El cuervo que no quería ser puercoespín

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Un momento del concierto en La Riviera. e izquierda a derecha, el batería Craig Blundell, Steven Wilson y el teclista Adam Holzman. / Sergio Rodríguez

Probablemente nos estemos haciendo demasiado viejos para esto. Ya lo decía Jehtro Tull y fue casi lo primero que le dije a Sergio Rodríguez (poeta y compañero en un programa de radio junto a mi añorado Rafa Martínez-Simancas) cuando me lo tropecé entre el público de La Riviera, en esos minutos de feliz ansiedad previos a un gran concierto. Ahí, en ese mismo escenario, habíamos visto la pasada década a King Crimson, en su penúltima reencarnación en cuarteto; a Yes, cuando aún contaban con la voz ultraterrena de Jon Anderson; y también a Jethro Tull, unos quince años atrás. Y ahora estaba a punto de salir Steven Wilson, la gran esperanza blanca del rock progresivo, el hombre que hizo y deshizo a Porcupine Tree, probablemente, con permiso de Tool, la banda más excitante de la última década.

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Steven_Wilson_2011
Steven Wilson durante un concierto celebrado en 2011 en Krakovia. / Wikipedia

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El problema no era que Wilson pareciese más joven que todo su público, ni siquiera que, cuando se escudó detrás de la manzana de su Mac, adquiriese de repente la pinta de un secundario friki de The Big Bang Theory. Quien viene a oír a un músico de esta categoría le da igual que se presente en camiseta, con frac de pingüino o cazadora de tachuelas. El problema tampoco eran los años que había detrás de él, todo el magno sonido que resuena a sus espaldas -Pink Floyd, King Crimson, el peso casi insoportable del primer Genesis en The Watchmaker- y que cruza sus canciones como cicatrices. El problema, creo yo, es que Wilson sigue nadando entre dos aguas, que no se atreve a cruzar el Rubicón del sinfonismo que podría declararlo de modo definitivo el heredero natural y legítimo de todos esos grandes grupos de los setenta. Si durante los bises del concierto, ironizó sobre el hecho de que únicamente le entrevistaran revistas de metal, hace años llegó a declarar que Porcupine Tree no era una banda de rock progresivo, que la música que hacían era muy simple: "La complejidad está en que los álbumes están firmemente construidos. Todo el trabajo consiste en crear la textura y el sonido, y hacer que suene bien. No hay nada de complicado en nuestra música en absoluto". Tiene gracia decir eso cuando buena parte de su repertorio incluye polirritmos y cambios de compás capaces de volver loco a cualquiera. Es el viejo problema de intentar gustar a todo el mundo, a la vieja guardia del rock sinfónico, a los cachorros del prog rock, a los metaleros irredentos y ahora también a los fans de Coldplay.

Hand.Cannot.Erase, el último trabajo de Wilson y el motivo de su visita, es la mejor muestra de ese eclecticismo y esa indecisión. El disco incluye fragmentos sinfónicos gloriosos, como 3 Years Older o Regret#9, junto a canciones mucho más simples y directas, Perfect Life, por ejemplo, o la que da título al disco. El directo de Wilson, sostenido por una banda de apoyo más que solvente, es majestuoso y compacto, pero resulta también frío, lejano, como bañado por la luz de la luna. Resulta irónica esa frialdad cuando Hand.Cannot.Erase se inspira en una historia terrible de abandono, un homenaje a Joyce Carol Vincent (la muchacha cuyo cadáver encontraron en un apartamento de Londres varios años después de su fallecimiento) para quien Wilson compone una banda sonora bellísima. Bellísima, sí, aunque también distante, una ópera a vista de pájaro que, durante la primera parte del concierto, se volcó a través de una enorme pantalla de video. Fue como si, más que intentar el exorcismo de devolver a esa mujer a la vida, Wilson y su banda tocaran su réquiem intentando no fallar una nota en un ejercicio de técnica impecable. Todo estaba en su sitio, todo era correcto: la batería de Craig Blundell, la guitarra de Dave Kilminster, el bajo y el stick de Nick Beggs, y, en especial, los teclados de Adam Holzman, a quien había visto casi treinta años atrás acompañando al gran Miles Davis. Y sin embargo, personalmente eché a faltar calor, pasión, entrega, ese punto extra que siempre hay que pedirle a un músico excepcional y que hace inolvidable un concierto. Para mí lo mejor llegó al final, la esperada propina de The Raven Who Refuses To Sing, tal vez la mejor canción de Wilson en solitario, una triste y hermosa balada que habla de la pérdida y de la muerte, y que sonó como una despedida, aunque no sabemos de qué.

Nryke Solis (YouTube)

1 Comment
  1. prusiner says

    Excelente crítica

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