Gil de Biedma, inédito y descarnado

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Cubierta de la obra 'Diarios'.

De acontecimiento editorial cabe calificar la publicación que ha realizado Lumen de los Diarios inéditos de Jaime Gil de Biedma, unos manuscritos que estaban custodiados por Carmen Balcells y por cuya edición, a cargo de Andreu Jaume, siguió ilusionada hasta poco antes de morir, hace pocas semanas.

Ni qué decir tiene que la edición es impecable, como nos tiene acostumbrados Andreu Jaume, cuyo prólogo elucida con justeza los últimos años de la vida de Gil de Biedma, y que la adición de notas a pie de página se revela esencial para entender en su contexto los años del poeta que, en cierta manera, son los muchos compañeros de la generación del 50: Carlos Barral, Costafreda, Gabriel Ferrater, Ángel González, José Ángel Valente, José Manuel Caballero Bonald, incluso Gabriel Celaya, que aparece en los Diarios de manera esporádica, pero a tiempo siempre. Las notas aclaratorias de Andreu Jaume, además, son de una importancia fundamental, pues está convencido de que la Generación del 50 es realmente la generación que trajo la modernidad cultural a España, por encima incluso de la del 27, porque se enfrentó a dilemas que los componentes de la mítica generación no conocieron, valga como ejemplo, la enorme ruptura de la poesía de tradición española con la que se hacía fuera, en especial la tradición británica.

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Esta edición, que contiene fotografías muy significativas de la vida del poeta, está dividida claramente en dos partes: la primera, la inclusión de Retrato del artista en 1956, a la manera de James Joyce, que Lumen editó en 1991, ampliando y revisando aquel Diario de un poeta seriamente enfermo, publicado en 1974. Esta parte es literariamente la más cuidada, sólo sea porque Gil de Biedma la publicó y revisó hasta en los más mínimos detalles. De la importancia de este libro habla el hecho de que, hoy día, sigue siendo un texto de una franqueza inusual, refiriéndose a sus orgías y nocturnidades homosexuales, sobre todo en Manila, todo ello acompañado de un sentido de la introspección muy raro en nuestra tradición, que Gil de Biedma halló felizmente en la británica, y que extiende incluso a un informe económico de la empresa donde era alto ejecutivo, la Compañía de Tabacos de Filipinas, en la que también tenía intereses Fernando Zóbel, y en donde halla una huella del pasado colonial que ni el capital norteamericano de la empresa supo resolver o siquiera superar.

El resto del libro lo constituyen en puridad los inéditos custodiados por Carmen Balcells, divididos, a su vez, en tres partes: el llamado Diario de Moralidades, de 1959 a 1965; el Diario de 1978 y el Diario de 1985, año en que le diagnosticaron SIDA, que el denomina “la enfermedad”; y que es el testimonio terrible de un hombre, hospitalizado en el Claude Bernard parisino, que se sabe morir y se enfrenta a la muerte con dignidad extrema.

Ni qué decir tiene que la primera parte es la más lograda, pero los inéditos aportan, al ser apuntes que Gil de Biedma dejó para ser más tarde retomados, una falta de voluntad de estilo que es muy de agradecer porque son notas donde el poeta escribe desnudo, dejando impresiones que más tarde podían ser retomadas con vistas a entrar en coherencias más estilísticas pero que, de seguro, perderían espontaneidad y cierta sinceridad. Así, el modo en que deja constancia de que Jorge Guillén termina aburriéndole, en consonancia con el descubrimiento de la poesía inglesa, de la inexplicable banalidad del Juan Ramón Jiménez último, de la modernidad de la poesía de Unamuno a pesar de su oído atroz, del descubrimiento alborozado de Luís Cernuda, al que considera el poeta más moderno y certero de la Generación del 27, en fin, sus notas sobre Espronceda, nuestro romántico, que cree es el primer poeta español moderno...

Sus incursiones a la casona familiar de la Nava de la Asunción, donde pasa unos días estupendos con Juan Marsé; el manifiesto generacional ante la tumba de Antonio Machado en Colliure, sus anotaciones de poesía inglesa, los pareceres de los amigos, hay un retrato de un joven Juan Goytisolo, amigo de francachelas nocturnas en la Barcelona de aquellos años sesenta bastante curioso; sus manías, como cuando va a visitar en Madrid a Felicidad Blanc, viuda de Leopoldo Panero, que estaba presentando su libro de memorias y se congratula por no haber visto a sus tres hijos, a los que detestaba y a los que había puesto un mote que tenía que ver con esos conjuntos de hermanas que cantaban en la época y que hacían furor en aquellos años pacatos.

El lector se encontrará, pues, con un ramillete curioso de anécdotas sobre los amigos -especial interés las notas referentes a Carlos Barral, claro-, pero también con una descripción de la evolución intelectual de un poeta a tiempo parcial, de los pareceres sobre la vida, en especial la política, de un hombre que desde su puesto de ejecutivo ocupaba un lugar privilegiado que le sirvió para aumentar su lucidez, así las notas sobre el camarero de un barco con el que intercambia un amor fugaz en Filipinas y que constituye, en su brevedad, un pequeño tratado sobre las relaciones entre sexualidad y clase social.

Y, claro, la enfermedad, el SIDA, que se lo llevó en unos tiempos en que se sabía muy poco del asunto. Son estas las notas más tremendas y lucidas de unos diarios de anotaciones donde nada de lo anotado sobra. Un acontecimiento cultural en toda regla.

1 Comment
  1. paco otero says

    Deseos sin ansiedad ,pero deseos vitales de tener este libro en las manos…gracias por haber hombres a los que les dejan hablanos y mostrarnos lo mas vital en la vida …la LITERATURA CON MAYÚSCULAS

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