Los profesores debaten: ¿debe incluirse a una filósofa en el examen de selectividad?

  • Platón, Santo Tomás, Kant, Nietzsche u Ortega y Gasset. Son algunos de los nombres en los que se condensa la Historia de la Filosofía de la que se examinan cada año los alumnos de Bachillerato.
  • “Tampoco hay ningún autor que proceda, por ejemplo, de la clase trabajadora o que no sea occidental", argumenta uno de los profesores consultados

Platón, Santo Tomás, Kant, Nietzsche u Ortega y Gasset. Son algunos de los nombres en los que se condensa la Historia de la Filosofía de la que se examinan cada año los alumnos de Bachillerato en la Prueba de Acceso a la Universidad. Este esqueleto del conocimiento lo sostienen solo hombres. Esta fue una de las cuestiones que reflexionaron en una la mesa organizada por la Asociación de Profesores de Filosofía de Madrid, que se desarrolló en el Congreso Más Filosofía del 22 al 24 de noviembre. En uno de los muchos talleres que prepararon han hecho lo que mejor saben, lanzar una pregunta y abrir debate: ¿Debe haber obligatoriamente una filósofa entre los autores de filosofía de los que se examinan los alumnos de Bachillerato?

Daniel Rosende, profesor y creador del canal de Youtube Unboxing Philosophy, lanza un primer reto: “Vamos a ver qué pensaban los grandes filósofos sobre las mujeres”. “Hombre, tú eres el señor, la mujer es tu esclava, es Dios quien lo ha querido” (San Agustín), “en tanto que individuo, la mujer es un ser enclenque y defectuoso” (Tomás de Aquino), “¿vas a ver a las mujeres? No olvides tu látigo” (Nietzsche). Un repaso a los filósofos más elementales aflora pronto la primera razón para introducir el pensamiento creado por mujeres en los libros de texto: “Los grandes genios del pensamiento han sostenido prejuicios detestables sobre las mujeres”, una tendencia que pervive y que la escuela, como “máquina de producción de verdad”, como decía Foucault, tiene que romper adoptando como herramienta “perspectiva de género en todas las materias”, tal y como apunta este maestro.

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Aunque la propia ley educativa obliga “fomentar la igualdad efectiva de derechos y oportunidades”, Rosende describe una realidad muy distinta, donde “no hay una correspondencia entre las leyes que impulsan la igualdad y el programa académico“. Para esta cuestión, ha sondeado a algunos colegas y su conclusión es demoledora: las filósofas siguen siendo cuasidesconocidas incluso en la propia carrera de Filosofía. Por tanto, si se introdujera a una de las grandes pensadoras entre sus compañeros, este profesor cree que “nos aseguraríamos de que se impartirán en clase obligatoriamente. Para el profesorado es muy cómodo seguir impartiendo a los autores de siempre”.

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La profesora Belén Quejigo coincide en el diagnóstico de ese déficit que tienen hasta los expertos en la materia. Conocer el pensamiento de las mujeres implica un esfuerzo extra. Los profesores tienen que construir ellos mismos la genealogía intelectual de las pensadoras: “Yo misma estaba en esa alienación. No he tenido siempre un pensamiento feminista, fueron unas alumnas las que me despertaron del sueño dogmático y me preguntaron que, cómo siendo una mujer, no había hablado de ninguna en todo el curso cuando había pensado y recorrido los postulados de Kant, Hume, Rousseau o Nietzsche durante un año entero”. 

Este no es un debate de cuotas, por eso mismo pide que los libros de texto que van a formar a la próxima generación incluyan a los filósofos que cumplan con la calidad requerida. Ese todos incluye a todas: “Empecemos por incluir a una mujer dentro del relato oficial de la historiografía filosófica y después continuemos por otros caminos, si es que tienen que darse. Hay mujeres como Angela Davis o Paul B. Preciado trabajando en eso”.

Ni mujeres, ni obreros, ni no europeos

“Si empezamos a dar las materias de acuerdo al criterio de la igualdad de sexo y no al de la transmisión cultural y la verdad, podemos tener un problema y es que tendremos que buscar siempre un 50% en relación a la igualdad de sexo en cada tarea humana”. Enrique P. Mesa no es partidario de esta modificación y para explicarlo da la vuelta a la pregunta: “quién quitamos y a quién metemos y por qué motivo”. El profesor madrileño recuerda que el número de autores es limitado y que, además, los alumnos “no son especialistas” y, por tanto, hay que sintetizar en unos pocos nombres: “Se trata de un tema de relevancia histórica de determinados autores de filosofía”. Si la discusión se centra en cubrir déficits, Mesa recuerda que tampoco hay ningún autor que proceda, por ejemplo, de la clase trabajadora o que no sea occidental o que no sea europeo, cosa que parece no importarle a nadie”. 

En este caso, la discusión volvería a cómo se eligen la docena de autores imprescindibles que todo alumno tiene que conocer antes de llegar a la universidad. Para Mesa hay tres criterios básicos: su relevancia o importancia dentro de la propia Historia de la filosofía, por su relevancia “dentro de lo que podríamos considerar la cultura o el conocimiento cultural” y “que pueda ser comprensible para un determinado nivel de conocimientos que se tiene en segundo de Bachillerato”. A su juicio, Hegel, Heidegger o Husserl no cumplirían esta última condición, mientras Leibniz, Spinoza o Schopenhauer no tendrían la segunda.

Mesa cree que la igualdad real “no se consigue a través de políticas demagógicas y puramente intelectuales” y teme que este tipo de debates distraigan de abordar “los procesos reales de transformación social y económica y especialmente dentro del mercado laboral”, una de las fuentes de las que emana la desigualdad material. Este profesor cree que estas discusiones podrían contribuir a crear una apariencia de igualdad, que seguiría invisibilizando a las mujeres más discriminadas y alude a “una especie de feminismo de élite en el cual determinada oligarquía femenina ha decidido repartirse al 50% la situación oligarca y eso no representa realmente un feminismo social que apoye a la mayoría de las mujeres que son de clase trabajadora”.

De María Zambrano a Hannah Arendt

“Ningún gobierno fascista prosperará si empleamos las herramientas que Hannah Arendt nos da”, explica Rosende cuando se le pregunta qué filosofa podría entrar en ese grupo. Alude a la distinción entre el mal radical y el mal banal, la necesidad de desobedecer las leyes cuando estas son indeseables o la capacidad de pensar por  uno mismo entre otros conceptos, que se encuentran en sus libros y que son imprescindibles para comprender lo que los chicos ven, por ejemplo, en los telediarios.

Simone de Beauvoir es la segunda propuesta: “Sentó las bases del feminismo actual. Hay quien, parafraseando a Whitehead, dice que todo el pensamiento feminista son notas a pie de página de la obra El Segundo Sexo“. La mayoría de propuestas femeninas se concentran en el siglo XX.

Si  el imperativo categórico de Kant o el concepto marxista de alienación son básicos para entender cómo se organiza la sociedad, a Quejigo se le ocurren un buen puñado de autoras que “están a la altura” del temario de Bachillerato que se condensa en doce autores: Simone Weil, María Zambrano, Donna Haraway, Judith Butler, etc. La profesora deja un reguero de preguntas: “¿Cómo dejar caer en el olvido el conocimiento situado de Stein o el arraigo explicado por Simone Weil?”, “¿cómo no leer con asombro el transhumanismo de Donna Haraway o el anarquismo de Emma Goldman?”.  

En la cuarta ola feminista, todo puede ser cuestionado bajo la óptica morada. La discusión, por el momento, se ha quedado en este pequeño grupo de profesores de Madrid. El debate está servido.