Machismo y sinhogarismo: la desigualdad brutal que ni siquiera el feminismo ve

Ellas tienen una estrategia: la invisibilidad. Esconderse es su superviviencia y su condena. Son la X de una ecuación que nadie parece tener interés en resolver: las mujeres sufren más pobreza, más precariedad, reinan en la economía sumergida e, incluso, tienen de media pensiones más bajas. Sin embargo, a la hora de revisar las pocas estadísticas que hay sobre las personas sin hogar, la población femenina solo representa el 19,6% de los ciudadanos que viven en la calle, 22.938 en total, según la Encuesta a las personas sin hogar del 2012, un último gran sondeo realizado antes de que la crisis se cronificara en los hogares. Hoy las entidades calculan que la cifra puede ascender a 40.000 personas, ¿dónde están entonces las mujeres más vulnerables?

“Las mujeres hacen lo que sea antes de quedarse en la calle“. Es la respuesta común de todas las fuentes consultadas. No hay cifras que lo avalen, pero así lo atestiguan las personas que han sufrido sinhogarismo y los profesionales de la asociación Realidades. Ese “lo que sea” puede referirse a pedir ayuda a familiares, trabajar de interna en una casa por cualquier salario, aguantar en una relación tóxica o violenta o prostituirse. Lo que sea. Ese temor a dormir a la intemperie tiene una raíz profunda que todas las mujeres comparten: ese miedo a ir por la calle de noche, a ser agredida. Ese sentimiento de indefensión se multiplica cuando sospechan que no hay hogar al que caminar y que además de transitar por avenidas o callejones tienen que dormir en ellos. “Sabes que vas a sufrir violencia por el simple hecho de ser mujer. Es un instinto que tenemos todas y que nos inculcan desde chiquititas. Por eso, antes de llegar a esa situación, te escondes”, explica Ángela, que prefiere utilizar un nombre ficticio.

“Una mujer antes de llegar a la calle busca otras opciones. Son posibles víctimas de agresiones sexuales. Hay menos mujeres en la calle, pero son más agredidas”, corrobora Beatriz, responsable de Comunicación de la Asociación Realidades. La especialista alerta de que cuando ellas llegan a bancos o soportales “lo hacen con una salud mental más deteriorada que los hombres“. Han llegado al límite, incluso, soportando durante años relaciones de violencia porque no tenían otro sitio a donde ir.

El sexo, la edad y el paro

Ángela es el ejemplo de cómo se puede tener un techo sin tener un hogar. Tiene ahora 60 años y nunca ha estado en situación de calle. Trabajó toda su vida en la economía sumergida hasta que con 46 o 47 años se quedó en paro. “He sido hasta teleoperadora en negro”, relata. Al principio se apañaba durmiendo en sofás de amigos o familiares, pero la situación se alargó hasta hacerse insostenible. Durante siete u ocho años no encontró nada. “Cuando llegas a esa edad, nadie te da trabajo”, argumenta sobre cómo encaró una crisis económica que ha durado diez años. Después de pasarse la mayor parte de su vida trabajando sin cotizar, se vio rozando la cincuentena en el paro y sin prestación por desempleo. Entonces pidió ayuda y así fue como llegó a Realidades, que hizo los trámites necesarios y le ayudó a encontrar empleo a través de un programa social.

Ángela se considera una mujer con suerte. Buscó asistencia rápidamente y evitó tener que dormir en la calle, aunque sigue siendo una persona sin hogar. Las ayudas y el sueldo en Madrid solo dan para alquilar una habitación, pero está contenta. “La atención psicológica es algo en lo que la gente no repara, pero cuando estás en esa situación tienes una depresión de caballo, pero te cuenta verlo. Es una pescadilla que se muerde la cola, no sabes salir, no ves más allá. Necesitas que te echen una mano para ponerte  las pilas”. Las entidades sociales se esfuerzan en subrayar esta idea: la calle no es el final, es el principio. Tener un hogar es el primer paso para cuidar la salud, para encontrar un trabajo o para desintoxicarse y no al revés.

En la misma franja de edad se encuentra Ana (nombre ficticio) que también pasa de los 60. Ambas insisten en que hay muchas personas de su quinta que han pasado por situaciones de extrema necesidad. “La gente se sorprendería”, repite Ángela. Los dos testimonios tienen muchas más cosas en común. Fueron niñas criadas en el franquismo y crecieron en una época en la que las mujeres eran educadas para ser buenas esposas y quedarse en el hogar al amparo de su marido. Las dos se resistieron a ese destino. No tienen esposo y no han tenido hijos y siempre han trabajado… en lo que podían.

Si en los últimos años muchas mujeres han desvelado el sentimiento de culpa que se desarrolla al no cumplir con las expectativas sociales ligadas a la maternidad, Beatriz advierte de que se multiplica cuando las mujeres viven en condiciones de inestabilidad. “El estigma es más grande. Las mujeres estamos relacionadas con lo privado, con la casa y la familia, y la sociedad ve que ellas han fracaso doblemente porque no han sido capaces de mantener su hogar. Hay recursos públicos para los menores en situación de calle, pero algunas madres se sienten muy culpables, especialmente si tienen alguna adicción”, explica la especialista sobre la ruptura de los nexos familiares que son después difíciles de retomar. Una de las características del sinhogarismo es que los afectados acaban aislándose de su entorno.

Estrategias para protegerse en la calle

Ana se casó con 18 años para ser libre. Se separó pocos meses después y tardó en divorciarse años, cuando la ley lo permitía. Es una mujer de mundo, pero el corazón le puso un tope. Tras estar varios años trabajando en Estados Unidos, volvió a España. Entre empleo y empleo, la tuvieron que poner un triple bypass. Sin poder trabajar, vivió en la calle durante un año en el que desarrolló sus propias estrategias para sobrevivir: “Vivía de lo que podía. No soy la típica mujer que se mete en broncas. No iba con grupitos”, explica. “Cuando eres mujer sabes que va a haber machismo, te encuentres en la posición que te encuentres. En la calle si tienes novio no eres tan vulnerable. Si no lo tienes, puedes ser presa de cualquiera”.

Esa necesidad de protección ante la falta de recursos no se produce solo en la calle. Ana cuenta cómo muchas mujeres que han sido amas de casa toda la vida o que han sufrido paro no se atreven a dar el paso y se quedan a las órdenes de su marido, sus hermanos o sus hijos.

Ana tiene una ventaja que para otros es un escollo: le gusta la soledad y eso le ha facilitado cierta independencia. “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”, bromea tras definirse como “pícara”. Conoce historias de mujeres que llegaron a la calle sin su experiencia: “Si eres más joven pueden pedirte favores sexuales. A mi edad ya no te miran así, pero te insisten por si tienes algún dinero, cigarros o comida, especialmente si te conocen y saben que puedes guardar algo”. Para esta veterana, subsistir en la calle exige tener un carácter fuerte y una capacidad de adaptación camaleónica: “Si yo voy a Roma, me comporto como los romanos”.

Ambas son mujeres enérgicas y vitalistas. No se adaptan a los estereotipos y valoran su libertad. Tienen un discurso feminista, pero se lo piensan cuando se les pregunta por este término o por otros tan usados como “la sororidad”: “Siempre ha existido la solidaridad entre mujeres. Eso de la rivalidad es un invento de los hombres, a ellos les viene muy bien”, bromea Ángela.

Aunque estemos en plena ola feminista, no se sienten demasiado interpeladas: “No estamos en el lobby feminista. Los sin techos no venden tanto. En los albergues hay maquinillas y cremas de afeitar, pero no compresas. Una vez hicimos una petición de firmas para pedir que se cambiase eso y no tuvo mucho éxito”, lamenta Ángela. “Interesa mucho más el machismo en la Literatura del Siglo de Oro que el machismo que sufrimos nosotras”, explica con ironía sobre el ostracismo que sufren estas mujeres que hacen equilibrios en los márgenes del sistema.

 

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