Esa tarde de fútbol y lágrimas con Luis Aragonés

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Luis Aragonés, en una imagen de archivo, durante su etapa como entrenador de la Selección Española de Fútbol. / Efe

Lo que sigue es el monólogo que le escuché a mi amigo Pepito en una cafetería del centro de Madrid. Pepito y yo nos vemos un par de veces al año, siempre en el mismo sitio, y cada uno hace un balance rápido y personal de lo que le ha sucedido en los últimos meses. Esta vez, sin embargo, la reunión discurrió por un cauce inexplorado: sólo habló mi amigo y, metiendo las manos en el barro reseco del tiempo, sacó una curiosa anécdota familiar de su pasado más remoto. Dos días antes de nuestra cita había muerto en la capital el famoso ex jugador y entrenador de fútbol Luis Aragonés y, nada más saludarnos, Pepito, sin darme ninguna participación en el orden  del día, me dijo que deseaba contarme el encuentro fortuito y fugaz que mucho antes de la invención de la telefonía móvil, el correo electrónico o incluso la televisión en color, había tenido con el sabio de Hortaleza. Pepito pronto cumplirá sesenta años. Lo digo por darles una referencia temporal precisa  del incidente que compartieron mi amigo y el famoso deportista. Ya que, por el renombre del interfecto, me he tomado la libertad de difundir la historieta de mi viejo amigo madrileño, quien me asegura que hasta las comas de su pintoresco relato son de verdad. Les dejo con él y su narración.

“Aunque –como bien sabes– presumo de una memoria feliz, el desgaste de los años enturbia mis recuerdos y también deteriora su color. Puede que te parezca  un poco cursi y sentimentaloide esta confesión, pero ahora las fotos de mi infancia y de mi primera juventud que almaceno en mi archivo mental son todas en blanco y negro, borrosas y registran imágenes que paulatinamente se diluyen en el vacío y se distancian de mí. ¿Soy realmente yo el que aparece en la pantalla de mi memoria? ¿No soy casi un extraño cuando me veo desde mi posición actual, después del largo viaje que me ha conducido hasta este otro lado del tiempo? Aunque bien pudiera ser que en la introspección sobre mi persona suceda lo contrario, es decir que la distorsión sólo corresponda a mi imagen de hoy. Sin embargo, en general, evoco el pasado y a menudo me estremece la confusión que siento al intentar extraer de él ciertos nombres o momentos. Me irritan la incertidumbre y la opacidad.

Pero en esta ocasión –viejo amigo- estoy seguro de lo que veo en mi viaje de regreso a ese día festivo –¡benditos domingos de fútbol!- de finales de los sesenta. Casi medio siglo después todavía oigo perfectamente el estruendo y los gritos de los espectadores congregados en masa para ver ganar a su Atleti. Jugaban el Atlético de Madrid y el Valencia en el Estadio Manzanares ese domingo que hoy recupero en tecnicolor tras el fallecimiento de Luis Aragonés. Muy extraña es la paradoja de que la muerte de otros devuelva la vida a los episodios enterrados en nuestro cementerio íntimo. El gran 8 del Atleti muere para él y los suyos, y no obstante regresa para mí.  Sus latidos palpitan en el calor de otra carne que todavía respira.

Yo –el niño de ese domingo liguero- odiaba al Atleti, querido amigo. Yo era un fanático del Real Madrid de Pirri, Velázquez y Grosso. Pero un hijo hace lo que sea por su padre y el mío era del Valencia. Así que allí, en ese estadio pegado al río de Madrid que luego sería rebautizado con el nombre de Estadio Vicente Calderón, estábamos los tres (porque también venía mi madre). Ganaron los colchoneros, que entonces vivían en  gracia de Dios y bordaban el juego de sus paredes mortíferas para el rival construidas por el talento de jugadores como Irureta, Ufarte, Gárate  o el propio Luis Aragonés.

Como el equipo de mis amores estaba muy lejos de Madrid, yo contemplaba el lance del Manzanares con una mezcla de indiferencia hacia el juego, desprecio sanguíneo por los rojiblancos y un prurito de lealtad filial que me calentaba el corazón levemente en las incursiones ofensivas del Valencia. En un instante, sin embargo, mi relativo estado de apatía cambió y yo, el chaval de trece o catorce años que había ido al fútbol una tarde de fiesta en compañía de sus padres, sentí que el corazón se me salía de su sitio y daba un gran brinco. Supongo que a ti te habrá sucedido el mismo fenómeno alguna vez, me refiero a sacar la cabeza de la nada y salir del anonimato  por un azar mágico, ser protagonista durante un rato y después, muy poco después, volver al vientre de la multitud.

Aquella tarde del Manzanares un milagro me convertiría en el gran señor del espectáculo, en el rey efímero de la fiesta. Un prodigio inesperado me tocó de pronto con su dedo de la suerte. Sin saber cómo ni por qué vi un punto en el cielo que, ya en la forma nítida de un balón, caía hacia mí como un rayo, impactando después contra dos manos juntas, las mías, y golpeaba con fuerza el muro que mi instinto a duras penas pudo improvisar en defensa legítima de un rostro todavía mofletudo y exuberante  de espinillas.  Un segundo más tarde la pelota dormía tranquila sobre mi regazo.

La ocasión, como vulgarmente se dice, la pintaban calva. Escurrí la bola entre las piernas y miré haciéndome el tonto para otro lado, con astucia y dispuesto a llevarme tan magnífico e inmerecido trofeo a casa. Estábamos  los tres en una grada lateral, muy cerca del terreno de juego. Desde mi asiento observaba a los jugadores que corrían por la banda y los percibía casi a su tamaño natural. Esta felicidad serena no perduró. Porque nunca habría imaginado que los futbolistas pudieran estirarse a discreción, crecer y seguir creciendo hasta llegar a la altura de una mole que proyectaba su  sombra gigantesca sobre un hormiguero que un segundo antes no figuraba en ningún mapa. Pero así me sentí, como una hormiga a punto de ser devorada por un saltamontes enorme que a grandes zancadas se me acercaba con una cara feroz, brillante por el sudor; y con la boca torcida y descompuesta gritándome algo que no entendí mientras el gigante alzaba sus brazos por encima de un rostro alargado que no me pareció demasiado predispuesto a la amistad.

Querido amigo: no te imaginas la parálisis horrorosa que me petrificó al divisar la mole que avanzaba hacia los espectadores con una expresión en llamas fija en mí, a aquel atlante embutido en una camiseta roja y blanca en la que, cuando finalmente me dio la espalda, comprobaría que portaba un dorsal plastificado con el número 8.  La mole llegó, golpeó la valla de separación del público y con voz estentórea me interpeló de esta guisa: ¡Suelta de una puta vez el balón, niño tontolculo! No te costará mucho suponer que obedecí inmediatamente la orden furiosa del medio volante colchonero. ¿Cómo pude abrir unas manos que pesaban como losas de granito? Hoy todavía no sé de qué forma devolví la pelota a Luis Aragonés, pero lo hice mientras, al lado, oía a mi madre exclamar, indignada con la mole oscura: ¡Qué hombre tan ordinario! Mi padre sin embargo callaba. Y yo, cuando me vino otra vez la respiración, fui consciente de que una pieza muy delicada de mi maquinaria interna  –quizás la membrana que envolvía un puro candor infantil- se había roto irreversiblemente y hacía aguas.

Pasaron unos minutos y Luis Aragonés se dispuso a ejecutar un golpe franco con barrera. –“Luis los tira muy bien”-, le dije a mi padre, que acababa de encender su segundo habano. –“No hay peligro, está muy lejos de la portería”- me contestó. Tiró Luis como siempre, de un golpe seco, y su disparo rebotó en la escuadra derecha del arco valencianista, traspasó la raya de gol y el Manzanares escupió un alarido de victoria que nos dejó sordos a los tres. Giré el cuello y vi a mi padre, con el puro apagado entre los labios, pálido como mi bufanda de invierno, incrédulo y triste, con una tristeza que le abatía tanto que me pareció un extraño. Nunca antes, al mirar a mi padre, había visto los ojos de un desconocido.

Abandonamos el estadio humillados después de pagar el tributo amargo de la derrota. No fue ningún consuelo para mí que el club de mis colores hubiera salido airoso en su desplazamiento liguero, según anunciaba la radio del taxi. Mi padre había sufrido una afrenta cruel por parte de un equipo abominable. Y yo había sido ofendido sin ningún miramiento a mi edad por un adulto de gesto feroz y ademanes chulescos que eran metafísicamente imposibles entre los jugadores de blanco inmaculado –mi equipo del alma- que goleaban a sus adversarios con señorío, elegancia natural y sin aspavientos groseros (Luis había acompañado su gol con un movimiento obsceno lanzado a la parroquia foránea) en el coliseo de Chamartín. Aunque debí contagiarme del ambiente, porque te confieso sin ningún remilgo de niño merengue que me fui a casa completamente jodido.

De las derrotas se aprende. Yo, esa tarde, aprendí varias lecciones útiles para la vida, si bien muy desiguales respecto a su importancia y también en relación con su jerarquía moral. La primera, en todos los sentidos, fue comprobar la fragilidad del padre, abofeteado como si fuera un niño por los desaires de un destino imprevisto. La figura del padre elaborada por mi mente infantil era un sol celestial que me daba luz, calor y protección frente al mundo extraño, desconocido y, a veces, hostil de los adultos. Ese domingo el sol declinó, se hizo más pequeño y finalmente sufrió un inesperado apagón por dos acciones consecutivas del tremendo 8 rojiblanco. Luis me había llamado niño tontolculo delante de mis mayores y mi padre, como si el desdichado episodio no fuera de su incumbencia, había mostrado su pasividad cobarde exhalando volutas de humo de su boca de fumador. Mi padre no era invencible en la palestra donde combaten los hombres. Ese fue mi descubrimiento terrible. Me dolió, pero mucho peor fue para mí escuchar la segunda cara del mismo disco: contemplar su propia humillación personal, su caída de rodillas en tierra, indefenso ante su verdugo, el rictus de dolor que apareció en la cara de mi padre cuando el bárbaro rojiblanco consumó su segunda agresión de manera alevosa, su gol espectacular por la escuadra en un libre directo con barrera que yo no podría olvidar jamás. El mito del padre legislador y guardián, el ensueño infantil del padre que todo lo puede, murieron esa tarde dominical a manos de los salvajes del río Manzanares. Y los tres, mudos y cariacontecidos, nos fuimos a casa helados por fuera y con una fiebre de cuarenta grados por dentro.

La segunda cosa que aprendí –debo confesarte, viejo amigo, una pequeña satisfacción de ruindad pequeñoburguesa- fue que los colchoneros eran un equipo de pobres. En el Santiago Bernabeu, cuando una pelota se iba a las gradas, el delegado de campo o los utilleros la reponían en un decir Jesús. Los de la ribera del Manzanares, sin embargo, sólo tenían un balón. Si lo perdían, se paraba el juego y entonces los propios jugadores se afanaban para recuperar la pelota a uña de caballo. Costara lo que costara y sin reparar en los medios empleados. Si era necesario, acojonando a un niño a grito pelado. Era la lucha por la vida sin los miramientos ni los melindres artificiosos que se estilan en el barrio de Salamanca. Era la recia oposición obrerista al distinguido modelo formalista aunque dudosamente ético de Petronio, que aconseja a sus afiliados "no realizar ni una buena acción ni decir una mala palabra” .

Tercera y última lección. Aprovechando que la mía es ya muy anciana y su sordera le impide oír mi voz, tengo que reconocer que el hosco y gran Luis Aragonés, además de otras virtudes evidentes para todos los aficionados al fútbol y a las demás cosas buenas de la vida, ejecutaba los golpes francos de putísima madre. Luis fusilaba con la maestría de un tirador olímpico de precisión a todo el que se le ponía delante. Descanse en paz. Le recordaré siempre con afecto a pesar de mi trauma infantil. Su figura va unida a la de mi buen padre, desaparecido hace ya muchos años y al que tanto amé. Casi cincuenta años después de los hechos, recuerdo a mi padre con su expresión bondadosa, con aquel cigarro inhabitual en la boca y con su porte cosmopolita, aunque todavía me escuece su gesto de resignación forzosa al encajar el golazo del gran 8 que se nos fue para siempre hace unos días. Pienso en esa tarde de fútbol con una pizca de nostalgia y la sonrisa infantil (perdida aquel día en el Manzanares) que, a falta de otros dones, de tanto en tanto me sale. Generalmente, cuando menos la llamo. Supongo –viejo amigo- que mi sonrisa es un esfuerzo baldío para retrasar lo que tú y yo sabemos que resulta inevitable. Un tic irracional para ganar un poco de tiempo y hacer la espera algo más dulce. Un autoengaño para olvidarme de la hora de entregar definitivamente la pelota”. 

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