Eduardo Mendoza y el Premio Cervantes, reflejo generacional

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Eduardo Mendoza, premio Nacional de Literatura, en una imagen de archivo. / Efe
Eduardo Mendoza, galardonado hoy con el Premio Cervantes, en una imagen de archivo. / Efe

Desde luego que el Premio Cervantes depara sorpresas, casos como el de la Loynaz fue sonado, pero no se puede negar que cumple con un estricto orden generacional. Poco después de las dos de la tarde, el Ministro de Educación, Cultura y Deportes, Méndez de Vigo, ha anunciado que ha sido el español Eduardo Mendoza el galardonado con el Premio este año. Ninguna sorpresa, pues es ley no escrita que sean latinoamericanos y españoles los que se alternen año tras año en la consecución del Premio.

Durante toda la mañana se han sucedido los nombres y los posibles descartes; que si Javier Marías no porque renunció en su día al Premio Nacional; que si es probable que recayera en una mujer porque sólo cuatro de ellas lo han recibido; que si Luís Mateo Díez, que si Luís Landero, que probablemente no se lo dieran a Luís Goytisolo porque Juan, su hermano, estaba en el jurado; que el que sonaba de verdad era Muñoz Molina... bueno, éste y Eduardo Mendoza, como así ha sido.

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Uno, que no posee varitas mágicas sabe, sin embargo, que la edad y la enfermedad influyen a la hora de tener en cuenta a quién se le otorga el galardón y que lo generacional, vale decir, la edad, es grado sumo a tener en cuenta. Era arriesgado, por tanto, pensar que Muñoz Molina iba a poseer el Premio antes de Mendoza o Luís Mateo Díez, sin ir más lejos: al fin y al cabo, y según el canon vigente, Eduardo Mendoza es autor que pasa por fundacional. Y eso tiene que premiarse.

Mendoza publicó una novela primeriza, La verdad sobre el caso Savolta, en 1975, que fue el año en que se creó el Premio Cervantes y por el que recibió el entonces prestigioso Premio de la Crítica. Fue el año en que murió Franco y los estudiosos, con el tiempo, han considerado que esta novela fue el pistoletazo de salida de lo que luego se llamó “la nueva narrativa española”. Tengo para mí que respecto a ruptura estética, esta novela, como las restantes de Mendoza, no son fundacionales, pero sí lo fue el hablar, desde una nueva perspectiva, de nuestra más reciente historia, nada menos que de la Barcelona de los pistoleros de la patronal y los sindicatos en aquella Cataluña de poco antes de la Exposición Universal.

Desde entonces Mendoza siempre ha estado ligado a esta primera y excepcional novela. Escribió luego quince, algunas espléndidas como La ciudad de los prodigios, pero La verdad... era La verdad... y eso puede parecer una losa, sí, pero lo cierto es que si nos retrotraemos a aquellos años, esa narración producía una sensación de aire nuevo que curiosamente no la ha abandonado.

Eduardo Mendoza es, sin embargo, autor de variado registro y de vez en cuando le da por decir que la novela como género ha muerto: poco después de decir esto publica siempre una nueva novela, como si tuviera pasión por las causas perdidas.

Es autor poseedor de una fineza e ironía y evoca tiempos pretéritos con maestría a la vez que le da por escribir una saga detectivesca algo surreal, el detective, el protagonista, está encerrado en un manicomio: desde aquella estupenda El misterio de la cripta embrujada a El secreto de la modelo extraviada, pasando por La aventura del tocador de señoras y El enredo de la bolsa y la vida. Con Gurp se sacó de la manga un personaje extraterrestre que actúa al modo del Gulliver, extrañándose de todo lo que ve para zaherirlo. Viejo recurso de la sátira que en su caso ha dado cierta cantidad de enamorados lectores.

No digo nada de su tendencia paródica, que borda. Leamos a este respecto El asombroso viaje de Pomponio Flato, una feroz parodia del género epistolar donde asistimos a las cuitas de Pomponio Flato, un filósofo que anda por tierras de Jerusalén y a quien contrata el niño Jesús para que defienda a su padre José, condenado a muerte.

Intereses varios y variados en su intención que no evita que Eduardo Mendoza tenga a La verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de los prodigios, como sus obras referentes, sus obras mayores. Y debe ser así: el Premio Cervantes, este año, y salvando aquellas gloriosas primeras ediciones, Octavio Paz, Borges, María Zambrano, Juan Carlos Onetti, Guillermo Cabrera Infante, Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, Gonzalo Torrente Ballester, ha sido premio que ha ido dando el galardón con profundo sentido del vaivén generacional, omitiendo gente importante, qué duda cabe, pero dando el premio a merecedores grandes y medianos.

Por eso decimos que tiene que ser así: esta vez el Cervantes ha recaído en la generación que comenzó a publicar inmediatamente a la muerte de Franco. Por ahí andan nombres como Pombo, el otro Goytisolo, Luís, que ya tenía obra antes de esa fecha... pero le ha sido otorgado a Mendoza siguiendo un estricto criterio de canon historicista.

No estaría mal que esto fuese excusa para volver a La verdad... esa novela fue un acierto: no tiene más que dirigir una somera mirada a nuestra realidad política.

1 Comment
  1. Piedra says

    El prodigioso Mendoza, uno de los mejores novelistas españoles. Ya era hora.

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