“Se les pudo procesar… pero no quisieron”

Raghuram Rajan y Lloyd Blankfein, en una imagen de octubre del pasado año. / Financial Times (Wikimedia Commons)

Dos días antes de la caída de Lehman y ya con las agencias hipotecarias Freddie Mac y Fanni Mae ya intervenidas, Hank Paulson, secretario del Tesoro de EE UU y ex Goldman Sachs de toda la vida, seguía diciendo a la opinión pública que todo estaba bajo control. Luego, fue el encargado de pedir 700.000 millones de dólares al Congreso para rescatar al sistema, ese sistema al que él mismo se opuso repetidamente a que se pusiera bajo control. Los 700.000 millones no los pusieron los políticos de su bolsillo, sino los ciudadanos americanos, por si alguien tenía alguna duda.

Ahora, su sucesor, Lloyd Blankfein protagoniza la que para mi personalmente es la escena más odiosa de la película Inside Job. El hoy presidente y consejero delegado de Goldman comparecía ante el senador Carl Levin, quien le preguntaba si no contemplaba ningún conflicto en recomendar unos productos hipotecarios a sus clientes y a su vez, tomar posiciones contrarias a las mismas, respondía, hierático: “en términos de creación de mercado no hay ningún conflicto. Los demás lo hacen tanto o más que yo”.

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Es aquí cuando entra el ex fiscal de Nueva York, Elliot Spitzer, cuyo testimonio merecería una película aparte. Pero “el hombre que podría haber hecho que las cosas fueran diferentes” habla, sin rencor, del pasado. “Los reguladores no hicieron su trabajo”, dice. “Pudieron procesarlos, como hice yo”, dice, refiriéndose a todos los autores de malas prácticas financieras, “pero no quisieron”. El final de Spitzer es por todos conocido.

Sin embargo, las cuestiones personales no han sido nunca usadas contra ejecutivos de Wall Street, a pesar de que utilizan fondos de sus propias empresas para pagar droga y prostitutas, como también ilustra el documento de Charles Ferguson. Esto lo comenta asimismo el propio Sptizer, con una calma y un temple impresionante.

El mismo que no muestran a lo largo del filme universitarios con pasado político, como Glenn Hubbard, decano de la universidad de Columbia y ex asesor económico jefe de Bush, quien monta en cólera en plena entrevista cuando le dejan ver que los informes de algunas universidades, entre ellos los suyos, claro, no son independientes. O David McCormick, sub secretario del Tesoro en la administración Bush, que pide que pare la grabación de la entrevista cuando se ve presionado por el propio Ferguson sobre el reiterado rechazo de Paulson a regular los derivados. Resulta patético, pero es verídico.

Los lobbies financieros también colocan estratégicamente en las unversidades de prestigio a gente de su cuerda y pagan muy generosamente por informes y cursos que les doten de barniz académico y legitimidad. Pagada al kilo, claro.

El mundo sufre un gran problema y este no es otro que los que dirigen el mundo financiero, en especial desde EE UU, se han apoderado del poder político. “Da igual que estén los republicanos o los demócratas”, dice el premio Nobel Nouriel Roubini. Mandan ellos y no se ha investigado a nadie, a pesar de que desde el estallido de la crisis en EE UU “hay 30 millones de nuevos parados y 50 millones de personas viviendo por debajo del umbral de la pobreza”.

En el lado de los buenos (¡¡que haberlos haylos!!) hay una mención especial para Raghuram Rajan, ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), quien en 2005 presentó ante una convención de banqueros centrales de todo el mundo su conferencia “¿El desarrollo financiero está poniendo en riesgo el mundo?”, con una conclusión meridiana: “Sí”.

Rajan alertaba sin medias tintas sobre el hecho de que las elevadísimas retribuciones a los banqueros les llevaba a tomar tantos riesgos que podían llevarse por delante a sus propias compañías, al sistema financiero... y al mundo entero por un colapso global. ¿Nos suena de algo esto?

El propio Rajan comenta que en dicho encuentro Larry Summers le tildó de retrógrado, quien insistió posteriormente en que los riesgos sistémicos estaban totalmente controlados y que los derivados aseguraban la distribución del capital, de los riesgos, acelerando la creación de riqueza.

Un discurso similar al de Rajan sigue Dominique Strauss-Kahn en la película, quien aparece antes de que le estallara el escándalo de presunta violación (ahora le quieren achacar uno nuevo, ocurrido al parecer hace nueve años). Un escándalo que se ha diluido, pero después de su dimisión al frente del FMI, eso sí. Se le presentó esposado ante la opinión pública, de tal modo que fue condenado sin juicio, a pesar de que la historia de que había violado sin más a una camarera no había quien se la creyera.

El galo ya no está en el FMI, pero así suceden estas cosas. Un DSK que en la película señala a los banqueros de Wall Street y a los reguladores de EE UU como grandes culpables de la crisis, apuntando que es preciso poner coto a las ganancias de estos ejecutivos, ha visto cómo su carrera se hundía en picado por una cuestión de sexo. Después de su dimisión, se aclararon las cosas, pero no antes. Por eso, ese escepticismo con la historia. El caso de Spitzer no se nos iba de la memoria.

Pero parece claro que las cosas siguen inamovibles. Hemos sufrido una terrible catarsis y una crisis espantosa que ha permitido que los que la causaron...sigan donde estaban, más fuertes que nadie. Ferguson se lamenta que “ni uno de los que la provocaron ha sido arrestado o imputado”. Y exhorta a la pelea: “acabar con esto es algo por lo que merece la pena luchar”.