Egipto, de la revolución a la huelga

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Enfrentamiento entre policías y manifestantes en El Cairo, el pasado 25 de enero. / Efe

Las revoluciones llegan, arrasan nuestros románticos corazones y sorben nuestras seseras. Las revoluciones siguen siendo hermosas, pero duran poco en las portadas de los periódicos, porque otra revolución acaba de estallar aquí al lado y los corresponsales de la zona ya han apagado el portátil y están ahora haciendo la maleta. Todo empezó en El Cairo, hace sólo unas semanas. Lo último que nos contaron del asunto fue que el dictador Mubarak había renunciado y que una Junta Militar se había hecho cargo del gobierno y que la intención de los militares era poner en marcha un proceso constituyente que debería concluir en un referéndum dentro de unos meses. Y en esas estábamos cuando un tsunami de chispas inundó la zona y prendió en Yemen, en Siria, en Libia… Y luego vino la ONU y la guerra…

Aunque en tiempos virtuales pueda parecer extraño, los egipcios, a pesar de la estampida de los reporteros occidentales, se han seguido levantando todas las mañanas para hacer sus cosas. Y cuando se levantaron el pasado martes debieron enterarse, por lo menos una  buena parte de ellos, de que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas había dado el visto bueno a un decreto por el que las huelgas se convierten en un delito con penas de cárcel de hasta  un año y multas de 90.000 dólares. La noticia la difundió ayer la Confederación Sindical Internacional (CSI), que representa a 175 millones de trabajadores y trabajadoras en 151 países.

La CSI ha solicitado al primer ministro egipicio, Essam Sharaf, que abandone una propuesta que la Egyptian Federatión of Independent Trade Unions (EFITU) ha calificado de “paso grave y preocupante”. “La implementación de este decreto –ha manifestado la secretaria general de la CSI,  Sharan Burrow,- sería una traición a la revolución. Millones de trabajadores egipcios siguen trabajando a cambio de salarios de miseria y privarles del derecho de huelga –un derecho fundamental según la ley internacional- sería eliminar un medio esencial para que los trabajadores y trabajadoras puedan lograr justicia económica y social. La represión de la actividad sindical legítima”, añade Burrow, “sofocaría también el desarrollo de una sociedad civil vibrante, algo que Egipto necesita desesperadamente para desarrollar la democracia”.

Husein Tantawi, jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, en una foto del pasado día 24. / Efe

Desde aquí, en casa, a cientos de kilómetros de distancia, con la sola información de lo que cuentan otros, el panorama de Egipto se bosqueja previsiblemente complicado. Una vez derrotado el dictador, y tras décadas de ofuscación y represión, los egipcios, o por lo menos una parte de ellos –seguramente los mismos que se echaron a la calle para pedir libertad- han participado en una ola de protestas en demanda de mejoras salariales. La primera respuesta del Ejército, según informaciones de la BBC, fue hacer un llamamiento a los trabajadores para poner fin a la ola de huelgas y desobediencia civil que, según las palabras de un portavoz de los militares en la televisión pública, “amenaza con paralizar el país”. El segundo paso, según ha denunciado la CSI, ha sido criminalizar el ejercicio de la huelga.

Estas decisiones las está tomando el consejo militar presidido por el mariscal Husein Tantawi, quien, según los cables diplomáticos obtenidos por WikiLeaks y publicados por el periódico británico Daily Telegraph, “siempre utilizó su influencia en el gabinete para oponerse a las reformas políticas y económicas”. Los diplomáticos estadounidenses lo describían entonces como un “anciano y resistente al cambio”.

Nadie dijo que la transición de Egipto a un sistema representativo y de libertades, si es que se produce, sería sencilla, pero eso no implica que las cosas, con los focos o sin los focos de las cámaras de las televisiones de todo el mundo, tengan que hacerse necesariamente así. Más bien parece que es así precisamente como no habría que hacerlas.

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