ABANDONO / La búsqueda del beneficio rápido contribuye al desastre

Eucaliptos, abandono rural y «cultura del fuego»: el cóctel de los grandes incendios

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Vecinos de Vigo ayudan a los equipos de extinción a combatir un fuego.
Un grupo de vecinos, provistos de baldes, trabajaban el pasado domingo junto a los equipos de extinción para combatir un incendio en la zona de Zamanes, Vigo. / Salvador sas (Efe)

El lunes, muchos usuarios corregían el ‘hashtag’ mayoritario, #ArdeGalicia, por #QuemanGalicia. Y era un cambio pertinente: la gran mayoría de los incendios son provocados. A falta de esclarecer cuáles son las causas del infierno que ha asolado el noroeste de España, con más de un centenar de focos y cuatro fallecidos en Galicia, hacemos una panorámica sobre esta cuestión. Más que a tramas de pirómanos, los expertos apuntan a un cóctel que da resultados catastróficos: las condiciones climatológicas adversas, un campo abandonado, la falta de prevención y la mano del hombre que enciende la primera chispa son los ingredientes que hacen que los fuegos se vuelvan incontrolables.

Hasta septiembre, en 2017 se habían producido en España 22 grandes incendios (más de 500 hectáreas) y 11.742 siniestros (4.360 incendios y 7.382 conatos), según el Ministerio de Agricultura. A estas cifras habrá que sumarle el desastroso balance que dejen los 132 focos en Galicia, los 35 en Asturias y los 300 en Portugal. 2017 podría ser el tercer año más trágico por detrás del catastrófico 2012 y 2009, según apunta Greenpeace.

Según las organizaciones ecologistas, un 96% de los incendios son provocados. Eso sí, las fuentes consultadas hacen una precisión: solo un pequeño porcentaje los inician pirómanos, es decir, personas con una patología. “Hay una cultura con respecto al uso del fuego como herramienta de gestión de los ecosistemas. A veces se usa para quemar rastrojos, ampliar la zona de ganado, actividades de caza…”, explica Mónica Parrilla, responsable de la campaña de bosques de Greenpeace España. La memoria de 2016 de la Fiscalía de Medioambiente le da la razón, ya que afirma que “la causa más frecuente de incendios forestales en España continúa siendo las quemas, tanto de residuos y restos forestales o agrícolas como regeneraciones de pasto”. El documento destaca también la aparición de otras causas minoritarias y sorprendentes como las “eléctricas principalmente como consecuencia del inadecuado mantenimiento de líneas eléctricas” o incluso, los causados por ferrocarriles, que no pasa de algo anecdótico con un 0,34 %.

Los ecologistas huyen de explicaciones simplistas ni oportunistas para abordar de forma general el problema de los incendios en España. Hay varios factores que aumentan las probabilidades de que una chispa desate una hecatombe. La inexistente adaptación al cambio climático, que hace que los veranos se alarguen, la mala planificación o los recortes en los presupuestos también contribuyen a que los incendios crezcan. Greenpeace ejemplifica la falta de prevención con dos actuaciones “improvisadas” de la Administración que hablan de la mala preparación contra los incendios: la ampliación “a última hora” de las campañas de extinción por parte del ministerio y el hecho de “permitir al sector ganadero que pueda abastecerse de agua de depósitos destinados a la extinción de incendios” como parche ante la sequía.

Una mala planificación en el campo

Al hablar de una tragedia de esta magnitud, toda la atención suele ponerse en los materiales para la extinción, una labor importantísima. Sin embargo, los expertos piden a los dirigentes abandonar el cortoplacismo y centrarse también en evitar desastres futuros. Según el Informe sobre Sostenibilidad de la Fundación Ideas, "de media, las administraciones reservan más del 80% de las inversiones de lucha contra los incendios a extinción, frente a apenas un 20% destinado a prevención". “Pedimos que se promuevan medidas de sensibilización. Para evitar este tipo de desastres también hace falta un mejor desarrollo rural”, comenta Theo Oberhuber, de Ecologistas en Acción. Una mejor planificación territorial y planes de emergencia en urbanizaciones situadas en zonas semirurales ayudaría a que los fuegos no creciesen. Galicia está llena de núcleos urbanos aislados y de grandes masas de bosques, según apuntan los expertos.

"Hay un abandono de los paisajes del campo. Antes se mezclaban zonas de bosque, pastizales, huertas... y no había grandes masas continuas de árboles. Antes del éxodo rural no existían esas grandes extensiones", recuerda Pedro Cáceres, que ha pasado buena parte de su carrera como periodista y comunicador dedicada a temas de Ciencia y Medioambiente. También apunta a una mala gestión del territorio, donde se ha optado por especies pirófilas (que arden con facilidad) como el eucalipto, que se usa para fabricar celulosa. Este tipo de árboles crecen más rápido que los robles o los castaños y son más rentables para la industria papelera, pero también desecan los suelos. Todos estos condicionantes no provocan los fuegos, pero sin duda contribuyen a que los conatos se conviertan en grandes incendios.

A la falta de un plan más racional de ordenación forestal y a los núcleos de población aislados, hay que sumarle los terrenos que son parte de la propiedad privada y que a veces están abandonados a su suerte por sus propietarios, que plantan eucaliptos en esos terrenos y se desentienden luego de ellos. En los últimos años, el campo ha dejado de ser productivo: "Hay una economía del fuego. El campo solo es rentable cuando arde", sentencia Cáceres.

De los errores se aprende. Es lo que ocurrió tras el incendio de la Sierra de Gata que se llevó por delante 8.237 hectáreas en 2015. De esa experiencia, surgió el proyecto Mosaico en Extremadura, que busca recuperar ese paisaje diverso y habitado que hace que los territorios corran menor riesgo ante un incendio: "En ese momento, la situación de esta zona era idéntica a la de Galicia. Se hablará mucho de los medios de extinción, pero muy poco sobre cómo evitar que vuelva a ocurrir", reflexiona Fernando Pulido, director del proyecto.

Este plan se desarrolla en una zona de alto riesgo de Sierra de Gata y Las Hurdes. De sus 1.700 kilómetros de superficie, 81.000 hectáreas son masas forestales. "Ayudamos a los jóvenes emprendedores que quieran vivir en el campo con un equipo de asesores técnicos. Atraemos nuevos pobladores", explica Pulido. El resultado es una revitalización de los terrenos y ese mosaico que evita que el incendio se extienda rápidamente. La propia planificación crea cortafuegos.

Una perrita lleva en la boca el cadáver calcinado de su cría
Una perrita lleva en la boca el cadáver calcinado de su cría. Imagen captada en la aldea de Chandebrito en Nigrán (Pontevedra), donde el pasado domingo dos mujeres murieron quemadas en una furgoneta. / Salvador Sas (Efe)

Penas altas, investigaciones difíciles

Los ecologistas proponen hacer autocrítica a todos, desde los propios ciudadanos hasta la Administración y, por supuesto, los medios de comunicación. “Se habla mucho de los incendios y poco de quien los provoca. Los medios tienen que hacerse eco también de las condenas para que sean ejemplarizantes. Los incendios pueden ser fruto de un accidente, pero hay una persona detrás”, recuerda Parrilla. Quemar bosques en España no sale gratis. El Código Penal castiga con penas de cárcel de hasta 10 a 20 años a “los que provocaren un incendio que comporte un peligro para la vida o integridad física de las personas”. La ley especifica varias situaciones, entre las que también se encuentran castigos para aquellos que “incendiaren montes o masas forestales", a los que les podrían imponer "de uno a cinco años y multa de doce a dieciocho meses" si pasan por el juzgado. 

La memoria de la Fiscalía pone cifras a las intervenciones policiales en toda España: “En los incendios ocurridos durante 2016 resultaron implicadas un total de 449 personas (51 detenidos y 398 investigados)”, explica el documento. De hecho, el informe recuerda otro episodio: el de la Cornisa Cantábrica, que ardió durante la segunda quincena de diciembre de 2015 y donde fueron detenidas o investigadas al menos 16 personas.

Las organizaciones piden también más implicación a los ciudadanos, con los que se tiene que hacer una intensa pedagogía desde las administraciones. En algunos pueblos, es difícil señalar a un vecino, primo o amigo que ha quemado un rastrojo esa mañana y cuyo fuego se ha desbordado: “Investigar un incendio y buscar la causa es factible, pero poner nombres y apellidos para llevar a alguien a la cárcel es mucho más complicado”, explica Oberhuber. Desde que en 2005 se creó la Fiscalía de Medioambiente, el panorama ha mejorado, pero tanto Greenpeace como Ecologistas en Acción piden más recursos para que tanto los fiscales como Guardería Forestal puedan hacer su trabajo.

Una mejor planificación del campo, dotar de más recursos a los órganos competentes e invertir más en prevención parecen ser los pilares básicos para que se eviten tragedias futuras. En Galicia, Asturias y Portugal el fuego ya ha dejado heridas irreparables a todos los niveles.


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