No habrá Estado palestino

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Netanyahu y Abbas se estrechan la mano, en presencia de Hillary Clinto, el pasado 2 de agosto en Washington. / Efe

Una breve ojeada al contencioso entre israelíes y palestinos nos mostrará sin demasiados problemas lo que el factor “tiempo” ha significado para unos y otros, lo que cada parte ha ganado o perdido en el transcurso de los años desde sus posiciones de partida. Este ejercicio de retorno al pasado igualmente evidenciará no sólo los capítulos aislados –las “batallas”, si se quiere utilizar este término- que los israelíes y los palestinos pueden apuntarse a su favor –y asimismo las “derrotas” que han de figurar en el debe de cada uno-, sino también el grado de intensidad e importancia de esos capítulos individuales dentro de todo el proceso en su conjunto, porque es posible que al momento actual uno de los contendientes haya perdido definitivamente la “guerra”. Para mí no existen muchas dudas de que, contrastadas sus aspiraciones iniciales (y también las intermedias, de las que asimismo hablaré), con la realidad a la que hoy inevitablemente se enfrentan, los palestinos son los perdedores –sin redención posible- de la partida.

¿Analizar o juzgar? No son verbos incompatibles, claro que no, pero prescindamos por una vez de las ideologías y de los juicios de valor sobre la justicia de unos y otros para poder vislumbrar los remedios al alcance de cada una de las partes de este interminable conflicto, si es que existe alguno. Analicemos la situación de israelíes y palestinos, por separado, y puede que comparezca ante nosotros la realidad desnuda, lo que uno y otro pueblo deben esperar del futuro. Quizás esta postura sea la carga de profundidad más ética de las ensayadas hasta hora para detener una violencia que sólo añade más sufrimiento a los contendientes –sobre todo a los palestinos, por ser los más débiles- y sin capacidad alguna para alterar el curso de una realidad que, en su granítica tozudez, es la gran dama de la baraja, la baza ganadora que tantas veces desprecian los jugadores. No hay moral posible contra la realidad. Ni en este ni en ningún otro asunto.

Desde 1936 –año de la primera revuelta palestina contra la comunidad judía afincada en la región, motivada por la política migratoria de las autoridades británicas- hasta poco después de 1967 (“Guerra de los Seis Días”), los palestinos sólo quisieron un estado: el suyo. Lucharon incesantemente por impedir, primero, la creación de un estado judío en la zona y, después, por destruir el aprobado por la ONU en noviembre de 1947. No se trataba para los palestinos y sus tutores, como a veces se dice con excesivo desparpajo, de la constitución de un estado binacional sobre la totalidad del territorio de Palestina, sino de un estado uninacional con una población abrumadoramente árabe “salpicada” por unos cuantos islotes demográficos judíos. Los miles de judíos llegados en los años anteriores huyendo de los pogromos y de las cámaras de gas instaladas en el centro y el este de Europa debían ser expulsados y devueltos al mar. En la mentalidad entonces dominante de los palestinos no cabía en modo alguno la idea de la “partición” del territorio, ni siquiera en una fracción mínima para ningún grupo que no fuera el propio. Los que opinan que la partición de 1947-1948 fue un abuso internacional a favor de los judíos e inaceptable para los árabes deberían retroceder unos pocos años en el tiempo y consultar el mapa británico de la “Comisión Peel”, aceptada por los sionistas en 1937 y desestimada por la contraparte. Ese proyecto de partición de Palestina adjudicaba a los judíos 5.000 km2 en un espacio en forma de aspa, como si fueran dos serpientes cruzadas y sin comunicación entre sus anillos. Un “trágala” casi inviable que, pese a todo, fue refrendado a regañadientes por los judíos y rechazado de plano por los árabes en una apuesta “del todo o nada” (además, en un momento anterior a la “Shoah” en el que la presencia judía en Palestina era muy reducida y muy favorable a los palestinos). Insisto: la percepción árabe sobre “su” derecho al territorio no respondía entonces a un posible ajuste de equidad distributiva, a una división territorial en una fracción o un porcentaje que mantuviera en una ecuación constante la paridad entre la población y la tierra correspondiente a cada una de ambas comunidades. La demanda de los palestinos fue, por el contrario, una categoría formulada sin reconvención posible, una exigencia manifestada en términos absolutos y excluyentes: “toda” la tierra “me” pertenece.

La ocupación israelí de Cisjordania y la Franja de Gaza y la subsiguiente salida de dichos territorios de los ejércitos jordano y egipcio, respectivamente, a lo que ha de añadirse la colonización posterior por parte de Israel, rompió irreversiblemente el equilibrio de fuerzas. La OLP y Al Fatah poco a poco se vieron obligados a admitir que la presencia judía dentro de las fronteras –muy ampliadas como consecuencia de sus victorias en las guerras que se habían sucedido desde 1947-49- del Estado hebreo era un hecho consumado e inevitable. Paralelamente, los acuerdos posteriores suscritos entre Israel, por un lado, y Egipto y Jordania, por otro, no hicieron más que avalar esta situación de hecho, que ni el terrorismo ni las dos “intifadas” han sido capaces de revertir, sino todo lo contrario. Los muros de separación, la “desconexión” israelí de Gaza decidida de manera unilateral por Ariel Sharon, así como las tremendas acciones punitivas del ejército de Israel en Gaza y El Líbano, han debilitado aún más la resistencia palestina y empobrecido de forma creciente a la inmensa mayoría de la población palestina. Los años 2000-2001 (los años de los frustrados acuerdos de Camp Davis, Taba y los “Parámetros” del presidente Clinton) constituyeron los últimos pactos factibles en términos de una relativa (muy relativa, por supuesto) igualdad entre las partes. Después del fracaso de dichas negociaciones, todo ha sido un aumento continuo de la omnipotencia del Estado de Israel y un tobogán de descenso vertiginoso al infierno para los palestinos. Esa es la realidad que ni el más iluminado puede eludir: la fortuna de los israelíes ha sido la desgracia de los palestinos, sin que debamos entrar ahora en la habilidad de cada parte a la hora de atisbar desde qué punto de la rosa de los vientos venía el auspicio más favorable y la desgracia más terrible para las aspiraciones nacionales de cada uno.

Conceptualmente, y salvo Hamás y sus amigos (que juegan a otra cosa), los grupos que forman o apoyan a la Autoridad Palestina se han visto forzados a regresar a la idea inicial de la partición y a interiorizar el fracaso histórico de su estrategia. Además, los acuerdos de Israel con algunos de sus vecinos y la desaparición de la Unión Soviética también ocasionaron un cambio irreversible en las alianzas internacionales de los palestinos, que desde entonces ya sólo pueden poner la poca confianza que les resta en la posible benignidad de Estados Unidos hacia su causa y en esa entidad vaporosa a la que denominamos “comunidad internacional”. Liquidado algo más serio que esa “comunidad”, es decir, desaparecido el “sistema internacional” de la época y uno de sus actores más relevante -el “Frente del Rechazo” árabe-, los nuevos actores islamistas de Gaza sólo pueden jugar la peligrosísima baza de los ayatolás iraníes. Es tanto como negarles un futuro decente a sus hijos, pero, como he dicho antes, la impotencia que puede causarnos esta ceguera producida por el cóctel islamista de odio y religión la voy a dejar para otro momento.

Hoy los palestinos disponen de dos de los factores imprescindibles para organizarse en un estado nacional, pero les falta el tercero.  La constitución de un estado exige la concurrencia de los siguientes requisitos:

1.- Un territorio. Los palestinos lo tienen, aunque sea de una superficie muy inferior a la históricamente reclamada y pretendida por ellos. Sin embargo, los aproximadamente 5.000 km2 de Cisjordania, la Samaria de los textos bíblicos, es superior a la superficie de algunos estados nacionales de la actualidad. Su extensión es precaria, pero en una situación de normalidad regional constituiría una plataforma viable para la erección del futuro Estado palestino.

2.- Un pueblo. Los que acusan a los israelíes de haber cometido un delito de genocidio contra los palestinos deberían considerar que éstos son hoy más numerosos que los propios israelíes y que han multiplicado su población, comparada con la de 1948, por un número que oscila entre cuatro y cinco. Los palestinos, hoy desgraciadamente dispersos en su inmensa mayoría por la ribera oriental del Mediterráneo, podrían lógicamente, de reagruparse, ser el soporte demográfico de un futuro estado independiente. Además, en ese caso a los árabes de nacionalidad israelí se les debería permitir la opción de emigrar al Estado de sus hermanos y de cambiar de nacionalidad. Obviamente, sin menoscabo de sus derechos actuales, si deciden conservar su estatuto jurídico vigente.

3.- Un Gobierno. La Autoridad Palestina, como la Agencia Judía en su momento, podría ser el embrión de un nuevo estado. El primer ministro de la Autoridad Palestina, Salam Fayad, ha revitalizado las instituciones palestinas, como la policía, la justicia y los organismos económicos. Hoy en Cisjordania hay más orden público, menos violencia privada, y una seguridad jurídica que nunca han conocido los palestinos. También cierta estabilidad económica: el crecimiento anual del PIB palestino es del 8% y el desempleo, hasta hace poco un problema endémico, no llega al 20% de la población activa. Para los palestinos, todo ello constituye un éxito espectacular conseguido en muy poco tiempo. Pero no conviene dejarse engañar por los espejismos.

En algunos juegos de mesa orientales, el ganador es el jugador que se hace primero con la llamada “matriz de control”. A partir de ese momento, se enciende en la sala de juego un luminoso que dice “game over”: “el juego terminó”. Desde hace muchos años, y de forma cada vez más intensa según ha transcurrido el tiempo, el Estado de Israel dispone de la matriz de control sobre los palestinos. Su ejército y sus aduanas controlan la fachada marítima de Gaza y el resto de fronteras entre las que viven encerrados los palestinos. También el espacio aéreo y la red interior de carreteras son un monopolio en manos de Israel. El “shekel” es la única moneda fuerte de la zona y los colonos israelíes en territorio hostil han sido la respuesta israelí a la gran demografía palestina, al mismo tiempo que la última vuelta de tuerca de una llave que ha ido girando y girando hasta hacer irresoluble la hipótesis, teórica pero irreal, de dos estados conviviendo uno al lado del otro. Israel quizás alivie la presión de la llave, pero cualquiera con un poco de realismo sabe que Israel jamás va a retirar la llave de su presa…salvo que le obliguen a la fuerza (circunstancia que entrañaría la desaparición del único estado digno de tal nombre existente en la zona). La retirada de la llave es quizás algo posible para los diplomáticos de carrera -"los ociosos de la clase teórica" los denomina algún seguidor tardío de Thorstein Veblen- pero absolutamente improbable para cualquiera que conozca la región, aunque dicha hipótesis, puestos a fantasear, es más realizable que la existencia de dos estados compuestos por unos pueblos que se llevan matando entre sí desde hace ochenta años.

Pero, ojo, la paz –la “paz impuesta”, la “paz fría”, desde luego- es una realidad, distinta pero más viable en la práctica, que la existencia hipotética de un estado palestino. En mi opinión, esa “paz hobbesiana” impuesta por Israel ha sido asumida ya por la dirección actual de la Autoridad Palestina y una parte importante de los palestinos cisjordanos. La estrategia de Salam Fayad parece que quiere recorrer ese camino, con ayuda de los saudíes y de los Emiratos Árabes Unidos, que tienen intereses coincidentes, económicos y de seguridad militar, con Israel. Irán y sus terminales en Damasco, el sur del Líbano y Gaza son el otro vector de fuerza regional, pero sus caminos no van a cruzarse para que unos y otros se hagan reverencias gentiles. Cisjordania o Palestina pueden ser los nombres de un nuevo Estado, pero sólo y exclusivamente los nombres. Hoy los israelíes y gran parte de los palestinos, secundados por un frente árabe que puede ampliarse en un futuro no demasiado lejano, tienen un interés común en asentar sobre Cisjordania una “autonomía política”, aunque hablar de ello en público y reconocer la realidad del terreno sea blasfemar contra el Todopoderoso. Esa autonomía no puede ser un órgano político del Estado de Israel porque sería tanto como introducir dentro de los límites de su soberanía a una mayoría demográfica no judía, con lo que los israelíes dirían adiós al sionismo. Imposible. Entonces, ¿qué? Quizás los ecos de un antiguo sueño, una risa con sonidos de ultratumba, los de la Confederación Jordana de los años 30 y 40 de la pasada centuria, el plan de Golda Meir y el rey Abdalá de Jordania. ¿Imposible también? Menos lobos. La Historia está plagada de ironías y jugarretas del destino que se han hecho realidad muchos años después. ¿Quién fue capaz de predecir la privatización y el despojo de la economía soviética por los hijos y nietos de Stalin? ¿Quiénes liberalizan mejor los mercados de trabajo sino los militantes del “puño y la rosa” y además lo hacen para apuntalar el progresismo que según ellos gobierna las relaciones sociales? Es cuestión de ajustar el reloj del tiempo histórico y su haz de probabilidades a las ideas y abstracciones de los seres humanos, sean quienes sean los que en su momento las concibieron en sus cabezas. Lo que es físicamente imposible es mezclar el agua y el aceite, un estado israelí y otro palestino conviviendo con su soberanía íntegra uno al lado del vecino.

Entonces, si esto fuera así, ¿qué pintarían los dibujos sobre la arena realizados por los propios protagonistas del dilema y sus amigos internacionales, hablando de dos estados independientes e iguales, paciendo en paz -esa es su bella aspiración formal-, como el león y el cordero en el relato mesiánico del profeta Isaías? La mencionada es otra realidad, encubierta por las palabras y los discursos de sus demiurgos sobre la que podremos discutir en una futura ocasión. Hoy por hoy, yo me limito a plagiar a un ilustre compañero de este mismo periódico y sostengo, como Pereira, que ese escenario internacional de negociación sólo es “la espuma del día”.

5 Comments
  1. celine says

    Quieran los dioses y propicie el profeta Isaías que los tiempos den la razón a mi admirada Golda Meier, a la que tuve el honor de conocer mientras estudiaba (servidora) en la Complutense y hube de presentar un trabajo de documentación sobre un tema elegido libremente. ¿Cuál fue tal tema? La Guerra de los Seis Días. Magnífica exposición, un trabajo de resumen que ayuda a plantearse un mapa mental del penoso conflicto bíblico en que andan metidos estos dos primos hermanos (y en el que, de paso, nos van implicando a todos los demás). Gracias.

  2. Davidson says

    No le reconozco, Sr. Bornstein. No veo por ningún lado su acostumbrada rectitud en el análisis de las situaciones, su escrupulosa objetividad (como excelente hacendista que es) y su perfecta comprensión previa para aplicar después las herramientas adecuadas. De hecho, parece que lo ha escrito otro con su nombre.
    1. «La OLP y Al Fatah poco a poco se vieron obligados a admitir que […] el Estado hebreo era un hecho consumado e inevitable.» Para luego afirmar «Israel jamás va a retirar la llave de su presa…salvo que le obliguen a la fuerza (circunstancia que entrañaría la desaparición del único estado digno de tal nombre existente en la zona)». Pero si era inevitable, ¿ahora está en peligro? A Serbia la obligaron, ¿está en peligro de desaparición? A Iraq la obligaron a salir de Kuwait, ¿desaparecieron los iraquíes? A los blancos sudafricanos se les presionó ¿desaparecieron? Por favor, la creación de un Estado palestino no pone en riesgo la existencia de Israel, y no por mucho repetirlo se convertirá en verdad.
    ¿El único digno de llamarse Estado? Las comparaciones son odiosas, pero desde luego todos los estados tienen miserias y Israel no es que sea el paradigma de un Estado de Derecho democrático y respetuoso con los Derechos Humanos y el Derecho Internacional, eso ya lo sabe usted.
    2. «…sería tanto como introducir dentro de los límites de su soberanía a una mayoría demográfica no judía, con lo que los israelíes dirían adiós al sionismo. Imposible». ¿Imposible? ¿Es imposible para el único estado digno de llamarse así [sic] convivir con ciudadanos no judíos, y anteponer la igualdad democrática de sus ciudadanos a la religión o la etnia? ¿O sólo lo harán mientras sean mayoría?Yo estoy seguro de que no es así, no es imposible. Los israelíes no son tan malvados, racistas y egoístas como para cometer tal atropello, por lo que cuando se les garantice la paz y seguridad (no de existir, la existencia es inevitable [sic]), renunciarán al sionismo. Como casi todos en Europa (y el mundo) hemos renunciado a vivir sólo rodeados de caucásicos cristianos (o negros animistas).
    3. «…aunque la retirada de la llave, puestos a fantasear, es más realizable que la existencia de dos estados compuestos por unos pueblos que se llevan matando entre sí desde hace ochenta años». Por eso es el único punto de encuentro de la Liga Árabe, el Cuarteto (ONU, UE, USA, Rusia), China, Brasil,…todos ellos «diplomáticos de carrera-los ociosos de la clase teórica» [sic].
    Lo dicho, que no me creo que lo haya escrito el mismo articulista que devoro siempre en Cuarto Poder, a pesar de escribir sobre algo tan hinóspito, para muchos, como es la materia fiscal, apasionante para otros.

    En otro orden de cosas: Golda Meir, ¿un personaje digno de admiración? Por favor, antes de escribir estas cosas, piensen el daño que pueden hacerle a mucha gente con estas afirmaciones. Hay infinidad de personajes para admirar en Israel y Palestina, que lucharon por la paz siguiendo principios honestos y democráticos. ¿Golda Meir? Copio de Wikipedia: «En Israel muchos la recuerdan —especialmente la izquierda— como una mujer terca y obstinada, cuya incapacidad de ver la realidad y su actitud intransigente para con los árabes, devino indefectiblemente en la traumática Guerra de Yom Kipur». «Golda siempre fue considerada un «halcón» político, renuente a la paz con los árabes, de los que siempre desconfió. En el terreno interno, fue acusada de conservadora y de desatender a los nuevos problemas suscitados en la sociedad israelí, especialmente su particular rechazo a los movimientos de protesta de jóvenes marginados orientales, las Panteras Negras, de quienes dijo en su día: «Ellos no son simpáticos».
    Eso sin contar los asesinatos selectivos sin juicio ni respeto a los derechos mínimos de cualquier persona, incluidos los terroristas, si así queréis que los llame. Una pacifista digna de admiración.

  3. Félix Bornstein says

    A Davidson: Le agradezco sus elogios. Y, con la misma sinceridad, sus críticas. No las comparto (el artículo lo he escrito yo, no un pariente de Golda Meir), pero las acepto en lo que valen, que es mucho. Este blog se llama «luz de cruce» y aquí nos podemos cruzar todos los que queramos intervenir. Sus reproches, largos, merecerían otro artículo. Por eso le pido disculpas por no referirme a ellos puntualmente. Un cordial saludo y bienvenido siempre, para refrendar, discutir o criticar.

  4. Davidson says

    Aquí, en «luz de cruce», seguiremos entonces contrastando nuestras opiniones. Gracias por su trato hacia mí, y disculpe la extensión de mi comentario, que por otro lado responde a la longitud de su artículo. La referencia a Golda Meir iba dirigida a Celine; no debí haber mezclado ambas.
    Un saludo y hasta el próximo artículo.

  5. Jota Mos says

    La demografía favorece a los arabes palestinos y la creacción de empleo y la economía a los judíos. Deberían estar condenados a entenderse pero no es así.
    ¿Y por que no una confederación de tres estados, Israel, Cisjordanía y la Ciudad autonoma de Gaza, con una capital en el distrito confederal de Jerusalen?¿Un estado nuevo, con nuevo nombre y bandera, y dos idiomas hebreo y arabe, ademas del ingles como lengua franca internacional? En fín , esto suena a utopía y ademas a muy largo, largo plazo por no poner núnca. Pero es que al final parece que todo el equilibrio internacional gravita en ese pedazo de tierra tan agitado por la historia, quizás sea así, y por eso merece la pena fantasear un poco en él.

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