Dos siglos de Frankenstein

Frankenstein
El monstruo Frankenstein en una de sus adaptaciones cinematográficas. / Youtube

Como el de la criatura que alberga entre sus páginas, el nacimiento de la novela de terror por antonomasia tuvo mucho de fábula: una reunión de escritores a orillas del lago Lemán, una apuesta literaria en medio de una noche oscura entre aguas abisales, truenos y relámpagos. Mary Wollstonecraft Shelley -por entonces, Mary Godwin- era una jovencita de 18 años que dejó sin palabras a dos de los poetas más renombrados de su época, el saturniano George Gordon Byron y su futuro marido, Percy Bysshe Shelley; y de paso al médico personal de Lord Byron, John William Polidori, y a su hermanastra Claire Clairmont, que estaba empecinadamente enamorada de Byron. Entre vampiros, espectros y otras antiguallas góticas, de repente, aquella velada mágica del 16 de junio de 1816 en Villa Diodati, apareció un ser inconcebible, un monstruo hecho a base de retales de cadáveres. Dos años después, el 1 de enero de 1818, en una tirada de quinientos ejemplares se publicó Frankenstein o el moderno Prometeo.

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Al igual que la criatura que deambula en su interior, Frankenstein inició una andadura incierta: nadie, ni siquiera su creadora, alcanzó a vislumbrar el verdadero poder de un libro destinado a atravesar épocas. Nacido en plena eclosión romántica, bajo el rugido de las primeras máquinas de vapor, Frankenstein anunciaba también, con casi dos siglos de adelanto, los avances espectaculares en materia de trasplantes y los riesgos de la manipulación genética. El doctor Victor Frankenstein pretendía vencer a la muerte y los últimos avances en el desciframiento del genoma humano están muy cerca de hacer realidad sus sueños. De las puntadas y los cortes practicados sobre una carne muerta a la experimentación en las cadenas de ADN sólo media la imaginación atroz y todopoderosa de una jovencita.

«Frankenstein mezcla el amor y el terror, la reflexión filosófica y la novela de aventuras bajo el hechizo de una prosa en continuo estado de gracia que no da tregua al lector»

Como la criatura hecha con pedazos de cadáveres, la novela nació de un cruce increíble de voces y de géneros. Desde el subtítulo que enlaza el mito griego de Prometeo -el titán que se rebela contra los dioses para traer el fuego a la especie humana- con el prototipo de la ciencia-ficción, Mary Shelley levantó un prodigio literario de una mesa de operaciones merced a un milagro de la cirugía y un latigazo eléctricoFrankenstein mezcla el amor y el terror, la reflexión filosófica y la novela de aventuras bajo el hechizo de una prosa en continuo estado de gracia que no da tregua al lector.

El séptimo arte intentó hacerle justicia pero, a pesar de la multitud de varias afortunadas adaptaciones, ninguna está a la altura incomparable del original. James Whale creó, gracias a su talento y al tronío espeluznante de Boris Karloff, dos soberbios poemas cinematográficos llenos de poesía y de belleza. Bill Condon recreó los años finales de Whale en una hermosa parábola titulada Dioses y monstruos. Gonzalo Suárez se aventuró en las entrañas mismas de Villa Diodati con Remando al viento, una película que navega con el viento del romanticismo donde Byron le dice a Mary Shelley una frase que parece tomada de la novela: “Si has tenido el valor de escribir nuestros destinos, ten el valor de aceptarlos”. Hasta George Lucas se atrevió a plagiar la fórmula alquímica de la creación en el nacimiento de Darth Vader. Pero quizá la recreación más fiel al espíritu y la letra del libro sea Mary Shelley’s Frankenstein, de Kenneth Branagh, una cinta barroca y deslumbrante, aunque algo lastrada por la influencia de aquel magno delirio de CoppolaBram Stoker’s Dracula.

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Tiene gracia que en algunos círculos se siga proclamando que las escritoras son incapaces de producir obras de imaginación razonada, cuando la obra maestra de la literatura fantástica de todos los tiempos la firma una mujer. Doscientos años después de su concepción, la criatura imaginada por Mary Shelley está lejos de haber dicho su última palabra.

The 42nd Street Mutant (YouTube)