LITERATURA

Hijo del pasado

  • Comentario literario de la novela ‘Hijo del pasado’, de la escritora Blanca Miosi

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Narrativa contemporánea: Hijo del pasado

Autora: Blanca Miosi

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Qué hubiese sucedido si hubiera tenido una oportunidad. Una sola oportunidad. Waldek Grodek, el niño polaco que se enfrentó a los nazis, no encontró a nadie que le sacara del mortal agujero.

“Es ridículo pensar que podía vivir como si el pasado no existiera”, reflexiona Kozlowski en la última novela de Blanca Miosi: Hijo del pasado. Lo ocurrido quedó atrás, cierto. Para él y para todos los que eran como él. Pero también Daniel Kozlowski, “como todos, era el resultado de ese pasado (…) Era un hijo del pasado”. Lo era Kozlowski, como también lo había sido Grodek, como lo fueron otros miles y miles de niños judíos, destinados irremediablemente a morir.

“Durante setenta y un años (Daniel Kozlowski) abrió los ojos a las cinco y treinta de la mañana”. Todos y cada uno de los días de su vida. Y probablemente “lo seguiría haciendo hasta que los cerrara de manera definitiva”. No, “los codiciados años dorados no tenían el significado que había imaginado”. No podían tenerlo.

Daniel Kozlowski no había disfrutado una vida de rosas. ¿O sí? Había conseguido lo único que realmente le hacía falta: una oportunidad. Y con ese golpe del destino, a su media naranja: una mujer inteligente y hermosa, probablemente descendiente de los Románov.  También una brillante carrera como neurocirujano, aunque en toda vida existen luces y sombras, claros y oscuros.

Waldek Grodek protagoniza La búsqueda, la primera novela de Blanca Miosi, publicada en 2008 y seleccionada como la novela en español más vendida en todos los tiempos en Amazon. Daniel Kozlowski protagoniza ‘Hijo del pasado’, la última novela de esta escritora latinoamericana, publicada en 2019 y que se encuentra en el top 20 de ficción en español en Amazon Estados Unidos. Con la novela Hijo del pasado, Blanca Miosi ha querido darle una oportunidad merecida a su querido Waldek, un personaje inspirado en la vida de su marido, un niño polaco, judío y prisionero en los campos de Auschwitz.

Blanca Miosi construye de nuevo una excelente trama que teje hábilmente con subtramas que concluyen e inician otras nuevas. Así, sin apenas respiro, te mantiene en vilo, y en vela, durante toda la historia de este hijo del pasado. Te arranca emociones y te enamora de cada uno de sus personajes. Todos auténticos, de carne y hueso, hasta los más elementales. Incluso los más miserables encontrarán un hueco en tus afectos, aunque sólo sea comprensión.

Pasado, presente… y futuro se funden, en esta novela, en una sola línea de tiempo en el que no importa cuándo, sino la persona que forjó, su capacidad para enfrentarse a su espejo y al de los demás, su aprendizaje… Blanca Miosi añade además pinceladas de la historia de nuestros tiempos más próximos, donde Leonardo Da Vinci rematará esta aventura con unos impresionantes brochazos muy bien documentados.

Termino con un párrafo textual de Hijo del pasado. El pequeño judío Daniel ha sido rescatado de las garras de los ingleses. Por fin llega a su tierra prometida, a Estados Unidos:

«A ojos de Daniel, América era tan diferente de Europa como el vinagre del aceite. Su gente tenía la libertad impregnada en la piel, no temían expresar sus ideas y hasta los judíos eran tratados de manera normal, o casi normal, pues según Bendahan también existía cierto antisemitismo, pero nunca tan palpable como en Europa, debido a que los Estados Unidos estaba conformado por inmigrantes. En 1947, sin embargo, no se podía decir que los negros fuesen tan aceptados. Un país que comenzó siendo de inmigrantes anglosajones veía con desconfianza a cualquiera que tuviera rasgos negroides, latinos y hasta a los propios nativos americanos. Solo existía un único rasgo igualitario: el dinero. Si se era lo suficientemente acaudalado lo demás se pasaba por alto. No existía la nobleza como en Europa, por lo tanto el origen importaba poco.

                 Empezó su nueva vida en Hyde Park, en la antigua casa de Samuel Bendahan en la avenida Kimbark. Cuando llegaron, el viento azotaba sin clemencia los árboles a lo largo de toda la calle. Todavía era de día y pudo fijarse con su acostumbrado sentido del detalle que era una casa agradable de dos niveles construida en ladrillo y techo a dos aguas. Al entrar, una sonriente mujer asiática que apareció como salida de la nada saludó a Bendahan con un tono peculiar, sin quitarle el título.

                 —Buenas tardes, doctor, estoy feliz de que haya regresado. Esta vez el viaje fue largo, ¿eh? Suba que enseguida le preparo la tina con agua caliente. —Quedó en silencio al ver a Daniel.

                 —Hola Xía, él es Daniel Kozlowski. Vivirá aquí.

                 Los ojos oblicuos de la mujer iban de uno al otro, y Daniel la miraba hipnotizado. Sintió un codazo de Bendahan y reaccionó.

                 —Mucho gusto, señora Xía. Es un placer conocerla.

                 La sonrisa de Xía mostró una hilera de dientes y le dio la bienvenida.

                 Daniel ocupó una habitación situada en la buhardilla. Tenía para su uso un baño privado al lado del dormitorio. Se asomó a la ventana que daba al frente y vio a los árboles tambalearse por el viento, mientras un coche pasó dejando un sonido en cierta forma reconfortante que se amortiguó en la lejanía, le trajo recuerdos de cuando era niño y las cosas eran normales en Varsovia. Cosa extraña, pero ese sonido siempre lo reconfortaba. Hacía tanto tiempo de aquello que no recordaba lo que era vivir en una casa en la que hubiera salón, cocina y dormitorios. Se había acostumbrado a acomodarse en cualquier parte ocupando el menor espacio posible para no estorbar a los demás o para no ser estorbado, de manera que aquella habitación le pareció un verdadero lujo».

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