Yes porque sí

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Yes, en plena actuación, el pasado día 19, en el Hammershit Apollo
El vocalista de Yes, Jon Anderson, el pasado día 19, en el Hammersmith Apollo de Londres. / Automorph (YouTube)

El taxista nos mira extrañado cuando le decimos el nombre del teatro, Eventim Apollo. Pide que le enseñe las entradas y se rasca la cabeza. "Está a la salida del metro de Hammersmith", digo, por si sirve de algo. El hombre me mira como si hubiera escupido en el asiento. "¿Hammersmith Apollo? ¿Hammersmith Odeon? ¿Estáis de broma?" Tiene razón, aunque no es culpa nuestra: no se le cambia el nombre de la noche a la mañana a un templo sagrado de la cultura inglesa, una institución octogenaria por donde han pasado algunos de los mejores músicos del mundo, de David Bowie a Frank Zappa, de David Gilmour a The Who. Tampoco las tres mayúsculas impresas en las entradas tienen mucho que ver con la leyenda septuagenaria que vamos a presenciar, el mayor dinosaurio psicodélico del rock. ARW son las iniciales de Anderson, Rabin, Wakeman; vocalista, guitarrista y teclista de Yes. Pero Yes siempre ha sido mucho más que la suma de sus miembros.

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De hecho, Yes a veces son una división, otras una resta y otras una multiplicación. Andan a hostias con el nombre del grupo desde hace la tira de años y ahora la banda está otra vez escindida en dos mitades asimétricas donde, de los componentes míticos, han quedado de un lado Steve Howe, Alan White y Geoff Downes; y del otro, Jon Anderson, Rick Wakeman y Trevor Rabin. Uno puede argumentar todo lo que quiera sobre la superioridad de Howe sobre Rabin como guitarrista y la excelencia de White como batería, pero no hay teclista comparable a Wakeman en la historia de Yes y, desde luego, nunca hubo, ni habrá, por los siglos de los siglos, un cantante que no sea Jon Anderson. Todos los demás son simples imitadores, aspirantes a un papel que está fuera de sus posibilidades. De las de ellos y de las de cualquiera.

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Porque, en el irresistible cóctel de talentos que ha situado a Yes, desde sus comienzos, a la cabeza del rock sinfónico, la voz de Anderson, con su registro de soprano y su timbre de contratenor, con su afinación milimétrica y su cristal ultraterreno, no tiene reemplazo posible. Es un vocalista que no se parece a ningún otro, aunque muchos intentan parecerse a él (Geddy Lee, de Rush, tal vez sea el más aventajado) mediante el procedimiento de cantar en falsete y forzar un ligero tono nasal. No es que los clones con que lo sustituyeron -primero Benoit David, luego Jon Davison- lo hagan mal, al contrario, pero a su lado parecen concursantes de Mira quien canta. La gran duda que palpitaba en mi interior, mientras aguardaba en las entrañas del teatro era si Jon Anderson habría recobrado su voz privilegiada después de aquel ataque de asma que en 2008 lo llevó a una unidad de cuidados intensivos, apartándolo de los escenarios y provocando el último cisma en Yes, cuando Squire y Howe decidieron seguir sin él.

David Torres, a las puertas de la sala londinense donde se ha celebrado en último concierto de Yes. / D. T.

Había visto a Yes diecisiete años atrás, iluminando la noche de La Riviera en Madrid, y temía que Anderson ya no pudiera competir con su recuerdo. Al fin y al cabo, tiene 72 años y acaba de superar una grave enfermedad respiratoria. Contaba con que Rabin y Wakeman cumplirían de sobra, y con que los nuevos fichajes, Lee Pomeroy al bajo y Louis Molino III a la batería, estarían a la altura. Pero dejé de preocuparme en cuanto Anderson entonó la primera frase de Perpetual Change, una canción que les acompaña en directo casi desde siempre y que reveló que estábamos en buenas manos. A continuación se desplegaron también el himno I've seen good people y tres clásicos de Rabin -Hold On, The Rythm of Love y Lift Me Up-, en los cuales demostró por qué había sido elegido para llenar el hueco dejado por Howe. Pero el plato fuerte indiscutible de esa tacada fue la pastoral de la banda, And You and I, la deconstrucción de una balada o lo más cerca que ha estado nunca Yes de componer una balada.

En el intermedio, tomé aire y calculé que, perdido entre la audiencia, mi medio siglo parecía casi juventud. Éramos varias generaciones de yessianos venidos desde cualquier tiempo y lugar, agolpados en las entrañas del Hammersmith Apollo para asistir una vez más al misterio. A mi lado había un chaval recién destetado y al lado de él, un hippy anciano y demacrado que parecía una pintura de Roger Dean o el padre de Jon Anderson. Recordé aquella conversación que había oído en La Riviera, poco antes de sonar la obertura de El pájaro de fuego de Stravinsky, cuando un cincuentón gordo le dijo a otro: "¿Sabes a quién le vi yo el primer disco de los Yes? ¡A mi padre, tío! !El Relayer!"

En la segunda parte, Lee Pomeroy hizo un guiño celestial a Chris Squire al acariciar la melodía de armónicos de The Fish que, interpretada tras Changes y Long Distance Roundaround, marcó la entrada imperial de Rick Wakeman quien, oculto tras una cordillera de módulos y sintetizadores, se arrebujó en su capa y su piano para dar paso a Awaken. Ahí, en el ostinato del arpa y en el lamento atmosférico del órgano, en la amplitud de las escalas y en la respiración sideral de las armonías, demostraron que Yes, cuando alcanza una cumbre, sube donde no puede subir nadie.

Terminaron con un par de propinas que hubo que arrancar a gritos: el Owner of a Lonely Heart y, sobre todo, una versión de Roundabout con un inesperado desfile de Wakeman y Rabin entre el público. Al salir con los oídos chorreando belleza recordé aquella frase que oí una vez a un heavy de mi barrio: "Cuando Jon Anderson canta, hasta Dios se calla".

hendjim (YouTube)

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