‘Round Midnight’

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Cartel de la película Round Midnight. / wikipedia
Cartel de la película 'Round Midnight'. / Wikipedia

Esta semana he constatado una vez más mi vejez: se cumplieron treinta años de Round Midnight, la gran película de Bertrand Tavernier, la mejor película de jazz que yo haya visto. Digo "de jazz" y no "sobre jazz" porque verdaderamente la obra maestra de Tavernier respira música por todos sus poros, desde la extraordinaria banda sonora (a cargo de Herbie Hancock y con intervenciones gloriosas de Billy Higgins, Ron Carter, John McLaughlin, Bobby McFerrin, Cedar Walton y Chet Baker, entre una fantástica miríada de músicos) a la interpretación sobrenatural de Dexter Gordon, que hizo de sí mismo al tiempo que atrapaba en su bamboleo, sus temblores de alcohólico y su resplandeciente tristeza el espíritu del pianista al que homenajea la película, el formidable Bud Powell. La única actuación de Gordon ante la cámara le valió no sólo una nominación al Oscar sino una carta de admiración del mismísimo Marlon Brando, quien le decía que era la primera vez en muchos años que aprendía algo sobre el arte de la interpretación.

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Físicamente, la película entera gira alrededor de Dexter Gordon, su voz grave y melancólica, el sonido inmenso de su saxo tenor, esa arriesgada forma de caminar al borde del abismo, de inclinarse y de recobrarse, que era el pan nuestro de cada día de los grandes músicos de jazz. Eso es lo que marca la diferencia entre la sinceridad brutal con que Tavernier acometió la tarea y el engolamiento de tantas otras cintas sobre jazz. Por poner un ejemplo y no uno cualquiera, Bird, de Clint Eastwood, quien se acercó a la figura de Charlie Parker con tanto respeto y circunspección que casi le salió una hagiografía.

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Basada en el libro La danza de los infielesRound Midnight narra la conmovedora amistad entre el autor, Francis Paudras y Bud Powell, un fabuloso pianista de bebop que por aquel tiempo ya casi había sucumbido al alcoholismo, a la tuberculosis y a la enfermedad mental que lo aquejaba desde años atrás. Entre lingotazos de whisky, baladas interminables y callejones oscuros, contemplamos la existencia de esos exploradores de la música trasplantados al París de los años cincuenta, artistas perfectos que vivían siempre al límite y cuya odisea nos relató Cortázar en un relato inolvidable, El perseguidor.

Si Dexter Gordon, bajo la piel de Dale Turner, acertó a encarnar en la pantalla a Powell y a todos los desdichados jazzmen de la época no fue sólo por su intimidad con la historia: no hay nada más difícil que un borracho que intenta hacer de borracho y las malas lenguas aseguran que el nivel de alcohol en sangre de Gordon era tan alto que los médicos no estaban dispuestos a firmar el seguro. Pocas veces se ha visto tanta sinceridad en la pantalla y probablemente a eso se refería Brando, a la inextricable adecuación entre forma y fondo. En la elegancia con que mueve las manos, en la manera de entrecerrar los ojos, en su majestuosa y peligrosa forma de caminar, Dexter Gordon es puro jazz. Hay un momento que confiesa: "My life is music, my life is music" y lo que se oye en las pausas, en el trémolo emocionado de su voz, es un saxo tenor.

WarnerMoviesAU (YouTube)

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