Donald Trump, el malo de la película

Donald Trump y Barack Obama, al final de su encuentro en el despacho oval en la Casa Blanca, en Washington (Estados Unidos),el pasado 10 de noviembre. / Michael Reynolds (Efe)
Donald Trump y Barack Obama, al final de su encuentro en el despacho oval en la Casa Blanca, en Washington (Estados Unidos),el pasado 10 de noviembre. / Michael Reynolds (Efe)

 Todavía hay un montón de gente preguntándose cómo es posible que alguien como Donald Trump vaya a ser presidente, el mismo tipo de pregunta ingenua que ignora tal vez deliberadamente los mecanismos por los cuales se rige el peculiar sistema democrático estadounidense. En un lugar donde un actor fracasado llegó a la Casa Blanca, una estrella de Hollywood cargada de anabolizantes a gobernador de California y un luchador de wrestling a gobernador de Minnesota, el teórico concepto de que cualquiera puede alcanzar el poder se ve seriamente lastrado por una serie de impedimentos de lo más práctico. Cuando quiso impresionar a Kruschev, en la breve visita del mandatario soviético a los Estados Unidos en 1959, el por entonces vicepresidente Nixon le recordó que, según la Constitución, allí cualquiera podía llegar a presidente. “Míreme a mí” le respondió Kruschev, “que nací en Ucrania, en una familia de campesinos pobres”. Podrá decirse lo que se quiera del sistema soviético pero, evidentemente, eso es algo impensable en el gran circo de las barras y estrellas.

Lo que sí impresionó a Kruschev fue Hollywood, donde le ofrecieron un banquete con más de 400 invitados famosos, entre los que se contaban Marilyn Monroe, Shirley McLaine, Dean Martin, David Niven, Charlton Heston, Janet Leigh, Tony Curtis y Frank Sinatra. Ronald Reagan, por cierto, también estaba invitado pero prefirió no acudir por razones ideológicas. Al año siguiente, Nixon se presentó a las elecciones por el partido republicano en las cuales, contra todo pronóstico, fue batido por un estrecho margen por el demócrata John Fitzgerald Kennedy. En los análisis a posteriori de la derrota, muchos especialistas coincidieron en que los debates televisados fueron decisivos: Kennedy hablaba mejor, era más guapo y llevaba una preciosa corbata, mientras que Nixon era feo, sudaba a chorros y no le sentaba muy bien la ropa. Razones de peso, como se ve.

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Sospecho que una de las claves de la victoria de Donald Trump, más allá de la habilidad con que se deshizo de sus rivales y con que movilizó a los millones de trabajadores y parados descontentos, es el modo en que ha sabido adaptarse a la cultura audiovisual de los nuevos tiempos. El exabrupto, el insulto, el flequillo inverosímil, el pelo panocha, la mala educación, la arrogancia, la bravuconería jugaban a su favor, no en su contra. Nos reíamos mucho de su personaje pero no supimos calibrar lo repulsivamente atractivo que resulta. No hemos comprendido aún que vivimos en una época fascinada con los villanos, los patosos, los gilipollas, los impostores y los gángsters. Cantantes que no saben cantar, actores que no saben actuar, escritores que no saben escribir, artistas de pacotilla que venden vasos de agua a precio de oro. En los realities triunfan los psicópatas prácticamente analfabetos, en las teleseries los asesinos despiadados, los polis corruptos y los médicos bordes. ¿Y nos extraña de repente que un mamarracho xenófobo forrado de millones llegue a presidente aupado por las masas?

Trump no es antisistema, como se ha dicho por ahí mil veces, en absoluto: más bien es el sistema en su más descarnada expresión; el poder en crudo, sin el precocinado de los partidos políticos y el maquillaje de los asesores de imagen; el capitalismo a voces. El adjetivo de populista con el que intentaban frenarlo ha resultado otro terrible malentendido porque, ¿cuál es el reverso exacto del populismo? El elitismo, por supuesto, el elitismo intelectual, moral y político de una clase dominante que pretendía colocar en el trono a la esposa de un expresidente con una maniobra calcada a la que años atrás colocó en el trono al hijo de otro expresidente. No sólo es que Hillary Clinton cayera mal a casi todo el mundo (excepto a la vieja guardia de la partitocracia que representa mejor que nadie) sino que, además, está encasillada en un papel de mala a la antigua usanza. Trump, en cambio, ha dado voz (y voto) a ese gran subconsciente colectivo que clama contra los inmigrantes, contra las minorías, contra la educación, la ciencia y la cultura. En España ya tuvimos un embrión de esta nueva especie al que los grandes poderes ahogaron en el nido antes de que completara la metamorfosis: se llamaba Jesús Gil y tuvo la desfachatez de convertir su apellido en un proyecto político.

Trump dice lo que piensa, aunque no sabemos si piensa lo que dice. Esa sinceridad brutal le ha llevado hasta el sillón presidencial. Fin de la primera temporada de la auténtica House of cards. Vamos a sentarnos a ver qué nos depara la segunda.