la pieza.

– Quédatelo. Para lo que sirve.

– Habría preferido un peón. Yo soy republicano, Juan.

– Ya. Eso lo explica todo, ¿no?

Los últimos gestos fueron confusos, apelotonados, superfluos, como si ambos ensayaran un baile del que desconocían los pasos. Juan esbozaba un saludo militar cuando Miguel iba a darle la mano. Chocaron por el camino. Vacilaron unos segundos hasta que, al final, se abrazaron de nuevo. El apretón fue apenas un tibio reflejo del que se habían dado antes, el calor de un fuego recién apagado. Juan se despegó de él, tanteó con la mano sobre la cama y recogió su gorra. Se la caló y golpeó la puerta.

– Abra, cabo.

Juan lo miró por última vez, antes de dar media vuelta y salir de la celda. La puerta se cerró, se oyó el sonido del cerrojo y los dos pares de pasos alejándose. Se guardó el rey en el bolsillo del pantalón y giró la cara al ventanuco, el cigarrillo prendido de la boca, las manos en los bolsillos.

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