Nadya Tolokónnikova (Pussy Riot): “Lo nuestro no fue un juicio, fue una caza de brujas”

  • Estuvo el miércoles en Matadero en Madrid presentado su libro 'Pussy Riot: de la Alegría Subversiva a la Acción directa'
  • Tiene un mensaje cargado de punk y optimismo para Rusia: “Lo más importante es convencer a la gente de que el cambio es posible y lo podemos hacer nosotros”

Fueron 40 los segundos que hicieron famosas en todo el mundo al colectivo ruso de punk feminista Pussy Riot. Ese fue el tiempo que duró su performance en un templo religioso de Moscú al grito de “Virgen María, ¡expulsa a Putin!” porque enseguida ellas fueron las expulsadas. Pero ese breve momento cambió sus vidas –y puede que algo de Rusia– para siempre.

La miembro fundadora del colectivo Nadya Tolokónnikova (Norilsk, Rusia, 1989) estuvo el miércoles en Matadero en Madrid presentado su libro Pussy Riot: de la Alegría Subversiva a la Acción directa, donde plasma la sabiduría que le han concedido las duras experiencias vividas: un juicio que tilda de “caza de brujas” y dieciocho meses en prisión castigada a trabajar 16 horas al día. Con una valentía que deja bocas abiertas, es una de las voces críticas más potentes contra Putin y tiene un mensaje cargado de punk y optimismo para Rusia: “Lo más importante es convencer a la gente de que el cambio es posible y lo podemos hacer nosotros”.

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El libro de Nadya es una invitación a la acción subversiva contra aquellos que pretenden atentar contra los derechos y las libertades individuales. La activista y artista ha abierto un nuevo camino con sus creativas protestas: saltó alambradas de púas, besó policías, hizo huelga de hambre para protestar por la situación de abusos que sufren los presos en las cárceles rusas. Y también obtuvo duros castigos: recibió latigazos por parte de la Policía en Sochi, unos agentes le arrojaron pintura a los ojos y la dejaron temporalmente ciega, y ha sido constantemente supervisada por el Kremlin.

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En una conversación con la periodista Marta Rebón, Nadya explicó que fue su padre quien le dio acceso a las diversas formas de cultura desde muy temprana edad y que le ayudó a convertirse en una persona crítica. También que le enseño a “respetar a todas las religiones por igual” para poder entender a la gente. “Mi padre y yo no nos consideramos personas religiosas, pero íbamos a las catedrales, a las sinagogas o a las mezquitas”, narró. La performance que hizo famosas a las Pussy Riot fue tildada de ofensiva, pero tenía como objetivo principal criticar el apoyo explícito de la Iglesia Ortodoxa a Putin.

Después de la performance, “algo se empezó a mover”, recuerda Nadya. Un medio ruso había publicado una foto de la acción y la noticia se convirtió en un bombazo. Se ordenó su detención y, aunque en un principio consiguieron burlar a los agentes durante dos semanas dando nombres falsos, una intensa búsqueda logró dar con ellas dos semanas después. Fue un juicio de una semana con ellas encerradas en una jaula de cristal. La activista recuerda que ella y sus compañeras vivieron el proceso como algo “surrealista” y medieval. Leían la Biblia para contestar a las proclamas religiosas que utilizaban contra ellas. “Si vas a hablar de Jesucristo tienes que saber que él estaba en contra del abuso de los derechos, así que decidimos utilizar a Jesucristo”, explicó. “Fue más una caja de brujas que un juicio normal”.

Nadya fue condenada a dos años de prisión declarada culpable de “vandalismo”, y fue enviada a una colonia. Sabía que al llegar allí no tendría acceso a libros así que durante los seis meses que tuvo acceso a la biblioteca de la cárcel leyó todo lo que había allí que le resultaba mínimamente interesante: Dostoyevski, Tolstói y la Biblia por aquello de entender “el lenguaje del enemigo”. “Aunque Trump diga que su libro favorito es la Biblia, es evidente que no la ha leído por cómo actúa”, indicó.

Una vez enviada al campo de trabajo, Nadya se enfrentó a condiciones durísimas: 16 horas delante de una máquina cosiendo uniformes para los guardias de la prisión. “Sentí que se me había roto el espíritu, que me habían quebrado”, explicó. En una ocasión la aguja de coser le atravesó el dedo y ni siquiera lo sintió.

Si algo le salvó de aquel infierno, explicó, fue empezar a tomar consciencia de que había personas peor que ella a su alrededor, algunos condenados a más años de cárcel solo por llevar un poco de droga en el bolsillo. Fue entonces cuando empezó a tomar consciencia de la situación terrible de los presos en Rusia, hasta convertirla en una de sus principales reivindicaciones. “Fui testigo de gente con enfermedades que moría porque uno de los principales problemas en el sistema penal moderno ruso es que no hay acceso a tratamientos ni a medicinas”, indicó. “Las mujeres solo tienen acceso al agua para ducharse una vez a la semana y, si no tienen a nadie en el exterior que les apoye, les faltan los productos básicos de higiene”, añadió.

Putin y Trump, parecidos aunque no iguales

Cuando Nadya y su compañera María Aliónjina casi habían cumplido la condena, Putin decretó una amnistía para activistas, “gamberros”, y opositores. Dicha decisión se interpretó en aquel momento como un intento de lavar su imagen ante los Juegos Olímpicos de Sochi, los más caros del mundo y que, según varias investigaciones, alcanzaron grandes niveles de corrupción. Reunidas de nuevo, las Pussy Riot volvieron a los Juegos a protestar y fueron expulsadas a latigazos por cosacos que participaban en las operaciones de patrulla. De nuevo, una imagen impactante para el mundo.

En su reflexión sobre el panorama global, Nadya explicó que aunque Putin y Trump no son iguales, tienen en común su obsesión por el dinero y el poder. “Putin interfirió en las elecciones estadounidenses porque él sigue siendo un agente de la KGB, pero no creo que Donald Trump fuera elegido únicamente por eso. Hay una falta de confianza en los políticos tradicionales en EEUU, un problema en el sistema de sanidad y en la educación”, reflexionó.

Preguntada por cómo ve el futuro en su país, Nadya indicó que Putin se aferra al poder porque se compara con Gadafi y cree que, si lo pierde, “puede acabar muerto”. Por eso, señaló que el único cambio posible reside en el pueblo. “Lo más importante es convencer de que el cambio es posible y que lo podemos hacer nosotros. Ahí está el truco: hay que decirle a la gente que ya podemos y que podemos encontrar las herramientas”, manifestó.