JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado: - Actualizado: 7/1/2017 16:15

Adolfo García Ortega. El evangelista
El escritor Adolfo García Ortega en una imagen de archivo. / Iván Franco (Efe)

El evangelista (Galaxia Gutenberg) es el título de la nueva novela de Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958), uno de los escritores más secretos e importantes de su generación. Poeta, novelista, editor durante muchos años, traductor del francés, Valéry Larbaud y del catalán, Marti i Pol, García Ortega es dueño ya de una extensa obra, ambiciosa, compleja, poco dada a éxitos fáciles. Esta novela supone la entrada del autor en la novela histórica de calidad, del tipo de las escritas por Kazanzakis, D.H. Lawrence o Thorton Wilder y representa una novedad en la literatura en lengua española sobre la figura de Cristo, más dada a la reflexión moral, como en Unamuno.

La novela está llena de aciertos, así, Cristo como figura sincrética de dos revolucionarios de la época que narra un escriba de vuelta de todo pero que, razones irónicas de la Historia, su testimonio es manipulado hasta el extremo de constituirse en el origen de la crónica cristiana. Para extenderse sobre estas cuestiones, bastante apasionantes y su correlato con la situación actual, hemos mantenido esta entrevista con su autor donde no faltan referencias poco apocalípticas sobre la situación de la cultura en España a día de hoy, en abierto contraste con ciertas voces casi unánimes.

El evangelista representa dentro de su obra su inmersión plena en la novela histórica. ¿Hay alguna razón por la que ha escrito una novela del género?

– No sé si clasificarla como “de género”. El concepto reduce un poco toda la ambición con que la he escrito. En todo caso, es una novela que se centra en épocas remotas y está escrita como si se hubiera escrito entonces, aunque con un lenguaje de hoy, neutro y verosímil. La verosimilitud ha presidido esta novela, a la hora de la recreación temporal de los hechos y contextos. También del clima de violencia en que se vivía en las colonias romanas de Augusto y Tiberio. Al escribirla, he tenido muy presente a algunos maestros para mí, autores de un tipo “ambicioso” de novela de corte histórico: Hermann Broch, Thornton Wilder, Kazanzakis, por citar algunos que asumieron el desafío de escribir sobre la escurridiza figura de Jesús, o Yeshuah, como debió de llamarse entonces. Al intentar escribir sobre esa época y esa figura, dando una versión novedosa sobre los hechos probables de su muerte, he tenido que abordar cuestiones propias de la novela histórica, sin duda, pero no me he quedado en una mera recreación ornamental, que es lo que suele caracterizar al género. Ojalá esté en la estela de autores tan estimables para mí como Umberto Eco, Gore Vidal o Baroja (que es el máximo exponente español de algo asimilable a la novela histórica).

– La figura de Cristo es , evidentemente, recurrente en la narrativa occidental. Creo, sin embargo, que esa figura ha servido siempre para algo distinto a lo que usted ha pretendido…

“Mi novela es una búsqueda de la verdad, desde la perspectiva de la ficción. Y la ficción siempre ilumina más que la Historia”

– Sí, lo que yo he pretendido está lejos de cualquier intento por re-idealizar la figura de Cristo. Para empezar, en mi novela no hay un ápice de cristianismo, ni real ni inducido. Yo no soy cristiano y además soy ateo. La novela no es religiosa ni pretende iluminar heterodoxamente la figura religiosa de Cristo. Es una precuela del cristianismo, por así decir. Pero no excluyo una lectura cristiana, sin duda. Cualquier creyente puede leer El evangelista y le abrirá, cuanto menos, la imaginación, ya que es una novela totalmente respetuosa.

Por otra parte, como sabe todo el mundo que se moleste en estudiar la historia de las religiones –que es lo que debería estudiarse en los colegios-, el cristianismo es una invención de San Pablo muy posterior a los hechos que tuvieron lugar en Jerusalén a mediados de la época de Tiberio. Fueron unos hechos de rebeldía patriótica contra los romanos, llevados a cabo por un movimiento fanático religioso, pero judío, en el que estaba, como uno más, ese Yeshuah el Visionario. En esa época, a lo largo de casi cien años, hubo muchas revueltas que condujeron a la desintegración final del Templo y de Jerusalén misma por parte de los romanos, hartos de belicosidades y la posterior diáspora de los judíos de la región. San Pablo, un personaje iluminado y obsesionado con la resurrección, fundó una secta y la basó remotamente en una figura de la que no se sabía absolutamente nada, salvo su muerte como subversivo, delincuente o criminal. Luego se inventó la vida de ese hombre, que es lo que hoy figura, desordenadamente, en los Evangelios, escritos muchos años después. El libro de Carrère El reino habla de esto, precisamente. Mi novela supone la existencia de un texto escrito por un testigo presencial en el momento de los hechos, texto en el que supuestamente se basarían después esos evangelios, pero deformando la realidad para adaptarla a la secta paulina en ciernes. Mi novela es una búsqueda de la verdad, desde la perspectiva de la ficción. Y la ficción siempre ilumina más que la Historia, porque esta está sujeta a interpretaciones de claroscuros y la ficción aporta una perspectiva coherente, contrastada y profunda: entra en los hechos y las personas, relacionándolos y explicándolos.

– Es probable que su intención tenga un precedente ilustre en El hombre que murió, de DH Lawrence. ¿Es eso así?

– Conozco de qué va el libro de Lawrence, pero no he llegado a leerlo. Lo que sí es cierto es que, desde Flaubert, por irme lejos, la figura de Jesús y los tiempos de aquella Jerusalén han supuesto un reto recurrente para muchos escritores. Saramago, a su manera más bien previsible, también lo hizo. Renan y Bulgakov también. Creo que lo que más atrae al escritor, o al menos a mí, es el hecho de provocar una cierta quiebra en el mito fundacional de nuestra cultura, al presentar al lector una versión muy diferente de la oficial. Y recalco el muy.

“Todas las religiones están basadas en una mentira extendida y manipulada. Y si son una mentira, es que hubo una verdad que se ha eludido”

En este sentido, todas la religiones están basadas en una mentira que se ha extendido y manipulado. Y si se basan en una mentira, es que hubo una verdad que se ha eludido y que se presta a la recuperación mediante la fuerza de la literatura. Eso pretendo: reescribir lo que podría ser esa verdad escamoteada. En el peor de los casos, no pierdo nada, ya que está al mismo nivel de fantasía que la versión cristiana misma, tan ficticia como cualquier otra, al fin y al cabo. Por otro lado, también he buscado revisitar el mito de Jesús para llamar la atención sobre los fanatismos religiosos y patrioteros que vivimos en el tiempo actual. En nuestra época, la religión está volviendo a contaminar la política y la vida moral y hay una gran ignorancia crítica hacia los libros de las “religiones del Libro”. Aparte de la ignorancia general en casi todo, por parte de la sociedad globalizada y reduccionista en que estamos inmersos, vivimos tiempos de hiperfanatismo ultranacionalista y vamos a más. Mi novela denuncia eso y las revueltas consiguientes, que acaban siempre en sangre y muerte.

Cubierta de la novela 'El evangelista'.
Cubierta de la novela.

– Cristo, un sedicente político… me parece muy sutil por su parte haber dividido el mito entre dos personajes reales, Jehudá y Jeshuah, el Visionario. ¿Lleva Cristo en sí mismo la traición de Judas?

– Creo que es muy probable que el movimiento al que Yeshuah pertenecía, los zelotes o los grupúsculos previos a los zelotes, fuese dirigido por figuras violentas y fanáticas. Mi personaje Iskariot es un líder así, que busca una justificación para su obsesión y un rey para sustituir al rey que han impuesto los romanos. Ese rey será Yeshuah. Los dos, él y Yeshuah, son los líderes de la novela y de la revuelta que presento. Hay doblez porque hay una duplicidad de funciones. Y porque pueden ser, sí, caras de una misma moneda. Pero insisto en que no trato de reinterpretar a Cristo. A mí Cristo no me interesa lo más mínimo. Me interesan los hombres de aquella época, sus acciones y sus ideas. Todo lo que sea engrandecer o filosofar o redefinir a Cristo es ajeno a mi novela, desde el respeto. Aunque no eludo el debate, ¿eh? Y con respecto a la traición, que estaba al orden del día por aquel entonces, con espías por todas partes y compra de testimonios y de sicarios, mi novela presenta una versión novedosa que creo que es la parte más “novelesca” de mi historia.

– Otro acierto de la novela, entre muchos, consiste en que el narrador es un escéptico, no cree en esa utopía destructiva y, para más inri, es malinterpretado, pero su testimonio, tergiversado, es el que construye un nuevo mundo. ¿Mirada irónica de la Historia, por su parte?

– El narrador, el evangelista verdadero, es un testigo de los hechos que los narra a un hermano suyo. Es un escriba ajeno al movimiento rebelde y escéptico, efectivamente, con una mirada que pretende llegar a la verdad. Pero se verá involucrado en los hechos precisamente por mantener la verdad y evitar la masacre que acarrea el fanatismo en el que el movimiento está incurriendo. La novela, desde esta perspectiva, también trata metafóricamente de la necesidad de implicarse con la realidad, del hecho de que ser objetivo o distante no inmuniza contra la realidad, la cual siempre impele a intervenir. Mi evangelista-narrador, alguien innominado que podría identificarse con el lector, termina por formar parte de los hechos de manera directa. Y al final, lo cuenta todo para liberar su conciencia y dejar testimonio, sin más intención que relatar una historia personal.

– El sincretismo constituye el meollo de la novela. ¿Qué correlatos establece con nuestro tiempo? Lo digo porque la visión que usted da parecería la única posible en el mundo de hoy…

– Ya he comentado antes el asunto del correlato con la actualidad, en tanto que denuncia de las consecuencias catastróficas de los fanatismos religioso-patrióticos, hoy en día muy extendidas por todas partes y bajo diversos aspectos políticos y sociales. En cuanto a los hechos concretos que el Nuevo Testamento y los Evangelios deforman, la versión más plausible de esos hechos, después de haberme documentado y leído y relacionado diversas versiones, etcétera, es la que mi novela presenta, estoy seguro. Es la versión que más se acerca a la verdad. Pero como bien se dice en la novela, la verdad es siempre un foco luminoso con extensas zonas de sombra.

– Usted ha ejercido muchos años la labor de edición. ¿Cómo ve el futuro del sector? Viene a cuento porque un buen amigo común, José María Merino, se explayaba en una entrevista que le hice hace poco sobre este tema y decir que era pesimista es decir poco.

– El futuro del sector del libro no es malo. El futuro del texto crece cada vez más, ya que hay mucha gente nueva con un enorme talento. Nunca ha habido tanto talento entre las nuevas generaciones, en materia de creatividad. Sin embargo, en la misma proporción, hay una enorme cantidad de estupidez e ignorancia por todas partes, marcada por la constante tendencia a la banalización, a la clasificación y a la etiquetación para todo, ad infinitum. Esto lo reduce todo a una marca efímera, a un segmento, a un consumo, a una parcela que, lejos de evolucionar, cae en una constante reproducción mimética. Literariamente, vivimos un momento de “grado cero involutivo” de la novela: no avanza, se repite y se diluye. Y los que intentan hacer un mínimo progreso en ese campo, son etiquetados inmediatamente de minoritarias rarezas ajenas al sistema, que es crear únicamente una especie de entretenimiento invariable y repetitivo. En general, el arte, lo artístico, lo que supone la creación individual lleva camino de desaparecer. Pero se convertirá en otra cosa, como todo en la vida.

– ¿Qué papel puede representar esta novela en el conjunto de su obra, muy variada y ya de volumen respetable?

“Es la novela más a contracorriente que he sido capaz de escribir, ¡una alternativa al Evangelio, ni más ni menos!”

– Bueno, tengo dos respuestas para esta pregunta: una es que creo que he escrito una novela que me debía a mí mismo y de la que me siento orgulloso frente a otros escritores que abordaron el mismo tema; otra respuesta es que, dentro de mi obra, decididamente variada, es la novela más a contracorriente que he sido capaz de escribir y la más ambiciosa en cuanto a contenido. ¡Una alternativa al Evangelio, ni más ni menos! En el Vaticano deberían empezar a preocuparse.

– Me gustaría hablar de dos cuestiones que tienen que ver con nuestra situación actual de forma urgente. El estado de la cultura y nuestra situación política. Vayamos por partes…

– Por partes: La cultura está rebajada, al menos en España, país donde nunca estuvo muy elevada. Ello se debe a la educación y al entrar en este asunto vamos a dar de bruces con la Iglesia. España es el país que es, en cultura, en política y en desarrollo, por culpa de la Iglesia, que siempre dominó –y aún lo intenta- la educación, haciéndolo como instrumento descarado del poder caciquil de las clases ricas e ignorantes. España lleva más de doscientos años sin coger el tren de la Historia. No parece que vaya a hacerlo en breve.

– Por último, usted ha sido traductor de escritores, en especial franceses, como Valery Larbaud, Blaise Cendrars, Roland Barthes o Colette, también de poetas catalanes como Marti i Pol … Háblenos desde su experiencia de editor de la enorme importancia de esta modalidad que es la base del intercambio cultural…

– ¡Amo la traducción! Para mí, aparte de una gimnasia literaria, es una manera de entrar a fondo en la resolución de los problemas con que se enfrentan los colegas a la hora de escribir. Aprendo mucho al traducir, porque en general respeto mucho a mis colegas, de cualquier lengua, y trato de leerlos para admirarlos o para entender cómo han abordado cuestiones ante las que yo mismo me enfrento y he de dar una respuesta. Y luego está el hecho de que traducir es también volver a escribir otro libro, entrar en otra literatura y eso me parece un regalo.

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  • Breogantuy

    En el Vaticano estan acojonados. Yo tampoco

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