Eduardo Arroyo, la apoteosis de la máscara

Imagen reciente del pintor y escritor Eduardo Arroyo. / Victor Lerena (Efe)
Imagen reciente del pintor y escritor Eduardo Arroyo. / Victor Lerena (Efe)

No es usual toparse en España con pintores que ejerzan otras disciplinas artísticas, así, la literatura, y en esto destacan artistas como Dalí, cuya excelente y curiosa obra literaria está aún por descubrir, y Eduardo Arroyo, por ahí está también la figura de estatura ensayística mayor de un Ramón Gaya, que de vez en cuando se descuelga con alguna que otra obra curiosa, como la biografía de un boxeador legendario, Panama Al Brown. Para entender ciertas cosas cabría decir que Edurado Arroyo ejerció el periodismo en los años 50, antes de largarse a vivir a París. La escritura fue veneno íntimo que no le abandonó nunca.

Eduardo Arroyo cultiva la literatura al modo obsesivo y recurrente de la musa de Baudelaire: mientras escribo esto tengo frente a mí uno de los dibujos que hizo para la edición ilustrada de Ulises, de James Joyce, junto a Julián Ríos, para Círculo de Lectores. No sólo la literatura hecha por uno mismo sino la escrita por otros. Ya digo, una obsesión. Gracias a ello leímos la biografía de Panama Al Brown. Y es que la biblioteca de Arroyo cuenta con más de 5.000 volúmenes sobre boxeo, sí, pero también con ensayos como Sardinas en aceite o El trío Calaveras, donde aborda a figuras como Lord Byron, Goya o Walter Benjamin, u obras de teatro como Bantam.

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Asistí el otro día a la presentación del nuevo libro de Eduardo Arroyo, Bambalinas, que ha publicado Galaxia Gutenberg, un acto íntimo si tenemos en cuenta de quién se trata. Había sobre todo amigos, gente que le quiere, desde César Antonio Molina a Fanny Rubio, amén de Alberto Anaut o Antonio Lucas, que hicieron loor del libro con gran tino, y Joan Tarrida, su editor, y algún que otro colega de profesión. Pero ante todo amigos. Ello define bien a las claras el carácter de este hombre que pasa por ser uno de los grandes representantes del neofigurativismo español y del pop, un cultivo, éste último, que le asemejaba al modo de otros como Équipo Crónica, pero que le  distanciaba de éstos, también, por el uso asiduo y obsesivo de la ironía. Cualidad que termina pagándose. De una u otra manera y por caminos sorprendentes.

Así, la prohibición que sufrió en la Bienal de París, en plena década de los sesenta, cuando a instancias de las autoridades franquistas, André Malraux, por entonces flamante Ministro de Cultura francés, retiró los cuadros de cuatro dictadores que Arroyo exponía: Franco, Hitler, Mussolini y Oliveira Salazar. Camino sorprendente cuando, por motivos parecidos, se fue de la Galería Marlborough, nada menos. Parece ser que el contrato con la legendaria galería duró seis meses.

Cubierta de la obra.
Cubierta de la obra.

Eduardo Arroyo cultivó en aquellos años la pasión por el gran constructor del arte moderno del siglo pasado, Marcel Duchamp. Hoy, el pintor, dibujante y escritor se ha distanciado de ciertos gurús de las vanguardias, como el citado Duchamp o Joan Miró. Esa evolución de la mirada crítica, amén de los soberbios retratos de personajes, como Pierre Molinier y tantos otros que pueblan estas páginas, tanto en pintura, como en dibujo o en literatura los retratos de Eduardo Arroyo son sobresalientes son lo mejor de este libro. Pero no seríamos justos si nos olvidáramos del autorretrato: en las páginas del libro se estilizan hasta aspectos cómicos, por suerte, los elementos autobiográficos, y así, vemos a un periodista recién llegado a París que descubre la pasión por el dibujo y la pintura y conoce a montones de extravagantes seres que podrían pasar por ser máscaras. Éstas están en el ojo del huracán del imaginario del pintor, y eso se refleja en sus retratos y, sobre todo, los autorretratos, ya que no en vano en aquellos años Arroyo descubre a su personaje literario por excelencia, Robinsón Crusoe: es decir, una nada oculta pasión por el transformismo, la máscara, el disfraz.

Bellas rememoraciones, descripciones divertidas de personajes imposibles, pero ante todo el autorretrato y la indagación en la pasión por el disfraz. También su obsesión por las islas, Corfú, claro, pero también Skyros, Capri, Cuba, Sicilia, Ibiza, Mallorca, y Elba, esta última típica adscripción al alma extravagante del autor. Libro, pues, autobiográfico, como lo fueron El trío Calaveras y, sobre todo, Minutas de un testamento, pero reflexivo en cuanto a obsesiones muy definidas: en cierto sentido puede decirse que Bambalinas es libro que puede mostrarse como una indagación sobre el fenómeno de la máscara.

Ésta, como el disfraz, implica un destino de soledad. Arroyo piensa que su libro, al igual que Robinson Crusoe, es un alarde de fascinación por la doble cara que contiene: la soledad es la delicia de estar solo pero también la desgracia de no estar acompañado. No busquemos extrañas profundidades y perspectivas en estas páginas, pues, al igual que sus pinturas, son planas y llenas de colorido, críticas con los tópicos habituales y, si se reflexiona lo suficiente, llenas de profundas y justas verdades sobre las supersticiones del arte actual. Por ejemplo, cuando defiende el valor del mercado frente a las influencias de expertos de los museos e instituciones, capaz de poner de moda a alguien que no ha visto casi nadie. Aquí reside una de las grandes lecciones sobre Duchamp, sin ir más lejos.

Bambalinas, aquello que es capaz de mostrar lo que oculta el disfraz.