Terry Gilliam se hace el muerto

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Cubierta de la obra de Terry Gilliam.

La vida de Terry Gilliam, como advierte él mismo, está plagada de catástrofes, aunque afortunadamente este libro no es una de ellas. Desde aquella producción escolar de Alicia en el País de las Maravillas que canceló un día antes del estreno hasta el espectacular aborto de El hombre que mató a don Quijote, muchas veces a Gilliam la realidad se le ha quedado pequeña.

La primera vez que le mandaron pintar, después de una excursión al zoo, la profesora les pidió que dibujaran un animal de memoria, pero él copió un oso de un libro que había escondido en el pupitre. "Así se conformó el modelo que regiría mi vida creativa" dice Gilliam, recordando los expolios que iba a hacer con media historia del arte en los intermedios del show de Monty Python.

Como la mayoría de sus películas, "Gilliamismos" -que lleva la advertencia de "Memorias prepóstumas"- es un libro inclasificable. Malpaso ha echado la casa por la ventana al ofrecer un vertiginoso puzzle de fotografías, ilustraciones, montajes y collages que conforman una edición única. Parece estar asomándose uno a la mente del demiurgo, tal y como avisa la portada. Lo menos que se puede decir del envoltorio es que está a la altura del texto, una hilarante e irreverente autobiografía donde no queda títere con cabeza, empezando por la del propio Gilliam. "No experimenté ninguno de esos traumas formativos tan vitales en la evolución de la mente artística" explica en las primeras páginas, y luego prosigue: "Aunque esa misma ausencia fue lo que luego se convirtió en trauma, pues me impidió hacerme pasar por un hombre renacentista".

Nacido y criado en Medicine Lake, Minnesota, en 1940, el pequeño Terry pronto descubrió que la naturaleza era una fuente inagotable de lecciones, maravillas y espantos. Junto a sus amigos cazaba ranas y se las comía; iba a la granja de un pariente y veía a los pollos recién decapitados corriendo sin cabeza; una culebra atropellada en la carretera mostraba en el vientre desparramado a sus crías zigzagueando hacia la muerte. No es difícil descubrir en esa heráldica de la mutilación algunas de sus futuras obsesiones. Cuando llegó a California para estudiar Ciencias Políticas, las drogas no le impresionaron tanto como sus recuerdos infantiles o las viñetas de sus dibujantes favoritos. Empezó a trabajar en la revista Help!, contratado por Harvey Kurtzman, y allí conoció, entre otros muchos talentos, a los debutantes Robert Crumb y John Cleese, con el que iba a reencontrarse años después en Londres para reforzar el grupo cómico más grande del mundo.

Inglaterra le gustó tanto que en muy poco tiempo acabaría nacionalizándose británico. Londres casi era "una caricatura de sí misma"; los hombres de negocios todavía llevaban bombín, una de las muchas típicas señales distintivas de las que se mofaría sin ningún pudor a la hora de ingresar en los Monty Python. Pero todavía quedaba algún tiempo para eso y Gilliam disfrutó lo que le quedaba de juventud vagabundeando por Europa, atrayendo a turistas incautos en el Gran Bazar de Estambul o vendiendo su propia sangre en España. Una moto Pusch de segunda mano que compró en Gibraltar profetizó sus desventuras quijotescas en modo Rocinante. Después regresó a Estados Unidos, ya inmersos en pleno delirio del LSD del cual Gilliam decidió abstenerse puesto que con su imaginación ya tenía suficiente.

En 1967, de vuelta a Londres, remoloneó aquí y allá, buscando trabajo como dibujante hasta que encontró su estilo particular de extraer imágenes de la historia del arte y sumergirlas brutalmente en el absurdo. Despojados de su contexto original, el pie de Bronzino o la Venus de Boticelli se convertían en dibujos animados. Trabajó en diversos programas satíricos de la BBC, incluyendo una colaboración con Marty Feldman, hasta que de repente encajó como la pieza que faltaba en los Monty Python: un Harpo armado de una brocha y una caja de lápices, una fuerza extranjera, preverbal, primitiva y salvaje, que era el contrapeso de un quinteto de filósofos nihilistas. Al contrario que sus compañeros de equipo (John Cleese, Graham Champan, Michael Palin, Eric Idle y Terry Jones), la interpretación no era el fuerte de Gilliam, se limitaba a hacer de tonto de pueblo, de caballero medieval con un pollo de goma y cosas así. Pero la experiencia con el grupo humorístico británico le proporcionó no sólo la oportunidad de conocer a su esposa, la maquilladora Maggie Weston, sino también de colocarse detrás de las cámaras.

Su primer intento en la dirección, en colaboración y en dura pugna con el otro Terry del grupo, el galés Terry Jones, fue Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores, un éxito al que sucedieron otros largometrajes de menor fortuna (La bestia del reinoLos héroes del tiempo, El sentido de la vida) con los que no eclipsaría el gran triunfo de Jones y los Python con La vida de Brian: "El hecho de que los católicos, los protestantes y los judíos marcharan juntos en protesta por el tratamiento sacrílego de importantes temas religiosos fue como poner la guinda al pastel. Hay que esforzarse mucho para que todos esos tíos se pongan de acuerdo. Nosotros lo conseguimos ofendiéndolos a igual (...) El islam no existía en tiempos de Jesús: en caso contrario, también habría participado".

Aunque nunca dejó la amistad con sus antiguos compañeros y sigue colaborando en ellos con diversos proyectos, Gilliam echó a volar por libre en 1985 con Brazil, una delirante distopía de ciencia-ficción que resulta a un tiempo descarrachante y aterradora y que fue posible gracias a que no cedió un milímetro en sus pretensiones de mostrar un futuro lo más negro posible. No tuvo tanta suerte con sus siguientes proyectos, ni con Las aventuras del barón Munchausen, mal distribuida por la productora, ni con El rey pescador, que va deshilachándose desde su fastuoso comienzo hasta un final completamente edulcorado. Iconoclasta, barroco, feroz, en el resto de su cinematografía -desde la brillante paradoja temporal de 12 monos hasta la confusa El teorema zero- hay muchos altibajos y diversos desastres, especialmente el que le llevó a abandonar su particular homenaje al Quijote, con Jean Rochefort y Johnny Depp, para dar lugar al documental Lost in La Mancha, esperpéntica crónica de un rodaje fallido que casi justifica la catástrofe. De todo ello y de mucho más, incluyendo sanguinarias visitas al quirófano, habla este hechicero alucinante que hizo suya aquella premisa inmortal de los Monty Python: "Y ahora algo completamente diferente".

Lucía Santiago (YouTube)

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