2018: ¿caldo de cultivo para una huelga general?

O cambian las políticas actuales y hay negociación o habrá huelga general. Este es el mensaje que lanzó el secretario general de UGT, Pepe Álvarez, en la clausura de su Asamblea Confederal Consultiva 2018, que tuvo lugar el pasado 22 de marzo. Aunque las palabras del sindicalista sonaban más a advertencia que a convocatoria en firme, también pone de manifiesto que los sindicatos están dispuestos a usar esta herramienta laboral de presión, de la no han hecho uso desde 2012, ¿qué ha cambiado con respecto a los años anteriores?

El secretario de Organización de CCOO, Fernando Lezcano, no se arriesga a señalar una fecha en el calendario, pero sí reconoce que “en 2018 se dan unas circunstancias distintas a las que se han dado años anteriores”. El éxito de la huelga del 8 de marzo y las marchas de los pensionistas dan buena cuenta de que hay sectores sociales movilizados que exigen a Rajoy que la recuperación de la que presume llegue a todo el mundo.

En la democracia española ha habido hasta la fecha once convocatorias de huelga general, cifra a la que hay que sumar, además, la citada huelga feminista, que tuvo la particularidad de extenderse también al ámbito de los cuidados, al estudiantil y de consumo.

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A la hora de llamar a un acontecimiento de estas características, los sindicatos mayoritarios no solo valoran que las reivindicaciones sean justas y alcanzables, también que la convocatoria tenga seguimiento. Las fotos del día siguiente importan a patronal y a trabajadores. Por ello, tienen en cuenta una serie de factores para asegurarse el triunfo. Que el miedo no paralice es uno de los más importantes. Estos son los ingredientes de una huelga general.

  1. Los trabajadores están perdiendo el miedo. “El clima general nos indica que el miedo a la crisis se ha ido aplacando. Es uno de los factores que más retrae a los trabajadores", explica Lezcano. Durante los primeros años de recesión, los ERE en las empresas, los desahucios,  indicadores económicos desbocados como la prima de riesgo, que pasó a ser una desconocida para los ciudadanos a acaparar titulares, o los recortes llenaban cada día los informativos y penetraban en los hogares. La incertidumbre por el futuro se disparó y aún no se ha disipado. Aunque no se han recuperado ni los derechos ni las condiciones materiales de 2007, el trabajador no vive con esa sensación de psicosis económica de los primeros años. Aunque se cree que ante una peor situación, los trabajadores se movilizan más, muchas veces prima el pragmatismo. En estos casos, colectivos que no dependen de un sueldo, como los estudiantes, tienen una importancia capital en llevar adelante la agitación social.
  2. La recuperación que no llega. En 2017, España encadenó el tercer año de crecimiento consecutivo, sin embargo, el empleo sigue siendo precario y los sueldos bajos. “La recuperación se nota en la cuenta de resultados de algunas empresas, pero no en mejores salarios, ni en mejores redes de protección”, argumenta el secretario de Organización, que cree que el foco está en este momento en cómo se sale de la crisis. Ahora que el Gobierno presume de una mejora en las cuentas, los ciudadanos también quieren que eso se note en sus bolsillos. 
  3. Crece la movilización. En los últimos meses, algunas citas como la manifestación feminista del pasado 8 de marzo o las concentraciones de pensionistas del 17 del mismo mes parecen indicar que el pulso de la calle vuelve a crecer.  La comunidad educativa, los sanitarios o los trabajadores de la Justicia también se organizan para conseguir sus derechos. 
  4. El nuevo ciclo electoral. En 2019 se abre un nuevo ciclo electoral. Con las elecciones municipales, autonómicas y europeas de fondo, también se disparan las promesas de los políticos para intentar satisfacer los deseos del electorado. “El horizonte electoral obliga a los partidos a reposicionarse y plantear propuestas”, corrobora Lezcano.
  5. El elemento reactivo que falta. Las situaciones anteriores indican un malestar en la población, pero aún queda un elemento que active una respuesta social fuerte y unificada. Solo queda que políticos y empresarios sepan leerlo y no fuercen la situación hasta el conflicto. Las mayores movilizaciones son reactivas y responden a grandes cambios que se leen como ataques a derechos. El portavoz de Comisiones Obreras avisa de que la chispa puede prender cuando fracase una gran negociación con los empresarios o si el Gobierno no rectifica en cómo se reparte el crecimiento. En 2012, por ejemplo, estos elementos reactivos fueron la reforma laboral y las políticas de austeridad del Gobierno.