Mari España y su Pepe

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Pepe Viyuela *

Primer artículo de PepeViyuela en El escaño del bufón
Ilustración: Daniel Miñana

Pepe ViyuelaAquella mujer no era feliz con su marido, sin embargo era incapaz de librarse de él. Hacía mucho tiempo que vivía atrapada en un matrimonio gris y enfermizo. Sentía que él la gobernaba, que la tenía anulada y se arrastraba triste por los días, mientras disminuía su belleza.

Había acabado por convertirse en una mujer amedrentada y con complejo de culpa, porque él le había hecho creer que vivía por encima de sus posibilidades y debía purgar la herencia recibida; que era él el único que la haría caminar por el camino recto. Por eso se había hecho dueño de las llaves de la casa y manejaba sus cuentas y el resto de sus bienes.

En realidad el dinero era de ella, pero quien lo administraba ahora era aquel tipo, que disponía de todo como si fuera suyo, gastándoselo en puros caros y en juergas con amigotes. Les invitaba a los toros y a jamón de jabugo, a cenas y a puertas giratorias, a Jaguars en el garaje, a comisiones y a sobres de sopa boba.

Pepe Gaviota era su nombre. Se financiaba con turbios negocios que consignaba en cuadernos contables, que él mismo, sin ningún escrúpulo, se encargaba de destruir cuando le venía en gana. Era un tipo elegante, que vestía siempre de forma impecable, se peinaba con gomina, a quien encantaba el lujo y que siempre solía llevar en su billetera billetes de quinientos.

Mientras, obligaba a Mari España -así se llamaba ella- a trabajar en condiciones muy duras que iban, poco a poco, minando su salud y su belleza. El dinero que ella ganaba con su esfuerzo y su talento se convertía en manos de aquel hombre en una sustancia viscosa que todo lo ensuciaba.

Pepe Gaviota exportaba maletines de dinero-chapapote a bancos suizos, ante el estupor de ella que había empezado por mirar hacia otro lado y había acabado por consentirle absolutamente todo.

Había creado un monstruo y no sabía cómo librarse de él.  Se había convertido ante su pasividad en un chuleta jactancioso. Todo se le iba en promesas que no cumplía; en presumir de defenderla a base de amenazas; en jurarle fidelidad, pero engañarla a diario; en decir que la escuchaba, mientras la amenazaba con mordazas; en presentarse como un ejemplo de honradez, cuando los tribunales estaban llenos de casos en los que estaba implicado.

Su grupo de amigotes estaba compuesto por rufianes y fantasmas, de empresarios altaneros, comisionistas de traje y banqueros sin escrúpulos. La casa estaba llena de malandrines que, ante su resignada mirada, desfilaban esquilmando sus bienes y guardándose las joyas y los ceniceros en los bolsillos.

Una parte de ella se levantaba cada día dispuesta a sacudirse a aquel hombre de encima y a empezar una nueva etapa. Pero otra más conservadora le impedía hacerlo. Era Mari España víctima de un amor ciego y absurdo, de un miedo atroz a no saber vivir sin aquel hombre.

Sin embargo, no le faltaban pretendientes, cortejadores que la cubrieran de elogios y le prometieran el oro y el moro. Entre ellos destacaba un atractivo maduro, con quien ya en otro tiempo mantuvo relaciones y que seguía regalándole rosas, que ella no aceptaba. También la había engañado en otro tiempo.

Había también entre los aspirantes a su corazón dos jóvenes dispuestos a todo con tal de hacerla suya. Uno era hijo de su Pepe, con sus mismas hechuras de señorito. Estaba segura de que con el tiempo acabaría siendo como él y no le convencía.

El otro era un profesor recién llegado, atolondrado y respondón, que se creía muy listo, a quien perdían las formas y que ella consideraba que aún estaba por hacer. Según Mari España, iba muy deprisa y se había propasado.

Mientras Gaviota le decía: “Cariño, yo o el caos”, los otros le escribían cartas de amor que ella rehusaba. Y cuando volvía a caer en brazos del chuleta, los otros se quedaban con un palmo de narices debajo del balcón, con las bandurrias destempladas, cantándole Clavelitos. El corazón de la dama estaba dividido, era el suyo un corazón cuatripartito que amenazaba con romperse en pedazos.

Un psiquiatra amigo, que la trata desde niña, afirma que siempre ha estado enamorada de las cadenas y que para lograr que se convierta en una mujer libre hay que tener paciencia, hacerle salir de casa e invitarla a mirar mucho al horizonte.

(*) Pepe Viyuela es actor. / Fotografía de Moisés Hernández Acosta.

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