Gladys del Estal, el icono antinuclear al que el ecologismo español no olvida

  • Este mes, Euskadi y Navarra se han llenado de homenajes a esta activista a la que mató un guardia civil en 1979

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En un rincón del parque de Cristina Enea de San Sebastián descansan un puñado de claveles rojos y frescos. A su lado, un cartel con el símbolo antinuclear rodeado de la inscripción 'Gladys Gogoan'. Son las huellas que ha dejado la memoria en el Euskadi y Navarra. Otras veces el empeño de recordar ha tomado forma de exposición en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) o de una marcha en bicicleta . El 3 de junio de 1979, un guardia civil mató a la activista ecologista Gladys del Estal en Tudela (Navarra) en un festival antinuclear. Cuatro décadas después, sus compañeros la recuerdan mientras ven nacer una nueva generación que coge el testigo de sus reivindicaciones.

Gladys del Estal, nacida en Caracas y criada en San Sebastián, fue una víctima de la violencia policial del tardofranquismo ."La recordamos porque las razones que la llevaron a Tudela aquel fatídico 3 de junio de 1979 siguen vigentes", explica Martín Anso, portavoz del colectivo Eguzki. Esta organización es una de las herederas de la labor de los Comités Antinucleares del País Vasco, que en los 70 tuvieron una actividad intensa. En 1972, el gobierno franquista había otorgado una autorización a la empresa Iberduero para construir una central de dos reactores en Lemoiz. En 1973 también solicitó permiso para levantar otras tres, en este caso, en Ea-Ispaster (Bizkaia) en, Itziar-Deba (Gipuzkoa) y en el Soto de Bergara en Tudela, Navarra (un reactor).

La contestación social contra la nuclearización de la zona fue intensa y ganó varias batallas. Estas tres últimas plantas no llegaron a funcionar. El 28 de marzo el accidente de la central nuclear de Harrisburg, en Estados Unidos, puso en alerta al movimiento ecologista mundial, que convocó para el 5 de junio de 1979 marchas en todo el mundo. En España, se decidió hacer el domingo anterior, el día 3, y fue organizada por los Comités Antinucleares de Euskadi y la Asamblea para la Defensa del Medio Ambiente de la Ribera (ADMAR) en Tudela.

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Ese día, Gladys, que tenía 23 años, viajó de Egia a Tudela, donde se celebraba el festival antinuclear. Había estudiado Informática y empezaba Químicas y también impartía clases, además de su activismo ecologista. La jornada reivindicativa había sido autorizada y transcurría tranquila y festiva. A pesar de lo agitado del ambiente político de la Transición, los asistentes no percibieron ningún peligro. Después de la hora de la comida, cambió todo. La Policía Nacional comenzó a cargar. Así lo contaba el periodista Fermín Goñi en El País: "Cuando los cinco comisionados dialogaban con el capitán, un teniente de la Policía Nacional, al toque de silbato, ordenó cargar contra los concentrados, produciéndose escenas de gran tensión, así como varios contusionados, alcanzados por los disparos de pelotas de goma".

Una imagen de Gladys del Estal retocada para una exposición/ Eguzki.

Como reacción a la carga policial, un grupo de personas, entre las que estaba Gladys, hicieron una sentada junto al puente del Ebro, parando la circulación. Minutos después, llegó un grupo de guardias civiles quitando el seguro de las armas. "Cuando la policía nos disolvió, yo ya había perdido de vista a Gladys. Fui a los autobuses a dejar una chaqueta. Ya volvía hacia donde estaba ella y la gente venía corriendo horrorizada diciendo que habían matado a una chica", recuerda Isabel Fernandino, amiga de Gladys, que en ese momento contaba 17 años. Cuando llegó a la zona, ya no estaba el cuerpo, se lo habían llevado a un centro de salud, donde no pudieron hacer nada por su vida. El guardia civil José Martínez Salas había disparado su arma y una bala había cruzado el cráneo de la activista en una sentada pacífica.

"Vi como caía herida". Rafa Alday hoy pertenece al colectivo Gladys Gogoan. Entonces tenía 21 años  y también había acudido a la jornada antinuclear. Su primera reacción al oír el tiro fue "huir espantado" ante el miedo de que le pudiera "ocurrir lo mismo". Fue dando la voz de alarma hasta que logró serenarse y pidió ver a su amiga. "Fue inexplicable", recuerda cuando se pregunta por qué la Policía inició las cargas en un primer momento y después apareció la Guardia Civil. 

"Yo estaba en shock". Fernardino reconoce que aún hoy tiene "recuerdos difusos". Después de tantos años, sigue "completando el puzle" de ese día. Tras la muerte de Gladys "seguimos haciendo lo que estábamos haciendo". A sus lecturas, grupos de estudio y protestas, los compañeros presentes sumaron visitas a la comisaría para testificar, convocatorias de protestas y actos de recuerdo.

Lejos de amedrentar a los activistas, el asesinato de Gladys provocó una oleada de protestas en Euskadi y Navarra, que se concretó en la convocatoria de una huelga. Alday recuerda cómo la población se volcó los días posteriores a la muerte de la activista: "Por aquel entonces vivía en San Sebastián y se ocupó la calle". Pese a que la democracia empezaba a echar a andar, también alzaron la voz algunas instituciones locales, como el propio consistorio donostiarra o el Ayuntamiento de Tudela, que lanzó un comunicado pidiendo dimisiones en el Ministerio del Interior, tal y como contó ABC.

En septiembre de 1979, el diputado socialista Cipriano García Rollán pidió explicaciones sobre lo sucedido al Gobierno mediante una pregunta parlamentaria. A pesar de que no se había celebrado el juicio, el Ejecutivo asumía la tesis de la Guardia civil, asegurando que un manifestante intentó arrebatar el arma al agente, que acabó disparando de forma "totalmente accidental" a Gladys. En conclusión, el gobierno defendía que las medidas adoptadas tenían "plena justificación" porque "la concentración trascendió claramente los planteamientos ecológicos" y que hubo "intervenciones de apoyo al terrorismo y  ofensas a las Fuerzas de Seguridad y al propio Ejército", una versión contra la que los allegados de la activista llevan 40 años luchando.

El juicio

Sus amigos y compañeros no olvidan, pero el tiempo sí les ha permitido ordenar los acontecimientos con más distancia. "Salíamos de una situación de represión. Las fuerzas del orden seguían estando en manos de los mandos fascistas y  demostraban su poder", recuerda Alday. Sucesos como los de Montejurra (1976) o los Sanfermines de 1978 se habían cerrado sin condenas. Por eso, sentar al guardia civil José Martínez Salas en el banquillo fue un logro, aunque agridulce: fue condenado a 18 meses de prisión por imprudencia temeraria en 1981 y a una indemnización de dos millones de pesetas, con el Estado como responsable subsidiario.

José Uruñuela fue el abogado que llevó el caso. Tenía 28 años cuando mataron a Gladys. Él también fue al prado esa mañana, pero no estaba en el momento del disparo. Le llamaron después. "Tengo esa imagen grabada. Ella estaba encima de una mesa de mármol, con el tiro en la frente y la sangre". Gracias a la cantidad de testigos del hecho (incluido un camionero que pasaba por allí), a la forma en la que se produjo el tiro y a un juez diligente, consiguieron que el caso llegase a la Audiencia Territorial de Pamplona.

Horas después de la muerte de Gladys, se había publicado la versión de la Guardia Civil en los medios. Según el cuerpo, un "manifestante intentó arrebatarle la metralleta a un guardia civil" y  en el forcejeo "se produjo el disparo del arma que alcanzó Gladys del Estal". Sin embargo, para este abogado ya jubilado, el tribunal "buscó una teoría que no tuviera que condenarle por mucho. Tuvieron que condenarlo por imprudencia, por llevar el fusil sin seguro". Uruñuela recuerda, además, que en el juicio alegaron que la Guardia Civil no era "un cuerpo especializado en reprimir manifestaciones", solo para no agravar la pena por imprudencia en el "ejercicio de una función profesional”.

A pesar de la condena, en 1992, Martínez Salas fue condecorado con la Cruz de la Orden del Mérito Militar. El diputado Antonio Romero Ruiz aprovechó una comparecencia en el Congreso de los Diputados del ministro del Interior, José Luis Corcuera, para preguntar cuál era el motivo para conceder este mérito al hombre que mató a la activista. La respuesta quedó reflejada en el diario de sesiones del 4 de marzo de 1993. El ministro alegó que, tras cumplir con la Justicia, se "observó una conducta intachable" en el agente y que, además, había obtenido "la cancelación de antecedentes" desde 1987.

Gladys hasta hoy

Los familiares, amigos y compañeros ecologistas siguen exigiendo la reparación de la memoria para Gladys del Estal y que sea reconocida como víctima de la violencia policial. La versión oficial ha quedado escrita en la sentencia y en las respuestas parlamentarias, pero desde las organizaciones hacen todo tipo de actos y homenajes para que su verdad no se olvide incluso 40 años después.

"Gladys es un símbolo de la injusticia absoluta, de la utilización de la fuerza bruta contra la razón". Así describe Carlos Trénor a la activista en una columna en Noticias de Gipuzkoa. Él estuvo el día del asesinato en Tudela y fue el primer abogado que asistió a la familia. Los compañeros han mantenido latente el recuerdo de su vida y de su muerte. "Cuando una herida se cierra mal sigue supurando. No se ha cerrado para todas las personas que estuvimos en Tudela", explica Alday.

Josu Erce pertenece desde diciembre de 1998 a Ecologistas en Acción de Zaragoza. Él estaba en Madrid ese 3 de junio, pero reconoce la influencia de este asesinato más allá de Euskadi y Navarra: "Gladys se convirtió, como víctima de la represión policial tardofranquista, en un símbolo del activismo pacifista y antinuclear, una mártir de la causa, tan gratuita e injustamente asesinada, a la que el movimiento ecologista de todo el estado español nunca ha olvidado".

La voluntad de los movimientos sociales por no olvidar las injusticias ha hecho que 40 años después, los jóvenes que pasean por el parque de Cristina Enea de San Sebastián se encuentren con su nombre y, quizá, lo tecleen en Google para conocer su historia: "La muerte de Gladys marcó muy fuertemente a la juventud de mi generación. Ya no somos jóvenes, pero estamos en activo y mantenemos los lazos", puntualiza Alday..

40 años después, las reivindicaciones que unieron a un grupo de jóvenes en Tudela siguen vivas, la deuda con la memoria de la activista también.

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