Vargas Llosa en sus metamorfosis

Mario Vargas Llosa, en la Feria del Libro de Göteborg en 2011. / Aril Vagen (Wikimedia)
Mario Vargas Llosa, en la Feria del Libro de Göteborg en 2011. / Arild Vagen (Wikimedia)

En el prólogo a los Cuentos Completos de Julio Cortázar en Alfaguara (una edición fallida donde faltan, al menos, todos los relatos de La vuelta al día en ochenta mundos, incluyendo esa maravilla kafkiana que es La caricia más profunda), Mario Vargas Llosa cuenta que el cambio que experimentó el escritor argentino a finales de los sesenta fue «el más extraordinario que me haya tocado ver nunca en ser alguno», una mutación que le recordaba a aquella metamorfosis imposible del hombre en pez y del pez en hombre en Axolotl. Se refiere Vargas Llosa a esa caída del caballo que sufrió Cortázar cuando emergió de la crisálida del intelectual latinoamericano encerrado en una torre de cristal para abrazar la causa de la revolución cubana. El Nobel peruano no hablaba de oídas, puesto que él fue uno de los que empujó a su amigo a conocer de primera mano los logros de la revolución, tal y como cita Miguel Dalmau en su biografía Julio Cortázar (p. 342): «Yo estaba tan entusiasmado con Cuba que le repetía: Tienes que ir, Julio, es una experiencia formidable, es otra cosa. ¡Y aceptó y fue!»

Vargas Llosa no era el único deslumbrado por la epopeya de aquellos barbudos que derrocaron la tiranía de Batista y luego se opusieron frontalmente al matonismo de los Estados Unidos en el continente. Aquella falange variopinta incluía a las futuras primeras espadas del boom y a otro ramillete variopinto de escritores en lengua española. Sin embargo, ese idilio entre los intelectuales y la revolución se fue resquebrajando a lo largo de los sesenta, en el momento en que la vanguardia de la literatura iberoamericana empezó a cuestionar la dictadura de Fidel Castro. A las rencillas, discusiones y disidencias siguió la polémica por el caso Padilla, que terminó por separar las aguas de aquel magno Amazonas de tinta en dos bandos cada vez más irreconciliables. De un lado quedaron García Márquez, Carpentier, Cortázar y Benedetti; del otro, Fuentes, Vargas Llosa, Semprún y Cabrera Infante.

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Es posible que la metamorfosis de Cortázar fuese extraordinaria, pero no tanto como la del propio Vargas Llosa, que pasó del maoísmo entusiasta de sus años de juventud al neoliberalismo irredento de su madurez. Al fin y al cabo, Cortázar nunca militó en la derecha, ni siquiera de refilón; sólo era un demiurgo de biblioteca a quien de repente se le abría una ventana al mundo, mientras que los bandazos ideológicos de Vargas Llosa profetizan la trayectoria estrafalaria de tantos juntaletras hispánicos que no le llegan a la suela del zapato: Jiménez Losantos, Pío Moa o César Alonso de los Ríos.

A partir de los sesenta, Cortázar dedicó mucho de su valioso tiempo a la política. Trabajó en el Tribunal Russell, que investigaba las denuncias contra los derechos humanos, las torturas inhumanas y los golpes de estado promovidos por la política estadounidense, y más tarde se implicó de lleno en la revolución nicaragüense. Es probable que su obra se resintiera por culpa de ese compromiso, pero no menos que la de Vargas Llosa en su campaña presidencial, antes de ser derrotado por Fujimori. El último episodio en la metamorfosis radical del premio Nobel peruano es el descubrimiento de su nombre en los Papeles de Panamá, la mayor filtración de evasores de impuestos jamás descubierta, que él atribuye a «algún asesor de inversiones o intermediario» que actúo sin su consentimiento. El penúltimo, no menos asombroso, fue la entrevista a dúo con su flamante novia, Isabel Preysler, en el semanario ¡Hola!.

Al otro gran premio Nobel hispanoamericano de las últimas décadas, García Márquez (con quien Vargas Llosa mantuvo una disputa a guantazos por razones nada ideológicas), muchos le reprochan su ceguera ante los desmanes de Fidel Castro, a cuyo lado permaneció como si el propio escritor hubiera acabado preso en las páginas de El otoño del patriarca. No obstante, para bien y para mal, Fidel Castro quedará en los libros de historia como uno de los líderes clave del pasado siglo y una figura esencial en la política latinoamericana. No se puede decir lo mismo de las marionetas y mamarrachos a quienes Vargas Llosa ha prestado su apoyo y talento en los últimos años, gentes como José María Aznar o Esperanza Aguirre.