El legado de Lisístrata

  • La resistencia no violenta se ha mantenido a lo largo de la historia como herramienta clave en la lucha contra el poder

Hace más de dos milenios, en la Antigua Grecia, Aristófanes escribió una comedia de tono antimilitarista que ya reconocía el poder de la acción noviolenta. En la obra, una mujer llamada Lisístrata encabeza una huelga sexual femenina para exigir a los hombres que pongan fin a la Guerra del Peloponeso: “Mujeres, si vamos a obligar a los hombres a hacer la paz, tenemos que abstenernos del falo”, exclama en el texto la protagonista. Aunque se trata de una ficción humorística, esta comedia del siglo V a.C ya advierte, tal vez sin quererlo, de la importancia que tendrá la resistencia noviolenta como estrategia para conseguir objetivos políticos.

Desde el famoso boicot contra el apartheid sudafricano hasta las marchas de las madres y abuelas de la Plaza de Mayo en Argentina, pasando por el más reciente movimiento BDS en protesta contra las políticas belicistas de Israel o los movimientos de indignados como el 15M en el estado español, son muchas las acciones noviolentas que colectivos y comunidades han utilizado para luchar contra el abuso de poder o para tratar de cambiar el sistema establecido. Se trata, según sus defensores, de encontrar métodos alternativos que permitan luchar activamente sin recurrir a la violencia.

Ni violenta ni pasiva

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Jamila Raqib es la directora ejecutiva de la Institución Albert Einstein, en Boston, y sucesora del recientemente fallecido escritor Gene Sharp, considerado uno de los mayores expertos en materia de acción noviolenta. Raqib asegura que este tipo de lucha que renuncia al uso de métodos violentos a menudo no se comprende o se interpreta mal: “Se ha utilizado el concepto de la noviolencia para describir un estado de inacción o el simple rehúso de la violencia, pero la resistencia requiere siempre de una actitud proactiva, implica utilizar diferentes tipos de nocooperación social, política y económica para generar cambios”, explica la directiva a través de videollamada.

Bajo esta perspectiva, Gene Sharp publicó en 1973 una recopilación bajo el título 198 métodos de acción noviolenta que en muchos casos contradice la versión más edulcorada del tópico de la noviolencia. En efecto, algunos de los métodos expuestos pueden requerir una confrontación física con las fuerzas del orden, como la obstrucción del paso, la ocupación de espacios o incluso las invasiones noviolentas, mientras que otras estrategias pueden implicar el incumplimiento de la ley vigente, como el impago de impuestos, la negación de colaborar con las autoridades o el uso de identidades falsas, la huida y la ocultación.

María Villellas, investigadora en la Escuela de Cultura de Paz de Barcelona y miembro de la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad, explica que el éxito de la lucha noviolenta es que “consigue transformar la sociedad y generar cambios que perduran en el tiempo”. Para Villellas, a la hora de analizar si una estrategia es útil o no para resolver un conflicto es esencial sopesar las consecuencias que puede comportar: “¿Cuántas vidas vale un proyecto político? La fuerza de la noviolencia radica en que, aunque no siempre tenga éxito, no pone vidas en juego”. Un caso inspirador para la investigadora catalana es el de las mujeres liberianas que, en 2003 y encabezadas por Leymah Gbowee, consiguieron acabar con la guerra civil en Liberia siguiendo una estrategia que incluía algunas de las iniciativas de la griega Lisístrata.

Desobediencias

Desde que Aristófanes presentara por primera vez en Atenas la historia de aquella mujer pacifista, han sido muchas las luchas que han pasado a la historia de la resistencia noviolenta. En Hong Kong, por ejemplo, miles de personas salieron a las calles en 2014 para exigir elecciones libres. La primera reacción de Pekín fue utilizar gas lacrimógeno para poner fin a las protestas, a lo que los manifestantes respondieron con más personas en las calles, esta vez ataviadas con paraguas para protegerse del gas. Nada cambió entonces, pero aquella fue la primera vez que miles de hongkoneses plantaron cara de forma pacífica al gobierno de Pekín en la bautizada como “protesta de los paraguas”.

En Irán, a principios de este año, varias mujeres protagonizaron el movimiento “Chicas de la calle de la Revolución”, que consistía en quitarse el hijab y ondearlo en la principal avenida de Teherán, capital iraní, para protestar contra la obligatoriedad del uso del velo en el país. La protesta respondía a la iniciativa de Masih Alinejad, una periodista iraní residente en Estados Unidos que empezó a publicar en redes sociales fotos suyas, sin velo, bajo la etiqueta #MiLibertadOculta. Una acción que, a su vez, nació de las protestas silenciosas que desde el año pasado muchas otras mujeres iranís llevaron a cabo todos los miércoles: usar un velo blanco para cubrir su cabello. Ese fue, de hecho, el símbolo que dio nombre a los “miércoles blancos”, la acción de desobediencia civil protagonizada por las iranís.

En ninguno de los casos anteriores se consiguió tumbar el poder establecido, pero ambos pusieron en evidencia el espíritu crítico y a la vez pacífico de la sociedad. Jamila Raqib reconoce que “por supuesto, movilizar a miles de personas es algo lento” pero asegura que “la victoria no depende del tiempo invertido, sino de tener una buena preparación, de ser efectivo” y recuerda una exitosa iniciativa del pueblo guatemalteco en 2015, cuando cientos de manifestantes se concentraron frente al Tribunal Supremo Electoral para exigir reformas y para pedir la dimisión del presidente, acusado de corrupción. Los concentrados dejaron decenas de huevos en las puertas del edificio con pancartas que desafiaban: “Aquí tienen los huevos que les faltan”. Una semana después, el entonces presidente Otto Pérez Molina dimitió.

La rebelión como derecho

Aunque hay pocas legislaciones que contemplen la resistencia noviolenta como herramienta legítima de defensa contra la opresión, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su preámbulo, sí considera la posibilidad de que “el hombre se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión” en caso de que sus derechos fundamentales no sean protegidos “por un régimen de Derecho”. Con ley o sin ella, muchos autores defienden que los principios éticos deben prevaler por encima de las legislaciones de los gobiernos, incluso ante el riesgo de que el estado aplique su poder punitivo. Así, uno de los activistas más destacados en el campo de la desobediencia civil, Henry David Thoreau, escribía en 1849 que “bajo un gobierno que encarcela a alguien injustamente, el lugar que debe ocupar un hombre justo es también la cárcel”.

Martin Luther King dando su discurso “Yo tengo un sueño” durante la Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad en Washington, D.C., 28 de agosto de 1963

Esta filosofía de la desobediencia consciente de Thoreau inspiró algunas de las luchas que marcarían un antes y un después en la historia de la resistencia noviolenta. Mahatma Gandhi, líder de la lucha pacífica por la independencia de la India, pasó varias veces por la cárcel por sus marchas y protestas. Del mismo modo, Martin Luther King, icono de la lucha contra la segregación racial en EEUU, también fue encarcelado en más de una ocasión. Fue en una de estas estancias, desde Birmingham, cuando King escribió su famoso alegato a favor de la desobediencia y de la acción directa sin el uso de la violencia: “Es el momento de elevar las políticas de esta nación, sacándolas de las arenas movedizas de la injusticia racial y asentándolas sobre la firme roca de la dignidad humana”.

También Nelson Mandela, cara visible de la lucha antiapartheid en Sudáfrica, reivindicó su derecho moral de pasar por encima de la ley para luchar por una sociedad más justa. En 1964, ante el Tribunal Supremo de Pretora, pronunció uno de sus discursos más famosos, antes de ser condenado a cadena perpetua: “Optamos por desafiar al Gobierno porque todas las formas legales de expresar la oposición al principio de la supremacía blanca habían sido proscritas por ley”. Ante ese mismo tribunal, Mandela terminó su alegato anunciando: “El ideal de una sociedad libre y democrática es un ideal por el que espero vivir y que espero lograr. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”.

Disciplina noviolenta

Pese a los grandes éxitos de algunos líderes de la desobediencia civil, María Villellas remarca que es importante ser consciente de que “no todos somos Mandela”. Criminalización, inhabilitación, multas, cárcel, torturas e incluso ejecuciones han sido algunos de los castigos aplicados a históricos activistas que, como el líder antiapartheid, estaban dispuestos a llegar hasta el final: “Las personas que utilizan estrategias noviolentas, en general, están dispuestas a llegar hasta las últimas consecuencias, pero esto tiene unos costes personales importantísimos”, recuerda la investigadora.

María Villellas

Jamila Raqib defiende, aún así, que el uso de la violencia estatal como respuesta a las acciones de desobediencia civil es, al contrario de lo que pueda creerse, una clara señal de éxito: “Cuando un grupo no es poderoso, simplemente es ignorado, pero cuando se convierte en una amenaza para el sistema establecido, entonces aparece la violencia en sus múltiples formas”. Para Raqib este es un punto de inflexión que puede determinar el futuro de la lucha social. Según explica la activista, “si no estamos preparados para entender que probablemente el poder responderá con métodos violentos, la lucha puede terminar en una rendición o en un peligroso giro hacia la violencia”.

Funcione o no, los defensores de la resistencia civil recuerdan a los más escépticos que el método violento ya ha demostrado ser un fracaso. María Villellas asegura que “muchas veces los métodos violentos consiguen firmar acuerdos de paz que no aportan ninguna transformación real y que siguen legitimando desigualdades e injusticias”. Para Jamila Raqib, además, es importante recibir una educación basada en la noviolencia para aprender a afrontar los conflictos de una forma distinta: “Conocer historias inspiradoras es esencial para entender que ante cualquier conflicto siempre hay una vía que depende de si utilizamos nuestro gran poder para destruir o para construir”.