Marx, los ratones y Alberto Garzón (III): ¡Claridad, no confusión!

  • Por todas partes vemos el mismo descontento, enojo, furia y, sobre todo, frustración, una frustración que está dirigida en gran medida a los líderes de la izquierda y los sindicatos
  • Ideas tan confusas como «no somos ni de izquierda ni de derecha» abren la puerta a una política oportunista, con consecuencias desastrosas
  • Parece ser que la actitud de Garzón hacia el marxismo, negando que articula un método científico e incluso que ni siquiera nos proporcione un método, es idéntica a la actitud de su héroe Karl Popper hacia Darwin

No nos complace decir esto, pero el artículo del compañero Garzón, lejos de aclarar las cuestiones que aborda, está repleto de confusiones desde la primera hasta la última línea. Pareciera un intento de minar el marxismo sin admitirlo, o quizá sin siquiera ser consciente de ello.

No hace la menor mella en el marxismo, porque en ninguno de los casos trata seriamente el tema. Su método es construir un espantapájaros para después derribarlo. Eso no es realmente algo difícil de hacer, pero no sirve para aclarar nada o elevar la comprensión política de la militancia de Izquierda Unida. Esto es doblemente desafortunado, porque en este momento lo que se requiere para unir a la izquierda sobre una base sólida es precisamente claridad.

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Marx, los ratones y Alberto Garzón (I)

La crisis del capitalismo ha producido una revuelta creciente en la sociedad. Lo vimos hace poco en el movimiento multitudinario de los pensionistas y las manifestaciones masivas y huelgas del 8 de marzo, y antes en la rebelión democrática del pueblo catalán.

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Por todas partes vemos el mismo descontento, enojo, furia y, sobre todo, frustración, una frustración que está dirigida en gran medida a los líderes de la izquierda y los sindicatos que, en lugar de proporcionar al movimiento el programa, las ideas y la organización necesarios, siembran sistemáticamente la desilusión entre las masas y el descontento en sus propias bases.

El camarada Garzón no debiera ver el marxismo como un pesado lastre del pasado que hay que quitarse de encima cuanto antes; el marxismo no es una carga onerosa que impide nuestro progreso. Más bien es una brújula absolutamente necesaria que nos permite encontrar el camino correcto. Sin la ayuda de tal brújula, inevitablemente nos perderemos en un marasmo de ideas incorrectas y contradictorias. Tampoco debiera dejarse arrastrar por la tentación del eclecticismo diletante, aceptando «cuarto y mitad de marxismo», y rechazando el resto, amputándolo hasta reducirlo a un muñón impotente, privado de su médula revolucionaria, eliminando el programa, convertido, ahora sí, en una reliquia religiosa que sacar en procesión en las reuniones de profesión de fe, pero alejado totalmente de nuestra práctica.

Marx, los ratones y Alberto Garzón (II): Las tendencias históricas

Para ver cómo termina esta confusión ideológica, solo hace falta señalar lo que ha ocurrido con Podemos. Los dirigentes de esta formación pensaban que podrían prescindir de la ideología. Renunciaron explícitamente al marxismo, ofreciendo en su lugar nuevas ideas y nuevos métodos organizativos. La organización Podemos parecía representar una salida. Los discursos radicales de Pablo Iglesias inspiraron esperanza en los corazones de mucha gente.

Pero no se puede volver la espalda tan alegremente a la ideología que, expulsada por la puerta delantera, volverá a entrar por la ventana de atrás. La política, al igual que la naturaleza, aborrece el vacío. La ausencia de ideología simplemente significa la adopción de una mala ideología. Ideas tan confusas como «no somos ni de izquierda ni de derecha» abren la puerta a una política oportunista, con consecuencias desastrosas.

Las esperanzas iniciales, cada vez más, se están transformando en un creciente desencanto. Esto se debe precisamente a la confusión ideológica y las ambigüedades políticas de los líderes de Podemos, quienes neciamente imaginaron que la manera de obtener más apoyo era moderar su lenguaje en un vano intento de ganar el llamado terreno del «centro». ¡Grave error! Si la gente quiere el reformismo, ya tiene al PSOE. No necesita de Podemos, que naturalmente ha cedido terreno al PSOE.

En tales condiciones, Izquierda Unida tiene una oportunidad de oro para ganar el liderazgo del movimiento. Pero la condición sine qua non es que Izquierda Unida defienda firmemente las genuinas ideas de izquierda: las ideas del comunismo y el marxismo revolucionario. Al intentar distanciarse de estas ideas, el camarada Garzón está haciendo precisamente lo contrario de lo que hace falta en estos momentos.

No podemos olvidar lo sucedido en la Transición, el abandono del marxismo y del leninismo, partes de un mismo proceso, expresado en primer lugar como una amalgama confusa. La siguiente cita bien podría ser un resumen de los últimos artículos del compañero Garzón:

«…asume el marxismo como un instrumento teórico, crítico y no dogmático, para el análisis y la transformación de la realidad social, recogiendo las distintas aportaciones, marxistas y no marxistas, que han contribuido a hacer del socialismo la gran alternativa emancipadora de nuestro tiempo y respetando plenamente las creencias personales».

Pero, los puntos suspensivos deben sustituirse por «El PSOE», ¡pues es la resolución que se aprobó en el congreso extraordinario de 1979 en el que el partido dirigido por Felipe González abandonó formalmente el marxismo!

Las ideas confusas solo pueden ser combatidas con la firmeza ideológica y la claridad completa. Lamentamos profundamente que las ideas del artículo del camarada Alberto no aporten claridad, sino que representan un evidente giro hacia la derecha, no hacia la izquierda.

«El marxismo debe cambiar»

El marxismo tiene que cambiar, nos dice. Esta es una canción muy conocida para nosotros. Ha sido cantada durante más de cien años por gente como Bernstein, Kautsky y muchos otros. Todas estas personas querían transformar el marxismo en su contrario, privarlo de su identidad revolucionaria, castrarlo y reducirlo a un tipo de reformismo parlamentario inofensivo.

No obstante, al menos los pensadores revisionistas del pasado intentaron presentar un programa coherente. Eso, lamentablemente, no se puede decir en el presente caso. El artículo del coordinador de IU contiene muchas críticas al marxismo, pero cuando se trata de presentar una alternativa coherente, resulta ser una gran decepción.

Parece ser que la actitud de Garzón hacia el marxismo, negando que articula un método científico e incluso que ni siquiera nos proporcione un método, es idéntica a la actitud de su héroe Karl Popper hacia Darwin, «es decir, que no es una teoría científica comprobable, sino un programa de investigación metafísico: un posible marco para las teorías científicas comprobables».

Al igual que todas las demás declaraciones de Popper, esta requiere una traducción a un castellano comprensible para un ser humano normal. Aunque rinde homenaje de mala gana a Charles Darwin como un pensador significativo del pasado (la palabra «pasado» debe ser bien subrayada), sus teorías son una completa pérdida de tiempo.

El Coordinador de IU está dispuesto a mantener el retrato de Marx en la pared y el primer volumen de El Capital en su estante (después de todo, es parte de nuestra «tradición») siempre que se ignore por completo lo que Marx realmente escribió.

En un rasgo de incomprensión del legado de los fundadores del socialismo científico nos dice:

«En primer lugar, creo que es importante bajarse del fuerte determinismo que emana de su concepción de la historia. La historia no está escrita de antemano por ninguna fuerza providencial y por lo tanto, no cabe presuponer ciertos desarrollos históricos sin la intervención de otras variables no estrictamente económicas».

En esto se equivoca el compañero, tanto al vulgarizar el marxismo hasta hacerlo irreconocible, como al llevarlo a un reduccionismo economicista y un determinismo religioso. Tal como lo explicó Engels de forma brillante en su carta a José Bloch:

«…Según la concepción materialista de la historia, el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto. Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda (…)

«…Somos nosotros mismos quienes hacemos nuestra historia, pero la hacemos, en primer lugar, con arreglo a premisas y condiciones muy concretas. Entre ellas, son las económicas las que deciden en última instancia. (…) El que los discípulos hagan a veces más hincapié del debido en el aspecto económico, es cosa de la que, en parte, tenemos la culpa Marx y yo mismo. Frente a los adversarios, teníamos que subrayar este principio cardinal que se negaba, y no siempre disponíamos de tiempo, espacio y ocasión para dar la debida importancia a los demás factores que intervienen en el juego de las acciones y reacciones. (…) Desgraciadamente, ocurre con harta frecuencia que se cree haber entendido totalmente y que se puede manejar sin más una nueva teoría por el mero hecho de haberse asimilado, y no siempre exactamente, sus tesis fundamentales. De este reproche no se hallan exentos muchos de los nuevos “marxistas” y así se explican muchas de las cosas peregrinas que han aportado».

Alberto Garzón afirma: «En cualquier caso, sí creo que debemos recuperar el materialismo histórico, en una versión suavizada, como un instrumento útil para las ciencias sociales y como una forma de contrarrestar las tendencias posmodernas cuyo análisis ha sido desconectado de la economía base».

Pero en qué consiste esta «versión suavizada» del materialismo histórico, no lo sabemos. No se nos ofrece ninguna explicación ni alternativa. «El marxismo debe cambiar», pero nadie tiene la más remota idea de en qué ha de consistir el cambio.

Entendemos perfectamente que el joven líder de IU se vea asaltado por las dudas acerca de la realidad que nos rodea e intente buscar salida a la crisis permanente en la que vive dicha organización, pero esas reflexiones, en muchas ocasiones antes de convertirse en afirmaciones ex cátedra, debieran seguir el consejo que marcó el propio Marx. Su crítica de la filosofía de su tiempo fue magnífica, y sería difícil comprender bien el marxismo sin el estudio de La ideología alemana, escrita con Engels. Sin embargo, años después, el propio Karl hacía la siguiente reflexión al referirse a ella:

«Entregamos el manuscrito a la crítica roedora de los ratones, muy de buen grado, pues nuestro objetivo principal: esclarecer nuestras propias ideas, ya había sido logrado».

Marx analizó y desentrañó el mundo capitalista y propuso una alternativa. Ese mundo, en lo esencial, sigue siendo el mismo y las alternativas, también en lo esencial, siguen siendo las mismas, pues el problema de la explotación subsiste, la pobreza, la concentración de capital, la ley del valor, el plusvalor… o las crisis de sobreproducción. No sólo demuestran la genialidad del pensamiento marxista, sino también indican el callejón sin salida al que está abocada la izquierda intentando buscar la alternativa en la repetición, con otros nombres, de las ideas anteriores a Marx y Engels.

Tenemos que admitir que nuestra discusión no debe centrarse en rechazar las propuestas del socialismo formuladas por ellos, sino en encontrar la manera de llevarlo a la práctica a la luz de las experiencias vividas. Nuestra tarea es volver a estudiar el marxismo, pero para enviar este sistema con todas sus secuelas destructivas al basurero de la historia.

Lo que no entienden los economistas posmodernos críticos con Marx es que no era «un economista», sino un revolucionario, no desarrolla una teoría económica para lucirse en una cátedra o para «resolver los problemas de gestionar el sistema» o elaborar un programa electoral reformista, sino que analiza la realidad para transformarla radicalmente y, por tanto, considera las fuerzas internas de la sociedad capitalista, sus contradicciones, y cuenta al elaborar su perspectiva con la capacidad de la clase obrera para transformar la sociedad. Lo que nos lleva a centrar nuestra atención en la médula de sus tesis: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».

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