“El capitalismo español ha estado dominado por el lumpenempresariado”

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El filósofo César Renduelles, en una imagen de archivo. / cervantes.es

El filósofo César Rendueles (Gerona, 1975), con quien ya hablamos aquí cuando publicó su Capitalismo canalla (Seix Barral, 2015), acaba de publicar En bruto. Una reivindicación del materialismo histórico (Ediciones de La Catarata, 2016),  en el que defiende la tesis de Karl Marx, cuando los planteamientos de la economía actual parecen haberlo olvidado casi por completo. En su opinión, lejos de estar superadas, las teorías marxistas explican, a pesar de algunas contradicciones que el autor reconoce, lo que está pasando ahora: en definitiva, la agudización de las desigualdades en las sociedades modernas occidentales, a pesar del espejismo del avance tecnológico y otras caras baratijas. Rendueles ha dedicado un rato para una charla con cuartopoder.es

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— Tras leer el libro, queda claro que el materialismo histórico puede estar olvidado pero no superado, ¿se resiste a morir Marx?

— Creo que Marx sacó a la luz una incompatibilidad entre los ideales políticos ilustrados y la mercantilización generalizada que está plenamente vigente, en el sentido de que sigue siendo una fuente fundamental de conflictos políticos, malestar personal y desigualdad. Marx no fue el primero en darse cuenta de que la economía industrial había quedado al margen de los procesos de democratización, pero logró convertir esa intuición política en un programa de investigación muy fructífero. Por poner un ejemplo, se ha difundido la idea de que la crisis económica actual era completamente impredecible, una especie de cataclismo que nadie esperaba. Eso es manifiestamente falso. Durante décadas he escuchado a una gran cantidad de economistas, sociólogos y politólogos explicar que la cuestión no era si se iba a producir un colapso financiero global, sino cuándo se iba a producir. Sin ir más lejos, recuerdo que Ramón Fernández Durán llegó a predecir el mes en el que estallaría la burbuja inmobiliaria.  No todos esos científicos sociales se reconocerían a sí mismos como marxistas, pero no me cabe duda de que se mueven en un terreno teórico mucho más cercano al materialismo histórico que a la economía ortodoxa.

— El primer capítulo trata de demostrar hasta qué punto el factor humano interfiere en la idealización de las relaciones sociales y estropea con ello las teorías del “idealismo laboral contemporáneo” que nos quiere hacer a todos “emprendedores” para tapar la realidad de la precariedad laboral y social. ¿Le parece que hay resistencia social a esta idea o más bien la tendencia es a sucumbir al encantamiento?

“La mayoría de
los proyectos de autoempleo son estrategias de supervivencia precarias”

— A todos nos gusta pensar que al nacer rompimos el molde, que somos libres e irrepetibles. El capitalismo exacerba esa tendencia porque mantiene ocultos los aspectos sociales de los procesos económicos. Por eso aceptamos con tanta naturalidad el discurso de la innovación y los emprendedores y, a lo sumo, tratamos de dulcificarla hablando, por ejemplo, de innovación social. Seguramente lo hacemos porque es una forma de disimular una realidad muy antipática: la mayor parte de los proyectos de autoempleo son estrategias de supervivencia precarias y con escasas probabilidades de éxito. En términos generales, el autoempleo generalizado es un síntoma de  subdesarrollo económico. No hay ningún país rico que tenga un alto nivel de autoempleo.

— En lo que llama  “neoidealismo contemporáneo” incide muy poderosamente la tecnología, como ya escribió en Sociofobia, ¿en qué medida es ilusoria la idea de que la industria ha sido superada por la tecnología de internet en el crecimiento global?

— La economía del conocimiento sencillamente no existe, al menos en esa versión tan difundida de un nuevo paradigma productivo distribuido, creativo, limpio y cooperativo. Al revés, la tecnología de la comunicación contemporánea es el fundamento de algunos de los mayores conglomerados monopolistas de la historia. Ha contribuido a disminuir la capacidad negociadora de los trabajadores, al dar más flexibilidad de gestión a las empresas que, además, tienen a su alcance nuevas prácticas especulativas. Lejos de ser inmaterial, ha incrementado el consumismo, tanto de artefactos tecnológicos con una creciente obsolescencia como de productos tradicionales, con el consiguiente impacto ecológico. A pesar de todo, nos seguimos diciendo que la tecnología va a ser la solución para la desigualdad, el calentamiento global, la falta de democracia y los desafíos educativos. Básicamente, vemos los smartphones y los ordenadores como amuletos mágicos.

— Esa realidad virtual propiciada por la tecnología resulta demasiado atractiva como para que se le oponga el mensaje materialista de trabajar con “sangre, sudor y lágrimas”, ¿por qué será que no cabe este tipo de mensajes en las promesas electorales de los políticos?

“Tawney escribió que el auténtico lenguaje de la izquierda no era
el de los derechos sino el de los deberes”

— Tawney escribió una vez que el auténtico lenguaje de la izquierda no era el de los derechos sino el de los deberes. Creo que hay una profunda verdad en esa idea. Las políticas emancipatorias no se pueden reducir al interés egoísta individual. Por ejemplo, no me cabe duda de que las parejas de hombres y mujeres que mantienen relaciones radicalmente igualitaristas viven conjuntamente una vida mejor que los matrimonios patriarcales tradicionales. Pero esa mejoría conjunta no se puede reducir a una ganancia individual de ambos, al revés, desde una perspectiva individualista los hombres han perdido privilegios. Hacemos política de izquierdas cuando superamos esa lógica de la pérdida y la ganancia y somos capaces de incorporar compromisos costosos a nuestros ideales éticos de vida buena. La mayor parte de la gente hoy no ve la prohibición del esclavismo como un sacrificio o la pérdida de un privilegio, la repugnancia moral ante la posibilidad de ser propietario de otras personas forma parte del tipo de personas que somos y queremos llegar a ser. Necesitamos que el igualitarismo o la frugalidad en nuestras pautas de consumo se incorporen a nuestro aparato normativo con la misma firmeza que el rechazo de la servidumbre.

— El libro plantea muy claramente cuestiones relativas a la subjetividad y cómo se pretende objetivarla: como si todos lleváramos dentro –dice-  “a un antropólogo hermenéutico o a un psicoanalista dispuesto a sacar de quicio al sociólogo weberiano que intenta explicar nuestra conducta”, ¿dónde están los límites de la racionalidad?

— Es verdad que, en general, las ciencias sociales han infravalorado nuestra irracionalidad, me refiero a fenómenos misteriosos, como la debilidad de voluntad o las preferencias inconsistentes. De todos modos, creo que más que los límites  de la racionalidad deberían preocuparnos los límites de las propias ciencias sociales. Sobre todo en aquellas de sus manifestaciones que tienen más repercusiones prácticas y que a menudo conducen a una especie de dictadura de los expertos.

— ¿La economía idealista es la que ha provocado –y sigue erre que erre- la crísis de las subprime? ¿Lo que usted llama “oscurantismo matematiforme” de los economistas que asesoran a los gobiernos?

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Cubierta de la nueva obra de Cesar Rendueles. / La catarata

— No creo que la teoría económica sea tan poderosa. Como ha explicado muy bien David Harvey, la forma que ha adoptado la crisis global actual tiene que ver con la forma en que se resolvió de la crisis global anterior, en los años setenta. Nuestra gran recesión no es exactamente un fallo del sistema, sino el resultado de treinta años de una estrategia extremadamente exitosa de las clases dominantes para mantener sus privilegios y superar una brutal crisis de acumulación de capital. En ese sentido, es verdad que la economía ortodoxa ha sido un instrumento ideológico para implementar políticas mercantilizadoras que benefician a las elites globales. Pero se trata de un proyecto político de la clase capitalista, no de una disputa teórica entre neoclásicos y keynesianos.

— Con la crisis, las críticas a los beneficios financieros disparatados acercan a la Ley del valor de Marx: pero, ¿hay capitalistas honrados?

— Marx diría que puede haberlos o, tal vez, que esa no es la cuestión. Se esforzó mucho en no caracterizar a los capitalistas como monstruos morales. El nervio de su teoría es mostrar cómo nuestro sistema económico genera desigualdad sistemáticamente sin necesidad de que se produzca ningún tipo de coerción violenta o estafa. Para Marx, dadas ciertas condiciones –el monopolio de los medios de producción por unas pocas personas– el mero intercambio libre en el mercado de trabajo provoca desigualdad. Dicho esto, lo cierto es que el capitalismo de los últimos treinta años, y muy en particular el español, ha estado dominado por el lumpenempresariado. Personas y empresas que han amasado gigantescas fortunas estafando, saqueando los recursos públicos, utilizando toda clase de ayudas y privilegios de la clase política.

— ¿Quienes son los auténticos perdedores del capitalismo que estamos viviendo? Usted los llama “agentes privilegiados del cambio social”, nada menos.

“Los perdedores de la España en crisis son un colectivo heterogéneo pero políticamente muy importante”

— Los perdedores de la España en crisis son los perdedores de la España rica. La tesis de que la crisis la están pagando las clases medias es sencillamente falsa. En nuestro país la crisis la está padeciendo el 50% que menos tiene y, sobre todo, el 30% que menos tiene. Son gente a la que ya le iba muy mal en la España de la burbuja: jóvenes precarios, madres solteras, inmigrantes, mayores con pensiones bajas, parados de larga duración… Son un colectivo heterogéneo pero políticamente muy importante. Si se movilizan y adquieren protagonismo pueden impulsar procesos de transformación que ningún otro grupo social está dispuesto a poner en marcha porque resultan arriesgados o costosos.

— En el prólogo se dice que este libro viene a ser un ajuste de cuentas con su desconfianza en la capacidad científica de las ciencias sociales, el hecho de que las considera necesarias, y su convicción de la potencia del materialismo histórico, ¿ha ajustado esas cuentas o queda abierta la linea?

— Bueno, tal vez debería haber dicho que es un ajuste de cuentas con mi ajuste de cuentas. Llevo unos veinte años dándole vueltas a esas cuestiones. Escribí el libro con la ilusión de que por fin iba a librarme de ellas. Por desgracia o por suerte, sospecho que no va a ser así.