Un año de epitafios

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Greg Lake, cantante y bajista de Emerson, Lake and Palmer. / Facebook (Greg Lake)

Se lo mire por donde se lo mire, la muerte ha cosechado un extraordinario ramillete de talentos musicales este año. David Bowie, Prince, Gato Barbieri, Ernestine Anderson, Glenn Frey, Leonard Cohen, Otis Clay... Larga es la lista como largo el teclado, ya lo dijo Cortázar. Y eso sólo limitándonos a algunos nombres del pop y del jazz, porque si nos desplazamos a otros apartados, 2016 también es el año que se llevó a dos grandes cantaores flamencos, José Menese y Juan Peña, el Lebrijano; al papa de la música contemporánea, Pierre Boulez, al gran director de orquesta sir Neville Marriner y al magnífico pianista húngaro Zoltan Kocsis. Entre otros muchos que se me olvidan, seguro. Sí, ha sido un año de mierda, se mire por donde se mire. Y para colmo, le dan el premio Nobel de Literatura a Bob Dylan.

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Hay mucha gente que piensa que con la muerte no se debe bromear, yo creo que difícilmente se puede hacer otra cosa. Salvo que la muerte te afecte en primera persona, te toque de lleno y te deposite en un yermo insoportable: entonces lo único que sirve es apagar la luz, cerrar los ojos y embalsamarse en la tristeza hasta que la tristeza se desgaste y deje paso a otra cosa. Si de verdad alguno de ellos fue uno de tus dioses totémicos, puede servir escuchar religiosamente una canción (Life on Mars de Bowie, Hallelujah de Cohen, Vivir un cuento de hadas de El Lebrijano) o una de esas extrañas piezas de Boulez que parecen grietas abiertas a otra dimensión. Escuchar los pájaros que salen de las manos de Zoltan Kocsis en los primeros compases del incomparable Tercer Concierto para Piano y Orquesta de su compadre Béla Bartók. Escuchar el tiempo estirándose hasta la eternidad en la voz imposible de Ernestine Anderson cantando Time after Time.

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Hay muchas razones por las que nos parece que este año ha sido especialmente horrible en cuanto a pérdidas musicales se refiere, pero una de las principales es que seguimos vivos. Seguimos vivos, envejecemos, los relojes no se detienen, la gente tiene la fea costumbre de hacerse mayor y ni siquiera los genios están libres de esa asquerosa manía de morirse. Cada vez se juntan más muescas en la culata no sólo porque acumulamos más años a las espaldas sino también porque, si seguimos abiertos de gustos y de orejas, seguiremos descubriendo flores y músicas nuevas cada día, y cuantas más flores distintas llevemos en los brazos más posibilidades habrá de ir perdiendo jardineros.

Dejo para el final las dos pérdidas que más siento: la de Keith Emerson y la de Greg Lake, el cerebro y el alma del gran trío del rock sinfónico ELP. Sólo queda en pie el corazón, Carl Palmer -y que sea por muchos años- aporreando la marcha fúnebre de la despedida. De Emerson hablé aquí en su día, en marzo; de Lake no escribí nada en su día porque sucedió en uno de esos momentos en que el trabajo se acumula y la muerte te pilla a traspié. A ELP, aparte de su voz sobrenatural, Lake aportaba su extraordinaria técnica de bajo y, sobre todo, ese sentido de la melodía que afloró en algunas de las baladas más hermosas del rock: The Sage, C'est la Vie, Lend Your Love To Me Tonight o la asombrosa Lucky Man, que fue la primera canción que escribió después de que su madre le comprara una guitarra a los doce años.

Tenía, sencillamente, uno de los timbres más espléndidos del rock; para mi gusto, el más amplio y heroico, a la par con John Wetton, y no es casualidad que primero uno y luego otro fuesen la voz de la primera encarnación de King Crimson. Aquel primer disco de 1969 In the Court of the Crimson King sigue siendo memorable por muchos motivos aunque para muchos fans, entre los que me cuento, ya siempre será su epitafio.

Pete Hudson (YouTube)

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