Trotsky cuidaba a sus conejos en su casa de México con ternura casi obscena

Lev Trotsky, criador de conejos

JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado: - Actualizado: 09:34

León Trotsky en su casa de México, en la que entre otras actividades, se dedicaba a la cría de conejos y gallinas
León Trotsky en su casa de México, en la que se dedicaba a la cría de conejos y gallinas en el patio trasero de la propiedad, hoy convertida en museo.

A cien años de la Revolución de Octubre me viene a las mientes, sobre todo, la imagen de Lev Trotsky. Los motivos son exclusivamente subjetivos pero responden a una llamada generacional que quisimos ver en Trotsky, ya lo hicieron antes los surrealistas con André Breton a la cabeza, al revolucionario culto, cosmopolita, en abierta confrontación con ese seminarista paleto y nacionalista irredento llamado Josif Stalin, un hombre acomplejado por los intelectuales, de hecho su enemigo público fue el pobre Mijail Bulgakov, y que gustaba de llevar al gulag preferentemente a escritores y judíos, por este orden ( tal complejo le llevó a escribir un libro de lingüística que no hay por donde cogerlo y que, por supuesto impuso en la tierra de Víctor Shklovski, Roman Jacobson y Mijail Bajtin). La cultura es fascinación sin límites y posee fanatismos tremendos que es probable que venga del poder real que en su día poseyeron los chamanes en las tribus. No sé, pero lo cierto es que Trotsky, en aquellos tiempos de las vanguardias artísticas, se constituyó como el único abierto a las corrientes artísticas liberadoras que se estaban forjando en Occidente y que en su país fueron preteridas por Lenin y masacradas abiertamente, más tarde, por Stalin. Irresistible. El que Trotsky se constituyera en objetivo principal del Komintern le otorgaba, además, un aire de víctima que hacía de él el representante genuino de la revolución bolchevique. No en vano fue el creador del Ejército Rojo, un enorme estratega y ganador de la guerra civil que ensangrentó Rusia entre bolcheviques y blancos durante años. Ello se consiguió con una actitud implacable sin límites y con momentos de una crueldad inenarrable: frente a la bestia de Kornílov se erguía el no menos vesánico Trotsky, pero a éste le otorgábamos la necesidad de la defensa de los débiles y el triunfo de la Revolución, nada menos. El baño de sangre duró hasta 1923. Ganó Trotsky. No hace falta decirlo.

En pocos años el forjador del Ejército Rojo pasó de ser héroe a villano y llevar la pesada carga ancestral de ser un hombre errante, en consonancia con el origen judío del que provenía. Pasó, entonces, de ser héroe implacable a una especie de hombre cultísimo con aires de sabio oriental y dotado de una energía tremenda, lo que era cierto, y una bondad de carácter añadida. Comprobé este cambio, que daba a sus correligionarios de los 90 un aire casi místico, en un viaje que hice a México D.F. con motivo de la Feria del Libro en el Palacio de Minería. Fui allí con Adriano González León, el enorme escritor venezolano, visité con él Teotihuacán y al lado de la Pirámide del Sol me susurró que al día siguiente me daría una sorpresa.

La mañana comenzó con las imágenes frescas de las moles piramidales del día anterior en el ánimo. Adriano me llevó en coche a una zona residencial del D.F. , Coyoacán, y me señaló una casa que, me dijo, habitó Frida Kahlo. Pasamos de largo, y al poco tiempo paramos en una casa muy parecida a la de la pintora y bajándose del vehículo, con gesto de Napoleón bajito y pícaro afirmó, triunfante, que esa casa era aquella donde se refugió Lev Trostky en México y donde halló la muerte a manos de Ramón Mercader, el topo del Komintern que Stalin ocultó durante años hasta que creyó que ya había llegado la hora de la venganza.

Entramos en el zaguán. Y allí vimos al guía, un hombre que parecía sacado del personaje que interpretó Javier Bardem en Perdita Durango, sólo que además iba tocado con una boina donde lucía, grande, una hoz y un martillo invertidos, signo del trotskismo más irredento. Inquietante, de entrada, enseguida se nos transformó en el personaje más inocente que he conocido en años, sobre todo porque por la edad que aparentaba, no bajaba de los cuarenta.

Trotsky
La casa que habitó Trotsky en México D.F . / Esther (Flickr)

Nos acompañó al despacho donde el catalán Mercader, como le gustaba presentarse, clavó la piqueta en la cabeza de Trotsky. Nos enseñó el dormitorio donde conservaban como reliquias los agujeros que habían dejado las balas de las metralletas de los sicarios de David Alfaro Siqueiros en las paredes. Nos dejó a nuestras anchas en el jardín bonito de la casa donde me llamaron la atención un montón de jaulas que se herrumbraban a ojos vista. El trotsco con pinta de ser el novio eterno de Perdita Durango se estaba fumando, mientras, un peta de estupenda marihuana mexicana y no mostraba atisbos de invitarnos.

Le pregunté por las jaulas y me dijo que eran jaulas donde Trotsky cuidaba a sus conejos con ternura casi obscena. “Fíjense si era buena persona, compadres, que no había mañana que no se preocupara de alimentar a los conejitos”. Después de aquella declaración de fe desmedida charlamos sobre Javier Rioyo, que había hecho un estupendo documental sobre el asesinato de Trotsky. El trasunto de Bardem se acordaba de él y me dio recuerdos de su parte si me lo encontraba.

Bueno, después de aquello, Adriano, que tenía previsto visitar la casa de Kahlo y Diego Rivera, pareció derrumbarse debido a que su inteligencia no podía soportar tanta inocencia, abandonó la idea de ir a la casa de los artistas legendarios y me propuso ir a San Ángel, no a ver al Gabo, sino a beber unos caballitos de tequila en un bareto que conocía.

Sentí al cabo de un rato, ya llevaba dos caballitos, la coherencia de lo aparentemente absurdo: Trotsky, el general del Ejército Rojo, cuidando conejitos con ternura. Sara Montiel, amiga de Ramón Mercader, visitándolo en la cárcel de México y afirmando años después que sabía que había matado a Trotsky pero de ahí a pensar que era un asesino mediaba mucho…

Cien años ya… ¿Qué se hizo de…? La clave radica quizá en la elegía inmortal de Jorge Manrique. Los antiguos sabían.

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