Referéndum

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Anna Grau *

Imagen: Freepik
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(…)

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– ¿Pero me puedes explicar qué te hace el Catalán este de los cojones que no te haya hecho ningún otro? ¿Se puede saber qué te da?

Y Paula se ponía muy colorada, apretaba los dientes y callaba.

– ¿Qué pasa, que los catalanes también follan distinto que el resto de los españoles? ¿Hasta en eso se tienen que significar?

Y Paula seguía poniéndose colorada, apretando los dientes y callando. Esto constituía motivo de gran indignación para su amiga. Coral y Paula habían nadado siempre juntas en una hermandad femenina más fuerte que la sangre, donde el corazón no sospechaba límites, los hombres no tenían ningún poder de abandono y a los novios y amantes se los podía poner a parir y a despellejar como quien come pipas. Chica guerrera abrazada con chica guerrera, eso había sido siempre lo más importante, lo más sagrado. Hasta que Paula se lió con el Catalán.

– Ven aquí, zorra española, putón celtibérico…

¿Cómo contarle a Coral que su amante le decía estas barbaridades al oído, excitadísimo, y que ella, mira por donde, al oírlo se excitaba también? ¿Cómo confesar su emoción, su incalculable vértigo? Primera vez que su triste y casposo background parecía tener algún interés para alguien interesante. No digamos algún gancho sexual.

Colgaba un gran gancho vacío del techo de la alcoba del piso de Argüelles. Como si alguien hubiese descolgado una pesada lámpara o un ventilador colonial. Paula se fijó el primer día con un prolongado temblor en la boca del estómago y de los muslos que bien pronto había de revelarse como profundamente intuitivo.

El Catalán era un hombre agitado y delgado -quizás un poco demasiado delgado sin ropa-, de ojos más azules de lo que parecía con gafas y suave pelo rizado de querubín, de rasgos mucho más elegantes que musculares. Nada en él sugería brutalidad o especial fuerza. Su entero cuerpo parecía un capricho. Paula no se esperaba la determinación y precisión con que de repente se encontró atada de manos por una cuerda que pendía del techo como de una polea, y que su amante tensaba a voluntad, obligándola a levantar más o menos los brazos. Como antes de que los nudos se cerraran voraces sobre su carne, por lo que sea, no había habido ocasión de desvestirse, el Catalán hizo alarde de su conocido sentido práctico arrancándole la falda larga por debajo de la rodilla y la blusa de seda blanca con un volante muy poco favorecedor en lugar de escote. La falda se la sacó del tirón y la dejó más o menos doblada sobre una silla. La blusa se la tuvo que desgarrar y que romper. Dio la impresión de hacerlo gozosamente, disfrutando del lastimero, casi histérico chasquido de las fibras vivas de la seda al quebrarse.

– Aquí tienes para comprarte ropita nueva al salir. Ya sabes que a los catalanes nos gusta mucho pagar la juerga en España.

Y le metió un puñado de billetes de cincuenta euros en las bragas, y no en el borde sino bien a fondo, estrujándolos contra su sexo vergonzosamente, inocultablemente húmedo. Paula gimió y el Catalán soltó una orgullosa carcajada feroz.

– ¿Te gusta, puta de Madrid?

Las bragas de Paula, sorprendentemente bonitas y delicadas, habían acabado por romperse también. Los billetes de cincuenta euros le llovieron piernas abajo.

– ¿Qué pasa, tiras mi dinero, guarra? ¿El dinero que España nos roba? Recógelo todo ahora mismo, anda.

La cuerda que pendía del gancho del techo se destensó lo suficiente como para permitir a Paula caer de rodillas. Pero sus manos seguían atadas a la espalda. Implorante e interrogante miró al hombre. Este la agarró por el pelo y le bajó la cabeza al suelo.

– Con la boca. Vamos.

Paula había esperado que el sabor de los billetes fuese categórico y repugnante. Le sorprendió comprobar que no sabían a nada. La decepcionó hasta la textura, temió que se deshicieran y se le quedaran pegados a la lengua si no los escupía rápido a los pies del Catalán, quien seguía dirigiendo cada movimiento de su cabeza con mano firme. Pero en esta firmeza distinguía la mujer cada vez mayor derramamiento de curiosidad y de intimidad. La oscura promesa gigante de que aquel hombre podía llegar a obsesionarse con ella casi tanto como ella con él.

El Catalán se cansó pronto de jugar con el dinero. Entonces levantó a Paula del suelo, la arrojó de bruces sobre la cama y la penetró desde atrás, bastante convencionalmente pero forzando una posición casi agónica al tener ella todavía las manos atadas a la espalda. Paula gritó de dolor. Y él no supo evitar un impulso de racionalidad, puede que incluso de piedad, y le soltó las manos. Estas volaron ávidas a acariciarle el rostro y los hombros. El hombre aguantó la caricia sin relajar un milímetro su posesión impertérrita.

– Pero entonces, ¿me vas a contar cómo es tu Catalán en la cama, o no?

No, no iba a contárselo a Coral, de ninguna manera. ¿Cómo iba a humillarse tan irremediablemente ante su amiga, cómo iba a reconocer así por las buenas que le gustaba lo que le gustaba? ¿Cómo admitir que para retener a ese hombre estaba dispuesta a jugar todas las cartas, incluida la de la abyección? ¿Qué mujer hecha, derecha y feminista sería tomada en serio tras saberse una cosa así?

Mejor ponerse colorada, apretar los dientes y callar. Y que cada cual se imagine lo que quiera. (…)

(*) Extracto de Referéndum, relato inédito de Anna Grau

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