Ayer casi follé

Lucía Martín *

El_sexo_de_Lucía_condón
Imagen: shutterstock.com

Qué importante es el lenguaje amigos. Aquí el casi lo dice todo, como cuando mi primo me dice: “casi tuve una cita con esa chica”. Pues yo también: casi follé la otra noche. Y no me refiero a que casi ligué en una discoteca, o que ligué pero que luego no pasó nada. No no no. Que casi follé, de piel con piel me refiero, porque tuve a un sujeto desnudo, a mi merced, todo para mí en mi cama. Un sujeto, alto mando militar para más señas, que llevaba más de 72 horas diciéndome que me iba a estar follando durante toda la noche. Tan embalado estaba que incluso planeaba él el segundo encuentro, sin haber tenido lugar el primero. Yo, muy cauta y que sigue como un mantra aquello de “no hay que ir con demasiadas expectativas al último estreno”, le decía que no corriese tanto, que ni siquiera nos habíamos desnudado aún. Pero él seguía e incluso hablaba de dormir en mi casa. Esto de que los hombres se auto-inviten a dormir en tu cama no deja de sorprenderme. Chico, si yo no te he dicho que te quedes, que sería algo tan probable como que yo durmiese con el Fary que en paz descanse, pues no te invites. ¿No? Pero a lo que vamos, iba todo tan rápido con el militar, que casi debí haberme imaginado lo que iba a pasar después…

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¿Vosotros podéis imaginar a un comandante del Ejército de Tierra que no sea capaz de follar? Claro: yo tampoco. Uno los ve machotes, viriles, mandones, con esos uniformes (que no es que me guste mucho ese uniforme en concreto pero bueno, es lo que había), dando órdenes y todo eso pone… Lógico. Se había pasado varios días prometiéndome el oro y el moro a nivel sexual. Me decía de todo vía whatsapp (ay, el síndrome de los dedos calientes que causa estragos) pero debí desconfiar cuando tuve que ser yo la que le besase en la terraza de aquel bar. Chicos, yo ya sé que lo de los roles ha cambiado, pero vaya, ¡un tipo del Ejército que puede ir a la guerra y no es capaz de besarte! Debieran haber sido señales suficientes para salir corriendo pero claro, llevaba meses de absentismo sexual y ya iba tocando.

Yo pensaba en un encuentro sexual en el que uno desnuda al otro, eso siempre da mucho morbo: esa espera tensa, esas ganas contenidas… Que lo puedes hacer de lento o de rapidito, según las prisas. Pues no, y éste era el primer NO de la noche. Cuando volví a la habitación (que solo salí a por el mando del aire acondicionado al comedor y mi casa no es el pisazo de Rouco, que tardé menos de dos minutos), me lo encontré ya desnudito en la cama, que se lo había quitado todo él solo y me esperaba cual sapo tumbado panza arriba, piernas abiertas y brazos detrás de la testa. Tal y como os lo describo: panza arriba, piernas abiertas y brazos detrás de la cabeza, no, no es lo más en cuanto a erotismo que digamos. Podríamos pensar que se incorporó para desnudarme, me da igual suavemente que como un salvaje (casi prefiero la segunda forma). Pues tampoco: me tuve que quitar yo la ropa mientras él palpaba (y he escogido perfectamente el verbo, que no era acariciar) mi culo y mis muslos diciéndome: “estás dura ¿eh? Estás dura”.

Ya empezaba a sentirme como una vaca ternera en la carnicería, al más puro estilo “palpo la carne para evaluar la calidad”, cuando le tuve que decir que me hiciera un sitio, que al fin y al cabo era mi cama y me apetecía tumbarme a su lado.

Siendo él militar estaba dispuesta a dejarle invadir todos mis territorios, anhelaba que tomara posiciones en cada centímetro de mi epidermis, ansiaba declararme como insurgente solo para que él, como alto mando, ¡tomase medidas correctivas! Los comienzos del acto en sí no estuvieron mal, el problemón vino cuando hubo que hacer frente al enemigo: el condón. Sí, ese mal necesario en estos tiempos de Ets que vivimos. Que sí, que todos lo sabemos, que es un rollo, que no se siente igual, blablablá, pero a ver, amigos: ¿qué queremos, no sentir igual o cogernos una venérea? Yo, que soy preclara en mis argumentos, le había advertido días antes que la nena solo follaba con condón, como debe ser por otra parte. Y estas cosas las aclaro antes de llegar a la cama porque no me gusta que la cama, que debe ser un lugar de encuentro, de risas, de esparcimiento… se convierta en un ring de boxeo peleando por poner la gomita. O sea, que él ya lo sabía. Pero ay amigos, el condón se convirtió en esta relación sexual nuestra, breve, brevísima, casi como en el Vietnam para los americanos: un verdadero dolor de cabeza.

Al poco rato de ponérselo (que debo contar que lo intentó sin, como no podía ser menos) dijo no poder. No puedo, no puedo. “No te agobies, le comenté, deja de pensarlo y relájate”. “Que no, que no puedo”. Se incorporó mohíno, enfadado no sé si conmigo o con él mismo, y me dijo que se iba porque ya no se le iba a levantar. “Es que con condón no puedo”. “Pero, ¿y cómo lo haces con el resto de tías, a pelo?” Pregunté. “Sí”, contestó. O sea que allí me dejó, caliente como un horno de panadero que se apresta a hornear pero sin barra de pan. Compuesta y sin polvo.

A los minutos llamó por teléfono. “Anda –pensé– me llama para pedir disculpas”. Ay, el Hollywood, el daño que ha hecho a las mujeres, que nos pensamos que nos llaman, cual gentleman, para excusarse….“Oye, que no consigo abrir el portal, ¿puedes bajar y abrirme?”

¡Pero en qué manos estamos!, dijo indignada al día siguiente mi amiga Pris cuando le conté la historia. ¡Pero en qué manos estamos, qué señores nos defienden que no son ni capaces de abrir la puerta de un edificio!

Pues sí, más razón que una santa, esto deben ser los recortes en Defensa.

(*) Lucía Martín es periodista y autora de ‘El sexo de Lucía’ (Popum Books, 2014).