Rorschach, entre las nubes y Shakespeare

La lámina número IV de las 10 que componen el test de Rorschach
La lámina número IV de las 10 que componen el test de Rorschach. / Wikipedia

La primera vez que haces un test de Rorschach es también la última vez que haces un test de Rorschach. Al menos eso me explicó un amigo, que un paciente sólo podía enfrentarse en una sola ocasión a aquel caos de manchas, porque el test de Rorschach es como una de esas películas a las que hay que ir virgen, sin saber si el asesino es el policía o el mayordomo. Cuando me enseñaron aquellas inquietantes láminas yo tendría, no sé, 17 o 18 años, acababa de sufrir una serie de crisis de ansiedad y el psicólogo al que consulté esperaba sacar algo en claro de mis respuestas, aparte de las 5.000 cucas de la sesión, que para la época, era una pasta. No acerté ni una sola mancha. En cuanto le empecé a contar las películas que yo veía ahí --castillos transilvanos, pulmones abiertos en canal, vasectomías y ginecologías varias--, el hombre se quitó las gafas y empezó a mirarme con cierto respeto. Llegada la quinta lámina, empecé a cortarme un poco, porque pensé que lo mismo me estaba reservando una nota a pie de página en un manual o una habitación en el Alonso Vega.

La segunda vez que me enfrenté al test fue en una ocasión mucho menos formal, unos años después, cuando una novia que estudiaba Psicología me mostró de nuevo una de las láminas y me preguntó que veía yo ahí. Le dije que una montaña lovecraftiana, una cumbre inaccesible, monstruosa, cubierta de nieblas, un pico que desafiaba el empeño humano y ante el que un hombre era menos que un insecto, insignificante como una mota de polvo. Ella, en cambio, me aseguró que veía un motorista en escorzo, subido a una moto, con las botas apoyadas en los pedales, las manos en el manillar y todo envuelto en una nube de polvo. Le dije que no podía ser, que de dónde se sacaba aquello, que estaba clarísimo que era una montaña. Era evidente que no estábamos hechos el uno para el otro.

Publicidad

Hermann Rorschach en 1910
Hermann Rorschach en 1910. / Wikipedia

El test de Rorschach ha cumplido 100 años y, aunque muchos científicos lo hayan relegado al baúl de los cahivaches pasados de moda (junto con los sextantes, las sanguijuelas y los barcos a vapor), sigue manteniendo un encanto indestructible, una especie de nostalgia tontorrona, igual que cuando consultamos el horóscopo. Su creador, Hermann Rorschach, un psiconalista suizo, era hijo de un profesor de pintura y de alguna manera se las apañó para transformar la vocación frustrada de su padre en un método diagnóstico de evaluación cognitiva.

Para los profanos el test de Rorschach es un espejo de tinta donde cada cual proyecta los miedos, angustias y anhelos reflejados en su interior y que luego el psiquiatra interpreta a su modo. Contemporáneo de Kandinsky y de Klee, parece como si Rorschach estuviera prefigurando una guía de lectura de la pintura abstracta. Sin embargo, más bien se trata justamente de lo contrario, de distinguir los arquetipos visuales comunes a la percepción humana, la base sobre la que construimos las imágenes. Rorschach seleccionó quince láminas (que luego redujo a diez) y las utilizó en primer lugar para distinguir entre neuróticos y psicóticos, pero murió demasiado joven, con 37 años, como para asistir a su triunfo.

En cierto modo, todos hemos hecho alguna vez un test de Rorschach al mirar las nubes desgarrarse entre el viento y adivinar en sus lentas danzas, en sus ebulliciones, formas y objetos, flores y animales. Recuerdo que, cuando era un muchacho, vi ocupando el cielo entero de mi barrio el perfil exacto de Cristo coronado por un rosario de espinas, una visión que hubiera llevado al sacerdocio a cualquiera menos agnóstico que yo y que se desintegró en apenas un minuto en un montón de jirones. La doctora Bronstein --la protagonista de la novela que no pude escribir y que acabó incrustada en el interior de mi libro Palos de ciego-veía en el acertijo de las nubes, según las contemplara en la juventud, la madurez o la vejez, una radiografía de su vida. Siglos atrás Shakespeare ya había escrito en Antonio y Cleopatra: “A veces vemos una nube que es como un dragón, un vapor que parece un león o un oso, un castillo con sus torres, un peñón colgante, un monte recortado, un promontorio azul con árboles que se inclinan ante el mundo y con aire burlan nuestros ojos. ¿Lo has visto? Son escenas del oscuro anochecer”.