CULTURA / Las redes sociales criticaron que la princesa de Asturias lea a Stevenson y a Dahl y vea películas de Kurosawa

Aventuras y desventuras de la niña sabihonda

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Escena de la película de Akira Kurosawa, director favorito de Leonor, la princesa de Asturias
Escena de la película de Akira Kurosawa, Dersu Uzala (1975).

Desde Molière se sabe que a un hombre sabio se opone una mujer sabihonda y que lo que hay de bueno en el primero se vuelve todo defectos intolerables en la segunda. Pero Molière es francés y aquí estamos en España. Y yo no sé qué elementos confluyeron en algún momento de nuestra historia para que el soberano pueblo español establezca que en España saber es de repipis y el que las niñas pretendan saber, propio de preciosas ridículas, por seguir con el afamado dramaturgo del XVII.

Al parecer, las redes sociales han estallado en groseras carcajadas al conocer que Leonor, la princesa de Asturias, lee a Stevenson y ve pelis de Kurosawa (todavía recuerdo la emoción que me produjo Dersu Uzala hace mil años, cuando la vi por vez primera, ruego perdonen esta deriva). Conoce la obra de Roal Dahl (le leí todo a mi hija a la hora de dormir) y flipa con El viaje de Chihiro, de Hayao Miyazaki,  ¿y quién no?

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Las redes sociales por lo visto representan a la sociedad española, aunque yo no estoy muy segura de eso, y quiero creer que hay una parte de la sociedad española que permanece callada cuando el griterío sube de tono, sobre todo para no contribuir en el triunfo del motín contra la inteligencia. Pero quizás eso sea pecar de optimismo.

Dicen que “se ha visto a Leonor y Sofía con su madre en la Filmoteca de Madrid para asistir a la proyección de El mago de Oz, de Víctor Fleming. Y en los documentales de animación europea de los cines Verdi. Y en teatros alternativos como las salas Cuarta pared o La escalera de Jacob”.  Pilladas in fraganti, sin duda. Y sé que va a sonar demagógico, pero tanto la Filmoteca como las pequeñas salas de teatro alternativo madrileñas --que luchan, por cierto, por salir adelante contra viento y marea--  son lugares abiertos a todo el mundo que quiera asistir, no se requiere sangre real ni ser un millonetis.

No hace falta tener el nivel de niños, como Hannah Arendt, que leían a Kant a los doce, en clase, para resultar un pedante insufrible en España. Un profesor español lo ha comentado muy bien en el diario El Mundo. Profesionalmente, se me ha pedido en varias ocasiones que baje el nivel de los contenidos de mis programas de radio y también del suplemento cultural que tenía a mi cargo en El Mundo. “Escribes para tus 200 amigos”, me decía el director, sobrevalorando mi capacidad social de crear amistades.

La desconfianza de los dirigentes en la capacidad intelectual del soberano pueblo español insiste en permanecer intacta, desde el Siglo de Oro. Algunos inocentes creímos que la democracia ayudaría a que el pueblo español saliera de su ignorancia, que los “jóvenes nacionalistas” --como llamó un medio norteamericano al primer gobierno del PSOE-- sacaran a España de su embrutecimiento hasta el punto de que no la conociera “ni la madre que la parió” (Guerra dixit). No sospeché que fuera la cultura del pelotazo la que iba a triunfar en este país, antaño de gente honrada y trabajadora. Pero, a lo que vamos. Lo de las niñas marisabidillas.

Siento recurrir a mi memoria personal, así que vaya por delante otra ristra de excusas. No he sido buena estudiante, y lo siento. He jugado a trepar árboles centenarios, al balón prisionero, al escondite inglés y he recorrido lugares en bicicleta (hasta sabía reparar los pinchazos en route), incluso en solitario, a los diez o doce años. Mi familia ha sido una familia normal de clase media, que padecía los apuros económicos de fin de mes que caracterizaban a la inmensa mayoría de las familias españolas de los años 60. Pero algo hizo que me gustara leer desde muy niña y que fuera leyendo los libros que mi padre tenía en su biblioteca, de Bécquer a Dumas, de Verne a Salgari. Y antes, tebeos, los pocos que podía conseguir con la propina del domingo. Y ahora sé que esos personajes, esas historias y las que vinieron después, esos modos de ver la vida me abrieron los ojos y los sentidos al buen vivir y espero que estén conmigo cuando llegue el momento del buen morir.

Nadie tiene derecho a cortapisar las ansias naturales de saber de una niña o de un niño. Sin embargo, cada vez que se ridiculiza esa actitud se están creando mesnadas de niños expertos en burricie, que se burlan de sus compañeros porque hablan con propiedad o porque aspiran a paladear el placer que proporciona un concierto para piano y orquesta de Beethoven o la preciosa Dersu Uzala o las inteligentes historias de Dahl. Antes, la cosa era colocar a los niños delante del televisor para que dejaran de dar la lata. Ahora, se les compra un móvil y que les den. Triste destino el de los niños sin lecturas.

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