Javier López Alós: “El precario vive pensando que no puede permitirse errores”

  • Charlamos con el autor de 'Crítica de la razón precaria' (Catarata, 2019).

Las jornadas laborales eternas, la obligación de tener varios trabajos para sobrevivir o el deber de ser práctico han robado a toda una generación el más necesario de los placeres: poder pararse a pensar. Javier López Alós (Alicante, 1976) pasa a engrosar la nómina de autores españoles que reflexionan y escriben sobre los estragos que deja la precariedad con el libro ‘Crítica de la razón precaria‘ (Catarata, 2019), en el que acota las consecuencias al plano de la producción intelectual.

Este doctor de Filosofía ilustra su tesis con una anécdota personal narrada en el prólogo. Cuando llevaba escrito la mitad del libro, el disco duro de su ordenador se averió sin que él pudiera haber hecho una copia de seguridad. Para recuperar las páginas redactadas, tenía que pagar entre 600 y 1.000 euros de reparación. Se lo tuvo que pensar.

¿Merece la pena? Es la pregunta que se hizo López y que muchas personas se repiten a diario cuando acuden a un trabajo que a veces sienten como una lucha. Sobre todo esto charlamos con el autor en un céntrico hotel de Madrid.

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— ¿Cómo afecta la precariedad a la produccioón intelectual?

Tiene una incidencia que creo que se puede medir desde varios puntos de vista. Por una parte, la más obvia sería la que obstaculiza que se pueda producir la propia creación intelectual.  Eso tiene una consecuencia social, no solo individual.

Por otra parte tiene unas consecuencias directas en lo que sí se llega a hacer. Empuja a que la producción adopte una serie de características que están en consonancia con el estrechamiento de lo posible. Se hace aquello que se puede hacer de la manera que se puede hacer. Eso implica una rebaja de las expectativas de aquello que se quería hacer. También que el tipo de producción tenga siempre en cuenta el nicho de recepción, que tiene que ver con las necesidades del mercado o la rentabilidad a corto plazo.

— Usted en el libro cuenta un ejemplo muy ilustrativo. Cuando está escribiendo el borrador y se le estropea el ordenador. Entonces tiene que decidir entre tirarlo todo por la borda o pagar un arreglo costoso.

«Cualquier imprevisto aboca al precario a lo extraordinario»

Sí, ilustra cómo el precario vive pensando que no puede permitirse errores. Vive atemorizado ante la posibilidad del error. Sabemos que el error es natural. El hecho de que te equivoques, en este caso, en no haber hecho una copia en el disco duro lo vives como si tuviera unas consecuencias terroríficas. Muestra cómo uno vive frente a la posibilidad de un error, cualquier imprevisto lo aboca a uno a lo extraordinario. El precario aspira a tener una vida más o menos normalizada: pensar en el largo plazo, establecer proyecto de largo aliento, donde la normalidad es el espacio de la libertad, también de la libertad intelectual.

— En el libro se centra en la producción cultural, pero todo el mundo tiene necesidades intelectuales que se ven afectadas por la precariedad, desde los profesores de universidad al camarero que llega a casa agotado y no tiene tiempo de leerse un libro.

«A mayor vocación, mayor exposición y mayor tolerancia a la precariedad»

Los ritmos de vida son una especie de estado de excepción normalizado, afectan a todo el mundo y son difícilmente compatibles con la producción, no solo de quien produce sino de aquellos que lo reciben y lo reelaboran, el público. Pero creo que en el mundo de la producción cultural existen unas características particulares. Primero, cómo se conjuga el elemento vocacional. A mayor vocación, mayor exposición y mayor tolerancia a la precariedad. Por otra parte, está la dimensión institucional. El trabajo cultural necesita de alguna manera un ropaje institucional, ya sea a través de universidades, un instituto de investigación, compañías de artes escénicas… Está altamente institucionalizado. Esta mezcla de vocación, de identificación y de nicho institucional genera unas dinámicas diferentes al fenómeno general de la precariedad, sin disminuir la importancia de los otros ámbitos.

— ¿La vocación es una trampa para que trabajemos horas de más, por un sueldo bajo y condiciones laborales lamentables?

Muchas veces sí, se acaba convirtiendo en una trampa. La vocación es un valor positivo, pero cuando es utilizada por el otro, por un sistema, para mantenerte en un estado de vulnerabilidad en lugar de ser un motor de impulso se convierte en una trampa. No es una casualidad que los mayores índices de acoso laboral se de en lugares donde prima la vocación. Es más difícil decir ‘hasta aquí’ y marcharte. La vocación es también tu identidad, una forma en la que tú te comprendes a ti mismo.

— También habla de una sociedad que tolera mal el fracaso, ¿cómo nos perjudica el concepto de éxito que tenemos?

También es profundamente tramposo. La ideología del éxito solo puede tener sentido cuando el éxito es un objetivo alcanzable para unos pocos. Esto se combina con la presión universal que recibimos para tener éxito. Es algo a lo que todos tenemos aspirar, pero por definición, el éxito es diferencial y aceptará a muy pocas personas. También hay una estructura social y económica que dificulta de sobremanera que los sujetos puedan desarrollar sus potenciales. Lo siniestro de esto es que se fuerza al sujeto a perseguir un objetivo normalmente imposible por el que se sentirá culpable, ya que no va a poder llegar a alcanzarlo.

El fracaso es la otra cara del éxito, pero no se puede aceptar ni reconocer.  Es reconocer la vulnerabilidad y que no eres capaz de ganar en esa carrera para el éxito. Esto, que es realismo, debe ser escondido. Esa tensión con aquello que existe pero que no permitimos que emerja produce buena parte de nuestras frustraciones.

— También habla de las jóvenes promesas que peinan canas. La juventud se alarga hasta los 35-40, ¿cómo se enmarca en este contexto?

«Se necesita que haya un número muy importante de gente que esté en disposición de ser explotada»

La condición precaria está íntimamente ligada con los méritos, el precario es un meritorio, alguien que constantemente tiene que estar demostrando su capacidad, su valía, porque si está en la situación en la que está es responsabilizado por ello. Se necesita que haya un número muy importante de gente que esté en disposición de ser explotada, de estar en una situación de aprovechamiento máximo y rentabilización máxima. Es más fácil con la gente joven por una cuestión de resistencia, pero al mismo tiempo hay una invitación a resistir y una prolongación ante las circunstancias. Por eso, uno trata de aguantar, de seguir haciendo méritos. También hay una contracción del mercado, que no puede incorporar mucha gente y se prolongan esos puestos junior lo máximo posible.

En esa situación no se pueden cumplir con cierto tipo de etapas asociadas a la edad, como fijar una residencia, formar una familia si se quiere o tener cierta estabilidad. Los precarios se ven viviendo con cuarenta y pico años con contratos temporales, itinerantes, en trabajos sin estabilidad. Muchos investigadores viven como si fueran erasmus.

— Dice en el libro que las expectativas de su generación fueron construidas “con los materiales que nuestros mayores nos proporcionaron y diseñadas según sus promesas”, ¿por qué ese resentimiento a la generación anterior?

El resentimiento existe, pero creo que no hay que abandonarse a él ni es completamente justo. No me interesa tanto justificarlo como entenderlo. Un resentimiento contra una generación entera me parece excesivo. La generación de los que nacimos durante la Transición nos criamos y fuimos a la universidad en una etapa de crecimiento económico. Terminamos los estudios en un momento en el que existía un boom económico y en el que todo parecía posible. A muchos de nuestra generación se les prometieron cosas que no se han cumplido.

— Dice, de hecho, que el paternalismo de la generación anterior ha renunciado a la protección, pero no a la regañina.

Exacto. Yo he tenido que consolar a gente de generaciones anteriores por mi propia situación precaria. Creo que eso no es justo. Hay un paternalismo que se queda con su peor parte, la figura autoritaria, que te dice que te has equivocado y lo que tenías que haber hecho, pero renuncia a otra faceta de la paternidad que es el cuidado y el aseguramiento de tu supervivencia. Creo que hay un paternalismo que se ha desentendido de muchos de sus ahijados salvo para reñirlos por no haber hecho lo que ellos hicieron en un contexto muy distinto y favorable del que hemos tenido nosotros.

— Cambiando de tema. También dice que el reconocimiento ya no supone un plus de desempeño profesional sino que constituye su propia condición de posibilidad, ¿cómo afecta al día a día del trabajador? Este reconocimiento va mucho más allá de las horas trabajadas. Estoy pensando en la presencia en las redes sociales…

Sí, lo intensifican. Esto está muy relacionado con el tema de la autoexplotación. Uno se convierte en su propia marca y debe mostrar su disponibilidad las horas que sean necesarias, tanto temporal como cualitativa. Es decir, debes estar disponible para cualquier cosa. El reconocimiento es necesario para que sepan que existes, que puedes ser demandado. Después, la aspiración del precario es ser reconocido como un igual a los que no están en situación de precariedad. Esto se ve en el mundo cultural. Es una presión constante para seguir produciendo y hacer cosas que resulten atractivas a ojos de los demás. De alguna manera, el precario espera que esa llamada de la atención sea atendida y constituya una oportunidad de salvación. Eso es un síntoma.

Respecto a las redes sociales, hay estudios que relacionan la hiperactividad con el sentimiento de infelicidad, de ansiedad y malestar.La hiperactividad, en la que uno tiene la sensación de ir de un sitio a otro, es un síntoma de una necesidad de moverse y llamar la atención desesperadamente. Creo que la redes sociales tienen muchas cosas buenas, pero han intensificado esto.

— Por último, ¿cómo afecta esta precariedad en la producción a derechos fundamentales como el de la información?

De una manera decisiva. Tiene que ver con todo aquello que no llega a hacerse, de lo que habría que hablar y lo que habría que pensar, ¿quién va a producir los relatos, las imágenes, las ideas alternativas al orden vigente de las cosas?, ¿quién va a iluminar determinadas zonas que aparecen opacas para la mayoría si los criterios son exclusivamente de rentabilidad económica? Eso nos hacen menos libres, más ignorantes. El riesgo con aquello que se hace es que acabe siendo afín al estado de cosas actual y acabe sirviendo al mantenimiento y prolongación de situaciones de injusticia. Esto provoca un empobrecimiento cultural, pero también social y político. Las humanidades son una herramienta para la crítica.