Philip Glass cuenta sus memorias en ‘Palabras sin música’

Philip Glass
Imagen de archivo del compositor Philip Glass. / Efe

Malpaso es una de las casas editoras más gratificantes y con uno de los catálogos más acendrados e inteligentes de nuestro país. Este año, por ejemplo, no contentos con publicar la obra reseñística de la poeta Wislawa Szymborska, una exquisitez por su rareza, les ha dado por sacar el libro de Alessandro Marzo Magno sobre los primeros editores que en el mundo han sido, las Memorias de Roman Polanski, un sugerente ensayo de David Foster Wallace, Ilustres raperos, unas soberbias páginas sobre este fenómeno musical escritas cuando comenzó el asunto, las correspondientes Memorias de Ennio Morricone bajo el titulo En busca de aquel sonido, o las de Bob Dylan que el autor de Blowing in the Wind ha llamado llanamente Crónicas, o el libro escrito por Geoffrey March y Victoria Broackes, David Bowie is Inside, que es el maravilloso catálogo que se hizo para la exposición sobre el cantante británico en el Victoria and Albert Museum, donde se llegó a mostrar la cucharilla de plata con la que David Bowie esnifaba cocaína. El glam es el glam, último bastión del dandismo de otros tiempos…

De todos estos libros, reseñables, destacaría, ya que estamos en verano y hay que pensar en llevarse algún libro a la boca en periodo vacacional, Palabras sin música, un tomazo de 500 páginas traducido por Mariano López, de Philip Glass, el enorme compositor nacido en Baltimore en 1937, y que está considerado, amén de uno de los grandes del siglo pasado, padre del minimalismo, junto a Steve Reich, Terry Riley y La Monte Young, el celebrado autor de The Well Tuned Piano, y creador de piezas fundamentales como Einstein on the Beach, una ópera escrita en 1976 que le supuso su consagración como músico, a la que siguieron Glasswork, The Photographer, Yoyaanisqatsi, La colina de la hamburguesa, The Light, Orphée, La belle et la bête, el viejo filme de Jean Cocteau, que Glass musicó, por citar algunas de sus obras más celebradas, amén de las bandas sonoras de filmes como The Truman Show o Las horas, la adaptación cinematográfica de la novela de Michael Cunnigham, que dirigió Stephen Daldry en 2002 y que es una curiosa libre interpretación de los últimos días de Virginia Woolf basándose en su novela La señora Dalloway. La película fue un éxito debido a la estupenda interpretación de Meryl Streep, Nicole Kidman, Julianne Moore y Ed Harris y, ni que decir tiene, a la banda sonora de Glass que crea una atmósfera obsesiva, un tanto delirante.

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Estas páginas nos hablan de todas estas cosas, de su amistad con Andy Warhol en los tiempos de la Factory, de su colaboración fructífera con músicos como el indio Ravi Shankar, o con Paul Simon, Linda Ronstadt, Yo Yo Ma, Robert Wilson o Doris Lessing pero, sobre todo, de la evolución creadora de un artista y en este sentido estas memorias no tienen precio.

Philip Glass 'Palabras sin música
Portada del libro del compositor Philip Glass, ‘Palabras sin música’. / Malpaso Ediciones

Es cierto, son palabras sin música, pero esas palabras están llenas de reflexiones sobre ella. Desde sus comienzos en la Juilliard de Nueva York, donde tuvo como profesor a Darius Milhaud, pero aquello no terminó de satisfacerle, las interminables sesiones de piano, hasta su regreso, años más tarde, pero antes se fue a París, donde conoció a Nadia Boulanger y estudió El clave bien temperado, de Johann Sebastian Bach, Mozart, sobre todo sus Conciertos para piano, Wagner y Beethoven. De París pasó a la India, se hizo budista, conoció al Dalai Lama y a Allen Ginsberg, en aquel entonces ferviente defensor de la doctrina. Ese acercamiento a la India y la colaboración esencial de Ravi Shankar, hizo de Glass poseedor de un estilo propio, que completó con los ritmos temporales narrativos de Samuel Beckett. A su regreso a Nueva York , en 1967, Glass es ya plenamente Glass y abandona composiciones basadas hasta entonces en Milhaud para fundar el Philip Glass Ensemble, donde comienza a tocar en los ambientes underground neoyorquinos, por ahí anda ya Warhol, y trabaja como taxista y reparador de electrodomésticos para ganarse la vida…

Todo ello hasta que colabora con Robert Wilson, uno de los padres del minimalismo, en la creación de Einstein on the Beach, un alegato antinuclear escrito por un psicótico, donde cada elemento tradicional operístico se cuestiona. A partir de esta obra la música de Glass comienza a tenerse en cuenta, ganando en popularidad según sus creaciones se van haciendo cada vez más comprensibles para el gran público, como la colaboración con Mike Oldfield en Platinum.

En realidad la fama le llegó con Koyaanisqaski, una película de Godfrey Reggio que Glass musicó en el 81. Desde entonces todo son parabienes,a pesar de las críticas de colegas como Ned Rorem o Milton Babbitt, que lo han tachado de superficial y poco riguroso, y ello al extremo de colaborar con novelistas como Doris Lessing en The Making of The Representative of Planet y con Martin Scorsese en Kundum.

La obra recoge toda esta enorme trayectoria pero lo hace al estilo Glass: como su música estas Memorias se nos acaban imponiendo por su especial sentido de la antirretórica y del cultivo del egocentrismo.

En este sentido, Palabras sin música es un hito memorialístico debido a que, al contrario de las escritas por André Malraux y tituladas Antimemorias, pretenden difuminar todo sentido del ego, realzando sólo lo que de gente corriente, ordinary people, tenemos todos.

Pero no se fíen. Glass es único.